Seis variantes para Lovecraft

* “Mira mi casa del árbol. Ven a morir conmigo. Tendré tu esposa, tu dinero. En un frasco hay una risa. Un beso como de olvido. Quiero comprar a dios. Pero me gustan más tus ojos que los míos”.

Miguel Alvarado

Encerrado para siempre, Yig se arrastra despacioso, dolorido por el país de los creek, asustado porque Oklahoma se ha tragado a sus hijos, que reptan ahora por calles como zafiros hacia el mar, donde los obliga a ahogarse voluntariamente. A veces, hacia las cuatro de la noche, asoma su cabeza y observa la clara oscuridad que perfila praderas dilatadas en el fondo de sus ojos. Recuerda su casa en las pirámides, cuando otros se arrastraban ante él y regalaban mantos emplumados que usaba, perplejo y enroscado, mientras dictaba lecciones de agricultura y plenilunio. Luego –innecesario- indefinidamente triste, reaviva la hoguera donde una noche su hermano lo lanzó llorando alegremente entre cuencos fermentados y las semillas de Centéotl. Y él saltó, porque le creía más que a nadie y ardió hasta las cenizas del alba, cuando el sol lo confundió todo. Luego lo buscaron, más dementes que arrepentidos pero sólo encontraron un coral, sonajero de colores que entonces regalaron a los niños de la aldea. Su nombre, Yig, y su cabeza, emplumada pero pétrea fueron colocados al pie de la casa que moró y que ahora observa la ciudad en el silencio que 2 mil años apenas han interrumpido.

Ahora no hay maíz y los suyos viven en cajas de cristal donde hombres como su hermano acuden para burlarse. Alguna vez quiso liberarlos pero el miedo le impidió erguirse. De cualquier manera, ha olvidado la forma de sus piernas y las palabras ni siquiera son los mantras otomís que lo alimentaban con leche y miel de abeja.

Pero es octubre y la urgencia recorre sus escamas. Hace frío y los tambores retumban con electrónico pavor. Los muertos se levantan y pasan junto a Yig, sierpe junto al árbol que se mira con las dudas vueltas áspid. Luego, cuando todos se han ido, se levanta y sacude la cabeza mientras el viento despeina sus cabellos y avanza con paso de culebra, en busca de los hijos tan queridos, tan serpientes.

*

La ciudad es soberbia, radiante. Ulcerados en la belleza que mil años cincelan, los hombres comen, matan y copulan sin más quehacer, contemplándose unos a otros en la serena podredumbre de su lago, de verdorosas aguas mientras la sangre se derrama pacífica desde sus orillas. Las arenas diamantinas salpican oro y azucenas en la piel de los habitantes y los niños corren, desaforados y desnudos, buscando el bajovientre de las madres.

Nosotros observamos desde lejos, ocultos en la niebla, luna dos veces amada, aquello que fue nuestro y que nos arrebataron porque sí una tarde que cantábamos con nuestras familias las canciones de Ib, sentados en la plaza tranquila de la ciudad.

Ese día se hizo tanto de noche que el viento se volvió árbol, pisadas, la tierra suelta. Y terminamos exiliados, vueltas las caras contra la pared y los ojos enceguecidos por daltónicos recuerdos. Hoy, mil años después, regresamos. Tenemos miedo pero tenemos hambre y ya tocamos la cabeza de nuestras mujeres en señal de despedida. Escuchamos lejana la canción de los reptiles. Nada quedará en pie, ni siquiera nosotros, pues somos débiles aunque muchos.

La luna ha salido. Son las cuatro de la noche. Busco tu lengua, tus ojos grandes abiertos mientras entierro mis garras en tu corazón para que nadie sufra si no vuelvo.

*

Una enredadera que huele a mandarina se mete por la ventana y me atraviesa los ojos. Soy fructuosa, comestible, la hija del pintor Richard Upton, de apellido Pickman.

Padre, las hojas que me salen las mastico despacio porque ser vegetal es hambre, furia. Cuida tu casa. Que nadie haga leña de las piernas que la sostienen. Que nadie coma las frutas que se dan en la casa.

Hay veces que soy un grillo y canto toda la noche y toda la tierra es mía. El cielo se incendia y toda la vida es mía y no quiero que sepas que para comer he vendido mis ojos, que tanto te miraron, que formaron parte del corazón repleto de muerte que no era la mía ni la tuya sino la de alguien negra y silenciosa. No quiero que sepas que no quiero ser tú ni tus hermanos ni tu voz de campo y maíz dorado de lluvia. No quiero que sepas que no quiero que me pintes porque sé que no puedes.

Pero voy a decirte un secreto: no tengo manos. Era tanto el dolor de extrañarte que las comí a dentelladas. Y ya no tengo ramas como las de tu árbol.

A veces escarbo las paredes, me ocupo en algo. Trabajo de pared a pared, duro. Pero no tengo casa.

Sin respiro.

Sin detenerme a vivir.

He puesto tres cirios al retrato tuyo que nace de mi cuello. El tren cruza el mar entre gritos y lugares que duermen frente a mí, con las manos estiradas, llenas de sonrisas.

Hace tanto frío bajo el sol.

A veces no sé dónde terminaré el día. Iré donde termina el día, me digo. Pero el amor está preso y come lagartijas que manan de nuestro señor Cristo. Ese puro. Reverenciado.

Voy a contarte otra cosa: aquí vivo con mis muertos. Son luces que me reptan los brazos, que me confunden con ellos. Imagínate: todo el día dando vueltas en un baile como de orgasmo. No sé por qué están conmigo.

Creo que me los trajiste. O que estás tan muerto como ellos.

Afuera concluye todo. La vida no es redonda ni brillante. No se vuelve burbuja. Y este calor de huracán quemante. Esa luz en tu cuerpo de luciérnaga. Un espejismo sobre tu cara borrosa.

Mira mi casa del árbol. Ven a morir conmigo. Tendré tu esposa, tu dinero. En un frasco hay una risa. Un beso como de olvido. Quiero comprar a dios. Pero me gustan más tus ojos que los míos.

Patéame. Ahógame. Vamos a decir las cosas que no se pueden contar. Nunca las voy a contar. Lo que quiero decir es píntame.

Pero no puedo.

*

El difunto Dagón vaga las profundidades en los ojos de Howard, a quien nada perturba, ni siquiera sus lágrimas a las cuatro de la noche que de cuando en cuando sepultan submarinas los mistrales del dios de las espigas.

Pero Dagón, mitad pez o furia, no reconoce el camino. Ha pasado tanto que olvidó los puentes de amianto ni las calles empedradas de los puertos lucíferos que mira detrás de las olas, en las horas más altas del mar. Extraña a Baal y su lucha interminable por la posesión de la ausencia. Un día, eones atrás y cansado de mentiras, se retiró al fondo inenarrable del océano donde yace, soñando que lo sueñan. Y desde entonces vaga. Y yace.

Guerrero al fin y al cabo, le incomoda la quietud aunque ha aprendido en el silencio que la paz ufana es también una guerra de exterminio. A veces, cuando los alisios azotan barlovento, abandona su espacio náutico y se desliza entre los corsarios senegaleses que todavía tiemblan cuando se le nombra, y para contentarlo colocan un altar con los ojos de mujeres pisciformes que navegan la verde bruma del suicidio. Así, reposado, vuelve al sueño simal con la calma de quien teme, de la ausente agua.

Y mora en quietud mientras Howard toma la pluma y escribe, con los ojos cerrados, relatos de fango y opio que nadie cree por monstruosos, por detestablemente humanos.

*

Ladran los perros de Tíndalos. Pero no puedo estar segura, porque sólo los escuché por un momento. Era de noche cuando comenzó aquello. Estaba sentada en la mesa, con mis hijos y mi madre y mirábamos televisión. Habíamos preparado la merienda. Estábamos cansados y nunca vimos las cosas desde otro ángulo. El tiempo se va, dijo de pronto mi madre, mientras me observaba fijamente. Debí darme cuenta desde entonces que algo sucedía, pero no se me ocurrió ver el reloj. Me encogí de hombros, mientras le devolvía la mirada.

– Son las cuatro de la noche –dijo ella.

En ese momento, en una de las esquinas de la sala, una imperceptible columna de humo comenzó a manifestarse. Escribo esto todavía cuando conservo el último recuerdo lúcido y Felipe, mi hijo, mueve en vano las manecillas del reloj que arrastré conmigo, cuando las paredes nos cayeron encima o, más bien, nos arrastraron dentro suyo.

Nuevamente escucho a los perros, pero ya no sé si se trata de ladridos o algo monstruosamente familiar, que me recuerda los días en que mi padre me llevaba al parque a pasear a las mascotas. Yo y ellas corríamos por los jardines mientras él se sentaba a leer pequeños libelos empastados en viejísimas pieles. “Es Einstein quien nos ha dado la clave”, me dijo un día, levantando la cara y observándome. “Yo creo que todo sucede ahora”, sentenció, mientras volvía a su lectura. Aquello me produjo un vuelco en el estómago, no sé por qué, pero pronto lo olvidé hasta hace pocos años, cuando encontré los viejos libros de mi padre. En ellos descubrí los secretos de un mundo que había destruido a mi pariente, desaparecido cuando yo apenas tenía 20 años.

Los ladridos se escuchan más cerca. Ellos vuelven de mi casa, luego de hundir sus hocicos en mi familia. Ahora regresan y yo estoy aquí, sin posibilidad de escape. De pronto, las sombras penetran nuestro escondite y alcanzo a percibir el rostro de mi padre. Observo sus ojos, cafés y tristes y estiro la mano, feliz, para tocarlo antes de que él mismo adelante su hocico, negro y alargado y destroce mi cuerpo aterido, congelado de amor.

*

Preparé la bañera como siempre lo hago. No, no, no es verdad, usted habla sin saber. Lo que yo le puse fue mi frasco de burbujas de la misma marca que siempre compro, sí, de esa que anuncian en el radio, Tekeli-Li, se llama. Claro, como siempre lo he hecho, cada viernes que regreso de la reunión con los dibujantes. Allí habíamos hablado de hacer un bestiario, una publicación acerca de los monstruos de Lovecraft, pero no nos pusimos de acuerdo y cada quién se fue a su casa.

Sí, ya sé que no puedo justificar dónde estuve de las 9 a las 12, pero no lo recuerdo. Lo que sí sé es que a las cuatro de la noche yo tomaba un baño en la tina de mi casa. Estaba solo, con el perro, pero nunca noté nada extraño. Le repito que le puse el frasco de burbujas porque contiene aromáticos que me relajan y me hacen dormir. Y fue precisamente eso lo que sucedió. Me quedé dormido y cuando desperté ya había sucedido todo. El papel que tiene en su mano es un boceto que hice sobre los Shoggoth, criaturas imaginarias. Lo guardé en una de las bolsas del pantalón y luego lo olvidé. Le dije que no recuerdo dónde estuve, pero no pude ir tan lejos. ¿Cómo? ¿Que de quién es este boleto de avión a la Isla de Ross? Ni siquiera sé dónde está la tal isla y no tendría a qué ir, además. Puede ser que alguien lo dejara sin querer en la casa. Mis padres viajan mucho, sobre todo mi madre. Sí, siempre sale de vacaciones, como ahora, que no está en casa cuando más la necesito. No sé, debe estar en Chicago, tal vez en Mazatlán, la verdad es que no lo recuerdo. ¿El boleto está a mi nombre?

Tampoco sé quién es el profesor Lake. Aquí en Toluca nadie se apellida así y sobre las llamadas que hice por el celular, no conozco a ningún Frank o a un Atwood. ¡Es estúpido, si nada más le hablé a mi amigo Lalo! Entiendo que es increíble que toda la casa esté destruida, menos la tina del baño, y que todo alrededor esté cubierto de fango y dibujos que parecen jeroglíficos. Yo mismo soy dibujante y nunca había visto semejante cosa. Aunque, bueno, una vez mi amigo Pickman me enseñó unas extrañas marcas en rocas que encontró en el volcán. Incluso las trazamos de nuevo pero luego nos aburrimos y las dejamos en paz. Deben estar por allí, en alguna caja. Ah, mire, están allí, debajo de la tina, ¡qué extraña coincidencia!

Por favor, nada más le pido que no le llamen todavía a mis padres porque de seguro se van a enojar cuando vean lo que pasó con su casa. Pero eso no me preocupa tanto. Lo que no sé es cómo voy a explicarles que ahora tengo cuarenta ojos y soy una anémona gigante. ¿Alguien me puede decir qué me pasó? ¡No, no, no! ¡Espérese, no me dispare! Estoy seguro de que podemos encontrar la solución… ¿Sí? Yo sabía que ustedes los policías eran personas decentes que ayudan a los demás… ¿qué? ¿Que me suba al tráiler? ¿A dónde me llevan? Pero si habíamos quedado en algo… ¡háblenle al editor! ¡Él les podrá explicar! ¡Se los juro! ¡No! ¡No! ¡No!

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s