La cocina

* Desde antes de 2006 todo está allí para recogerse. Los capos son forjadores de nuevas élites de poder y de otros grupos con los que han llegado a los extremos, a plomo limpio. Los pistoleros se retiran de cualquier lugar sin que nadie les cierre el paso y, menos, se atreva a hacerles frente. Ni hablar de perseguirlos. Felipe de Jesús debió haberlo aprendido durante su campaña. Si no lo hizo, sus asesores y estrategas en temas de seguridad estaban obligados a conocer la situación real.

 

Francisco Cruz Jiménez

El sentido de pertenencia a los cárteles es muy peculiar. No sólo se da en la forma de matar o en el reclutamiento y la comunicación interna a través de corridos que se transmiten en estaciones de radio de ciudades tamaulipecas, por ejemplo. La historia escrita recoge un lenguaje que reina en sus narcomensajes, sus narcomantas, sus narcoblogs y sus narcoseñales o narcoamenazas.

Las escenas cotidianas parecen de película, pero son la realidad. El periódico Reforma documentó en febrero de 2011 que la mitad de los dos mil cuatrocientos municipios del país habían reportado al menos un asesinato relacionado con el tráfico de drogas ilegales, mientras estudios de académicos como el doctor en Derecho y Economía, Edgardo Buscaglia, mostraban que las redes de la delincuencia organizada habían penetrado hasta en sesenta y ocho por ciento de los municipios.

Los hallazgos de Buscaglia han causado escozor y resquemores en México, porque advierten que cuarenta por ciento de la economía está ligada a las actividades del crimen organizado. Y ejemplifican que de 2006 a 2010, los cárteles mexicanos aumentaron en setecientos treinta y cinco por ciento su presencia en las listas negras de bienes patrimoniales que tienen Estados Unidos, Canadá, Asia y la Unión Europea.

El veterano periodista Armando Maceda lo describió: “Otra forma de amenaza de muerte —en algunos municipios— es la intervención de las frecuencias policíacas para transmitir corridos o canciones —a través de esas frecuencias intervenidas— en señal de advertencia. Y los policías huyen apenas escuchan. […] Como ocurre en Ciudad Juárez, a donde llegan a pasar el tema infantil Cri-Cri, de Francisco Gabilondo Soler, cuando el cártel de Sinaloa quiere eliminar a los jefes policíacos locales”.

Desde antes de 2006 todo está allí para recogerse. Los capos son forjadores de nuevas élites de poder y de otros grupos con los que han llegado a los extremos, a plomo limpio. Los pistoleros se retiran de cualquier lugar sin que nadie les cierre el paso y, menos, se atreva a hacerles frente. Ni hablar de perseguirlos. Felipe de Jesús debió haberlo aprendido durante su campaña. Si no lo hizo, sus asesores y estrategas en temas de seguridad estaban obligados a conocer la situación real.

El expediente con las declaraciones de Karen generó un escándalo al interior de la PGR. Sirvió, por ejemplo, para documentar que Los Zetas planeaban atacar la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada, secuestrar —o desaparecer— a fiscales responsables de investigaciones contra el Cártel del Golfo y cobrar cuentas, como sinónimo de ajusticiar, a testigos protegidos al servicio de la Procuraduría.

Por llamarle de alguna manera, el destino se encargó de ayudar a Los Zetas, eliminando a uno de los hombres que más buscaban: José Luis Santiago Vasconcelos, ex titular de la SIEDO. La tarde noche del martes 4 de noviembre se estrelló el Lear Jet en el que viajaba en compañía del secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño Terrazo. No hubo ningún sobreviviente.

Amparado en su nuevo nombre código de Karen, el ex soldado y ex policía municipal en Veracruz y Tamaulipas dio a los investigadores incluso nombres de los operadores zetas que, en la Ciudad de México, coordinarían preparativos para atacar instalaciones federales y levantar a un grupo de agentes del Ministerio Público y a policías antinarcóticos. Por enésima vez salió a relucir el tamaño del negocio ilícito de las drogas que se producen, se importan, se comercializan y se exportan.

Karen contó detalles desde su primer día asignado a la estaca —el cuerpo responsable de la logística y la seguridad en los operativos— de Daniel Velázquez Caballero, L-52: “se asemeja a una escuadra del Ejército, dos o más vehículos tripulados por cuatro o cinco elementos distribuidos jerárquicamente. El comandante, que suele ser un zeta viejo o un cobra viejo, según se trate de zetas o de L, siempre como conductor, acompañado en el asiento del copiloto por un kaibil y, en la parte posterior, tres L o cobras.

“Si al volante se sienta un cobra viejo, el copiloto puede ser un zeta nuevo, acompañados por tres L. Luego de subirme a la estaca del L-52 nos dirigimos a su punto o casa de seguridad —y cada comandante tiene asignada una, rentadas por terceros—. Ésta, en especial, se ubica en vías de San Miguel, por el rumbo de la carretera Anáhuac, en Nuevo Laredo, a una cuadra del domicilio familiar del L-52, vigilada siempre por un halcón —un vigía zeta—.

“En el primero de los domicilios se acostumbra almacenar cocaína, dólares, equipo operativo y armas de fuego. En el segundo, sólo dinero y armas. Al llegar al punto, de inmediato metieron la camioneta en la que íbamos —una Suburban café, con nivel de blindaje de siete, para resistir un ataque con cualquier tipo de arma—.

“De una de la recámaras L-52 sacó dos juegos completos de uniforme negro, incluidas las botas tipo SWAT, sombrero de lona y chaleco táctico, un fusil R-15 —la herramienta— con cuatro cargadores abastecidos y veintiocho cartuchos calibre .223 cada uno”.

Ese día uniformaron a Karen. Su primera misión fue intrascendente: la vigilancia del punto —en otras palabras hacerla de simple guardia, acompañado por Noé El None, uno de los hombres de confianza del L-52 para cruzar, por el río, cargamentos de pasto o marihuana a Estados Unidos—. En el punto permaneció su primer día y su primera noche.

Al día siguiente descubrió que su pasado militar y la protección que, como policía municipal de Nuevo Laredo vendió a Los Zetas, tendrían su recompensa. En las primeras horas de la tarde recibió la orden de uniformarse, portar una R-15 al hombro y subir a la estaca del L-52. Esta primera misión era una especie de presentación en sociedad.

Lo invitaron a una reunión en un rancho. “Al llegar ya había unas cuarenta personas, entre las que se encontraban zetas viejos como Omar Lorméndez Pitalúa —conocido bien por sus alias de El Pita, Mono Tonto o El Patas y por su cercanía con el capo Osiel Cárdenas Guillén—, Mateo Díaz López o Comandante Mateo, El Lucky, El Chafe, El Bedur y El Tejón —acompañado cada uno por su respectiva estaca—”.

Esa misma tarde se enteró que Mateo y Lorméndez formaban parte de la élite del Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales (Gafes) capacitado en Estados Unidos, Egipto e Israel; soldados que desertaron en 1998 del Ejército mexicano para fundar Los Zetas, bajo un nuevo concepto de reclutar, vengar y matar: más sanguinario y todavía más cruel. Con los años, este grupo de asesinos a sueldo daría forma a un nuevo cártel.

Algunas investigaciones, como las del abogado Marco A. Rodríguez Martínez, establecen que los ex militares-sicarios fueron entrenados para participar en operativos de despliegues rápidos por tierra, mar y aire, en emboscadas e incursiones en cualquier tipo de terreno. Además son francotiradores especializados, con capacidad para asaltar edificios y realizar operaciones aeromóviles y de búsqueda y rescate de rehenes.

También son especialistas en el manejo de armas de alto poder para uso exclusivo de las fuerzas especiales, como pistolas HKP-7 y fusiles G-3, a los que se les pueden incorporar lanzagranadas .203, y la sudafricana bazuca LAW que usa el tubo antitanque. De entre los cabecillas de los L o cobras viejos destacaban “L-50, L-52 —los hermanos Talibán—, Miguel Treviño —L-40, considerado uno de los zetas más sanguinarios—, Omar Treviño —L-42—, Meme Flores —L-02—. El Pita y Comandante Mateo presidían la reunión. Éstos [sic] hicieron la presentación de cuatro nuevos L —entre los que me encontraba yo, El Piporro, La Piña y La Palma—. En ese momento me pusieron por apodo El Gori”.

Por El Gori Karen, agentes de la PGR se enteraron que Luis Reyes Enríquez —El Rex o Z-12—, era comandante zeta en la capital del país y responsable de comprar “las credenciales de la Agencia Federal de Investigaciones y de las placas para los automóviles robados, además de buscar almacenes para la cocaína que llegaba del sur”, de estados como Chiapas, Tabasco y Quintana Roo.

El Rex trabajaba “con células de sicarios en el Distrito Federal y en el Estado de México. Su grupo de confianza estaba conformado por una treintena de operadores —incluidos los asesinos a sueldo—” que realizaban desde labores de inteligencia a búsqueda de hospedaje y “ubicación de casas de seguridad para eliminar a testigos protegidos, sobre todo ex zetas, que estuvieran colaborando en investigaciones federales contra el cártel del Golfo”.

Las primeras tareas de Karen fueron, casi siempre, rutinarias: “En un horario de tres de la tarde a la medianoche o de las once de la noche a las siete de la mañana —como burócrata o cualquier otro oficinista—. Recorridos por las colonias Victoria, Viveros, Madero, Infonavit, Voluntad y Trabajo Uno, Voluntad y Trabajo Dos, Nueva Era, Veinte de Noviembre y Solidaridad”.

Y rutinarios eran los recorridos como halcón o rojo —que significa espía de menor rango o delator— “para ubicar casas a donde pudiera haber gente de la contra o grupo delictivos [sic] antagónicos. En este caso, previa autorización de Heriberto Lazcano Lazcano —El Lazca o El Verdugo, pero identificado por todos como Zeta mayor— los reventábamos y deteníamos a la gente que encontrábamos.

”También tratábamos de ubicar autos sospechosos. Los revisábamos. Si no encontrábamos nada, los dejábamos ir, pero había [sic] drogas, armas o los tripulantes tenían alguna información, los deteníamos y los llevábamos a para [sic] entregarlos en cualquiera de los puntos de tenientes o casas de seguridad que utilizábamos para guardar detenidos, ubicadas en Nuevo Laredo. Como la de Infonavit que reventaron la Policía Federal Preventiva y el Ejército”.

En esa casa de seguridad, los federales rescataron a cuarenta y un personas “que Miguel Treviño —L-40— y Comandante Mateo tenían detenidas —el término correcto sería secuestradas—. Eran gente [sic] de El Chapo Guzmán Loera y de Édgar Valdez Villarreal, La Barbie. Sólo esperábamos la orden de El Lazca para ejecutarlas”.

Los beneficios de ser testigo protegido, sumados a la tortura, ablandaron a Karen. Lo “convencieron por las buenas” de soltar la lengua. Sus testimonios sirvieron para conocer cómo El Lazca burlaba operativos del Ejército mexicano y de los cuerpos federales antinarcóticos, o cómo se movía amparado en la compra de conciencias.

Sólo así las autoridades se explicaron, por ejemplo, dos convocatorias para un par de cumbres nacionales de cabecillas zetas con sus respectivas estacas L, en mayo de 2005, o la de diciembre de 2004 en Nuevo Laredo que sirvió para designar comandantes en algunas plazas. De allí salieron, entre otros, los nombramientos de El Rex o Z-12 para el Distrito Federal; de El Bebé o La Chichona, en mancuerna con El Chispa, para Veracruz; de El Chafe en Cancún y de El Ostos en Acapulco y Zihuatanejo.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s