Los ojos de Karen: del Z-40 a Heriberto Lazcano

* Las delaciones de Karen sirvieron para documentar la capacidad operativa de Los Zetas, francotiradores especializados con preparación militar para tomar edificios por asalto y realizar operativos aeromóviles de búsqueda y rescate de rehenes, que cuentan con herramienta o armamento superior al de algunas unidades militares: pistolas HKP-7, fusiles G-3 con opción para incorporarles lanzagranadas .203, ametralladoras M-16 y 5-A calibre 5.56, fusiles de asalto 5-7 —five-seven— o mata-policías, así como la liviana MG o las mini-ametralladoras SAW 5.5 con capacidad de setecientos tiros y bazucas antitanque.

 

Francisco Cruz Jiménez

Aunque hay algunas lagunas, los testimonios de Karen se presentaron día y noche por temor a que agentes federales al servicio de Los Zetas conocieran la ubicación de este delator o chiva. “El segundo punto de tenientes se localiza a tres cuadras pasando la vía del ferrocarril, por la calle de Washington, una casa de un piso, de color azul, con teja y un portón metálico negro, de rejas y lámina en la parte inferior.

”Estos recorridos los estuve realizando desde principios de 2004 hasta mayo de 2005. En ese tiempo, sucesivamente, formé parte de las estacas de Talibán 2 o L-52, de El Lucky, de Comandante Mateo y, finalmente, de Miguel Treviño, L-40. En ese tiempo fueron los dueños únicos de Nuevo Laredo. Por eso, en algunas ocasiones hacíamos los recorridos en caravana; es decir, con varias estacas, de cualquiera de ellos.

”Por eso también son normales las rotaciones de sicarios L o cobra en las estacas, independientemente de los cambios de personal para foguear a los nuevos —foguearlos en el oficio de matar— y que éstos [sic] conozcan las distintas formas de trabajo. En ese tiempo, cuando me tocó trabajar para El Lucky, a finales de octubre de 2004, levantamos a un joven como de dieciocho años que manejaba una pick up azul claro, con placas americanas.

”Lo levantamos del Señor Frog´s —un restaurante de Nuevo Laredo— porque era gente de El Chapo. Nunca supe su nombre, pero le encontramos cuarenta kilogramos de cocaína que transportaban desde Navolato, Sinaloa, en un clavo que colocaron en el piso posterior de una Ford Expedition verde. Lo llevamos al punto a donde vivíamos en ese entonces, sobre la calle que conduce a la plaza de toros Lauro Luis Longoria, frente a un gimnasio para mujeres que tiene una fachada color morado, a media cuadra de la Coca Cola, una vivienda de un piso, color crema, como su barda y su portón eléctrico”.

Sometido a una sesión de narcocaricias o tortura brutal, con la amenaza de cortarle, una por una, las uñas, lo que en su experiencia personal significaba amputarle ambos brazos, el joven burrero —como se conoce a quienes transportan la droga por kilogramos— no aguantó el interrogatorio, confesó y dio pormenores sobre la procedencia y pertenencia del cargamento de doña blanca nieves, polvo blanco de alta calidad colombiana.

Aun así, la sentencia fue clara: “El Lucky informó a El Pita —Omar Lorméndez Pitalúa—, quien luego de recibir órdenes de El Lazca nos ordenó que lo lleváramos a un chorro o rancho en la salida de Nuevo Laredo, propiedad de Mundo El Cabezón —uno de los principales distribuidores y exportadores de droga de La Compañía en Estados Unidos—, a donde Pitalúa le ordenó a Lucky ejecutar al joven con una calibre veintidós para que no hiciera tanto ruido.

”Lo llevamos a la parte posterior del rancho, por donde hay una excavación de máquina, presumiblemente para enterrar basura. Lo llevamos hasta el borde de la excavación, en donde ya estaba un tonel. Enseguida, El Lucky le disparó en una ocasión, en la nuca —que en el narcolenguaje significa: por pasarse de listo—. El joven burrero cayó muerto.

“Lo levantamos y, con ayuda de los dos cocineros o guisadores de la organización, de los que conozco a uno como Víctor y al otro como Gordo, quienes se dedican a desaparecer los cadáveres de los ejecutados, metimos el cuerpo del muerto en un tonel, cuya lámina tenía perforaciones alrededor, cerca de la base, para que respirara el fuego que, con ayuda de diesel, se aplica.

”En el momento que los cocineros se disponían a iniciar el fuego, Lorméndez le ordenó a El Lucky que lo hiciéramos nosotros”. Y, allí mismo, como la recibió, El Lucky” delegó la misión en La Piña, El Piporro, La Palma y El Gori. “Con ayuda de los dos cocineros, bañamos el cuerpo con diesel y le prendimos fuego.

”Nos indicaron que cada dos minutos le echáramos diesel para mantener la flama, que respira por los orificios de la lámina, mientras picábamos el cuerpo con una pala de mango largo, para deshacerlo y que se quemara más rápido, hasta que el cuero se consumió totalmente, quedando una cantidad muy pequeña de ceniza”.

El guiso estaba listo. Junto con los toneles, la ceniza es enterrada por los cocineros, “aunque desconozco el lugar preciso. Deseo agregar que el tiempo que tarda un cuerpo en reducirse a cenizas es de cuatro horas, pero si se pica frecuentemente para deshacerlo, puede tardar sólo dos y media”.

Probada su lealtad a El Lucky, con el guiso del cadáver del joven ejecutado, Karen fue asignado al cuerpo de estacas de Comandante Mateo. Su carrera en el oficio de matar era prometedora, aunque la especialidad de su nueva célula zeta era reventar casas en las que operaban los giros negros. La conocida afición de Mateo por las bebidas embriagantes, la marihuana y las mujeres, hizo que sus acciones se inclinaran al control de esa actividad dentro de la organización.

Las delaciones de Karen sirvieron para documentar la capacidad operativa de Los Zetas, francotiradores especializados con preparación militar para tomar edificios por asalto y realizar operativos aeromóviles de búsqueda y rescate de rehenes, que cuentan con herramienta o armamento superior al de algunas unidades militares: pistolas HKP-7, fusiles G-3 con opción para incorporarles lanzagranadas .203, ametralladoras M-16 y 5-A calibre 5.56, fusiles de asalto 5-7 —five-seven— o mata-policías, así como la liviana MG o las mini-ametralladoras SAW 5.5 con capacidad de setecientos tiros y bazucas antitanque.

Ése era el panorama que se había conformado desde mucho antes de la toma de posesión de Felipe de Jesús. Durante su campaña ya lo sabían los cuerpos de inteligencia de la PGR, la SIEDO y las Fuerzas Armadas.

La dimensión real del narcotráfico la habría conocido don Felipe de Jesús si sus allegados le hubieran acercado historias negras y bien documentadas como las de Pablo Acosta Villarreal, El zorro del desierto de Ojinaga, de El Tiburón Fabián Martínez González, o de El Cabezón Víctor Manuel Velázquez Mireles. Ni siquiera habría sido necesario retroalimentarse con las leyendas criminales de Héctor El Güero Palma Salazar o las de Amado Carrillo Fuentes, El señor de los cielos. O con las todavía más lejanas de El Vampiro Miguel Ángel Félix Gallardo, las de Rafael Caro Quintero y otras nuevas, entre ellas la barbarie de El Pozolero Santiago Meza López.

Era imposible ignorar hechos reportados en plena campaña presidencial. El jueves 29 de junio de 2006, por ejemplo, se comprobó que para enfrentar la fortaleza de Los Zetas, El Chapo Guzmán reclutaba criminales y pandilleros centroamericanos de la Mara Salvatrucha. Un día antes, en las escalinatas del acceso principal a la alcaldía de Acapulco, trabajadores del Ayuntamiento tropezaron con una bolsa negra de plástico en cuyo interior estaba la cabeza cercenada de una persona. Agentes de Protección y Vialidad hallaron, en la bolsa, una cartulina naranja fluorescente con un mensaje escrito: “Lazcano, para que me sigas mandando más pendejadas de tus gafes”.

La primera manifestación de ese salvajismo y venganza extrema se registró puntual la madrugada del jueves 20 de abril de ese año, en plena campaña presidencial, cuando fueron colocadas afuera de las oficinas del gobierno estatal de Guerrero, también en Acapulco, las cabezas que correspondían a los cuerpos de Jesús Alberto Ibarra Velázquez y el comandante municipal Mario Núñez Magaña.

Y también en junio de ese año, a unos días de los comicios presidenciales, las autoridades de la fronteriza Tijuana, Baja California, encontraron las cabezas de tres policías municipales de Rosarito y la del civil Fernando Ávila. Los agentes fueron identificados como el subcomandante Ismael Arellano, el escolta Benjamín Fabián Ventura y el jefe de la policía comercial, Jesús Hernández.

Los cuatro habían sido levantados por un comando integrado por al menos setenta sicarios, quienes vestían uniformes similares a los de la Agencia Federal de Investigaciones y viajaban en treinta camionetas. El subprocurador —de la PGR— José Luis Santiago Vasconcelos lanzó una alerta porque, dijo, los verdugos pertenecían a la Mara Salvatrucha.

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