Caminos de Michoacán

* La infiltración del narcotráfico en Michoacán no comenzó allí, tuvo su origen en distintos municipios del norte, donde se organizaba la toma de plazas para Los Zetas, que peleaban a sangre y fuego un negocio que el desaparecido Lazca se encargaba de controlar.

 

Francisco Cruz Jiménez

La discreción y lealtad que mostró en las estacas de Comandante Mateo y de El Lucky dieron a Karen una nueva perspectiva dentro de La Compañía. “Enseguida trabajé para la estaca de Miguel Treviño —L-40—, que se dedica casi exclusivamente a los levantones —cuyo significado es claro y vuelve innecesario hablar de secuestro y sentencia de muerte—. El L-40 es muy sanguinario, muy proclive a matar a la gente. (Las víctimas) eran cocinadas por los mismos cocineros”.

La tarea de reducir los cadáveres a cenizas para evitar cualquier relación de la banda con el crimen organizado, “se realizaba en una bodega vacía —en el rancho de Nuevo Laredo—, construida con bloques de cemento, un portón metálico grande, rojizo, entre los kilómetros diez y catorce sobre la carretera Reynosa-Nuevo Laredo, antes de llegar a esta ciudad. En su interior (del almacén) sólo debe haber toneles y diesel, materiales que se usan para cocinar los cuerpos.

“En ocasiones parábamos nuestras actividades por ocho o diez días para evitar los operativos de la leyenda o la ley, principalmente de la Procuraduría General de la República y del Ejército. Durante esos días no salíamos de los puntos Pero, de ser necesaria una salida, lo hacemos desarmados, en parejas, a veces con la familia, en autobús o en autos derechos. Para no ser detectados, en ocasiones nos trasladábamos a la base, la ciudad de Valle Hermoso, plaza dominada por El Lazca, a donde permanecíamos en varias casas”.

Entre marzo y abril de 2005, Karen recibió otra oportunidad de mostrarse ante el L-40 y dejar constancia de sus habilidades como matón a sueldo, además de confirmar su lealtad, como ya había hecho con El Lucky y Comandante Mateo. Una partida especial de halcones informó a L-40 sobre la extraña presencia de un comando armado que, en una casa pegada al río Bravo —en el rumbo de los depósitos de cerveza Superior, conocido como La Mantequera, y las partes bajas del parque Mendoza— movilizaba un cargamento de cocaína.

Era parte de lo que quedaba de Los Texas, un grupo de matones que hasta 2003 le disputó el control de la zona —Tamaulipas— al cártel del Golfo. Los informes llegaron hasta Comandante Mateo, quien ordenó al L-40 hacer lo necesario para expulsar del territorio a ese comando. “Al llegar a las cercanías de la casa fuimos recibidos a balazos. Repelimos la agresión y se armó una balacera en plena calle.

”Resultó lesionado uno de los pistoleros de Los Texas, a quien levantamos con los intestinos de fuera. En la huida de nuestros enemigos, alcanzamos a detener a otro. Cuando nos retirábamos, escuchamos por radio un llamado de auxilio de Omar Treviño —L-42—, quien, camino a reforzarnos, a la altura de la avenida Venezuela, se topó con un operativo de la PEP o Policía Estatal Preventiva. Lo estaban baleando.

”Casi enseguida escuchamos que Mateo ya iba detrás de Omar Treviño, cuya Cherokee azul marino muy oscuro, blindada, tenía las llantas ponchadas y estaba chocada contra un poste de luz. Atrás de ésta ya estaba la camioneta de Mateo, otra Cherokee, café claro, también blindada, ambos haciendo fuego contra los policías estatales. También abrimos fuego”.

Desconcertados los agentes, quienes se transportaban en tres patrullas, dejaron de disparar. Se tiraron al piso. “Aprovechamos ese momento para recoger a los compañeros. Un L, apodado El Flaco —de la estaca de Omar Treviño— tenía dos balazos en la espalda. De inmediato nos alejamos del lugar. Dejamos a El Flaco en urgencias del Centro de Especialidades porque se acercaba el Ejército.

”Nos dirigimos hacia la salida de Nuevo Laredo, rumbo a Reynosa, internándonos en el monte, a donde aguardamos instrucciones de El Lazca. Inicialmente nos ordenó reagruparnos y equiparnos para ir a rescatar a El Flaco, sin importar que tuviéramos que enfrentar al Ejército”.

Al final, El Lazca dio una contraorden para no tomar mayores riesgos y le pidió a todos concentrarse en una gasolinera —en la salida a Reynosa—, abandonar los vehículos con el armamento —que más tarde serían recogidos por gente de confianza— y concentrarse en Valle Hermoso. El detenido y el herido tenían el destino sellado: fueron entregados a los cocineros. Después de su recuperación, El Flaco fue recluido en la cárcel de La Loma o penal número dos de Nuevo Laredo.

“En Valle Hermoso nos reportamos con nuestros comandantes y nos hospedamos en varios hoteles. Al día siguiente nos citaron en un punto o casa de seguridad, en las cercanías del hotel Del Bosque, ocupada por El Lazca. Todos reunidos, nos informó que Nuevo Laredo estaba muy caliente, debíamos aguantar en Valle Hermoso y mantenernos en diez, la clave de adiestramiento.

”Cinco días después, L-40 nos llamó aparte a Talibán y a mí, y a los L conocidos como El Canicón, Cabeza de Bola y a Pedro Alcorta, así como a un zeta-kaibil —El Tejón— y a un zeta-gafe —Ostos—, diciéndonos que íbamos a Nuevo Laredo a levantar a unos texas y a un halcón, un informante de nosotros que andaba pasando información a la contra; es decir, a gente de El Chapo.

”Con la guía de Chano Morales, a la siguiente madrugada caminamos por el monte, para evitar el retén militar en la entrada de Nuevo Laredo, hasta la gasolinera a donde dejamos las camionetas —las que se usaron en el enfrentamiento con aquellos remanentes de la banda de Los Texas—.

”En la parte posterior de ese lugar ya nos esperaban dos vehículos con algunas armas. Poco después llegó el tractor de un tráiler Kenwood blanco, con un clavo o compartimiento especial debajo del asiento posterior en el que iba el resto del equipo —uniformes y chalecos antibalas— y la herramienta: granadas de mano, fusiles calibre .40 milímetros y R-15, lanzagranadas y pistolas calibre .9 milímetros.

”Armados, regresamos al monte. Nos metimos en una brecha en donde esperamos. Como a las doce de la noche del día siguiente, L-40 llamó a Miguel El Poli o L-9, momentáneamente encargado o gerente de las narcotiendas, para pedirle que citara a una reunión urgente de todos los halcones”.

El encuentro se acordó en predios aledaños a la gasolinera Las Palapas, en la salida de Nuevo Laredo, rumbo a Piedras Negras, Coahuila. Y todos los informantes se dieron cita en ese lugar. Diez minutos después, “llegamos. El L-40 preguntó por el halcón al que llamaban Neto, una persona alta, flaca, como de unos treinta y cinco años. Cuando éste se identificó, todos los demás fueron liberados. Se les dijo que Neto recibiría una comisión.

La suerte de Neto se había decidido. Esposado lo llevaron al mismo paraje del monte donde se ocultó la estaca. Los interrogatorios estuvieron a cargo de L-40. Nadie escuchó las negaciones de Neto. “El L-40 le pegó con un marro en la rodilla derecha y se la fracturó. Lo dejamos sin atención médica para que se muriera de dolor. Al día siguiente Neto amaneció agonizante. A pesar de esto, L-40 ordenó que lo atáramos a un árbol, a donde lo dejamos colgando y abandonado a su suerte”. Y allí murió Neto el halcón.

”Como a las once de la mañana, nos dirigimos al centro de Nuevo Laredo, a la colonia La Ladrillera, donde un informante nos guió hasta una casa en cuyo exterior estaba sentado un sujeto al que levantamos. Luego nos metimos a la casa por otro sujeto que estaba en el interior. Ambos eran, al parecer, miembros de la banda Los Texas que intentaba reorganizarse.

”Con ellos en nuestro poder, regresamos al paraje a donde habíamos dejado al Neto, que ya estaba muerto. Con los detenidos, nos dirigimos a Valle Hermoso, a donde llegamos sin novedad y se los entregamos a El Lazca. Éste ordenó que nos dieran cinco días de vacaciones”.

Los relatos de este testigo protegido se convirtieron en un elemento fundamental para conocer la mecánica de operación de las células de Los Zetas en el estado de Tamaulipas, que luego se replicaron en el resto del país. Asimismo, dieron evidencia clara sobre lo que podía esperar el ciudadano común en una guerra en la que agentes de todos los cuerpos policiacos y sicarios parecen disparar en el mismo bando.

De la prima especial que recibió Karen por su desempeño en los operativos contra la célula remanente de Los Texas y el halcón que se convirtió en informante de El Chapo —al que L-40 le desbarató la rodilla con un marro y luego lo dejó morir de dolor—, sólo se cumplió completamente el premio de quinientos dólares en efectivo. A los cuatro días —de los cinco prometidos de vacaciones— recibió la orden de presentarse a trabajar.

“Llamaron al mismo grupo —con excepción de L-50, Pedro Alcorta y El Tejón— para que, acompañados por algunos zetas —entre ellos La Ardilla, Tizoc y El Chichimoco— y kaibiles como Cuervo, El Albañil y La Piña fuéramos a Nuevo Laredo para darle un susto o advertencia a un capitán, coordinador de la Policía Estatal Preventiva y cuya base estaba en Ciudad Victoria, porque además de que era contra y con sus hijos —también agentes— trabajaba para El Chapo Guzmán con policías clonados, estaba muy insistente en combatirnos.

”Ese mismo día salimos en una Van azul, blindada, en la que llevábamos nuestro equipo. Llegamos al mismo paraje al que nos había conducido, la primera vez, Chano Morales. Guiados por el mismo Chano, nos fuimos a Nuevo Laredo, por (caminos) del monte, cortando las cercas de alambre para abrir paso a la camioneta y salir adelante del retén militar.

”Ya oscureciendo, entramos al pueblo. Llegamos (en sábado) a una casa rentada sólo para (coordinar) el operativo en la zona centro, (en las) inmediaciones del Paseo Colón. Estuvimos allí hasta el día siguiente, hasta el domingo, cuando nuestro informante ubicó al capitán en una ceremonia en Palacio Municipal.

”Guiados a larga distancia por el informante —a través de un canal de radio local con las frecuencias de la policía— que seguía al comandante, cerramos el paso al capitán al llegar a un punto acordado sobre la avenida México, a la altura con la calle Guatemala. Se transportaba en una camioneta Lobo negra, escoltado por dos patrullas de su corporación. De las tres camionetas en las que viajábamos —la Van azul y dos Lobo, una roja y una blanca— las rafagueamos con R-15, sin tirar a matar.

”Sólo dejamos heridos a algunos de ellos. Incluso el capitán resultó con una pierna herida. De inmediato nos alejamos por la misma ruta por la que habíamos llegado, hasta llegar a Valle Hermoso. Nos dieron otros cinco días de vacaciones y un premio de quinientos dólares en efectivo. Aproveché para ir de vacaciones a Tampico”.

Acompañado por su esposa e hijos, por primera vez Karen tuvo tiempo para descansar. Sin embargo, también por primera vez, a su regreso pudo comprobar la dureza de la comandancia zeta. Era finales de mayo de 2005. Su familia siguió a Nuevo Laredo. A Karen lo comisionaron de tiempo completo con Comandante Mateo, en Valle Hermoso.

“Casi a principios de junio, estando en adiestramiento físico en una cancha deportiva de Valle Hermoso, Mateo me ordenó hacer seiscientas lagartijas en castigo por llegar tarde a la formación. Después de cien me sentí muy cansado, porque ya habíamos corrido. Paré y le dije a Mateo que ya no podía”. La respuesta fue clara:

– ¿Te me rebelas, hijo de tu pinche madre?

Las palabras de Mateo fueron acompañadas por la acción: “Me dio un balazo en el codo derecho, con un fusil R-15. El proyectil salió a la altura del tercio distal del brazo. Le pedí que me disculpara, mientras me amenazaba y advertía que, si quería, me mataba”. Y Mateo habría cumplido, de no ser por la intervención de los otros sicarios.

Karen recordaría esa ayuda para siempre. Ya preso dijo a los fiscales federales: “Ante la intervención pacífica de los compañeros que ahí estaban sólo se reportó —por radio— a El Lazca que había sido un accidente. Poco después éste llegó al lugar, quien dio [sic] la razón a Mateo. Luego me dijo que dar la espalda a un superior es una señal de desobediencia que se paga con la muerte. Y ordenó que se me diera atención médica.

A la misma cancha deportiva llegó un médico tamaulipeco de Valle Hermoso al servicio de Los Zetas. Éste prescribió dos meses de descanso para el ex soldado y ex policía municipal. Además, El Lazca giró instrucciones a Mateo para dejar descansar a Karen, regalarle mil dólares en efectivo y, de paso, mantenerlo en la nómina de la organización.

Karen viajó a “Álamo, Veracruz, a la casa de mi mamá, con mi familia. Me reportaba dos veces por día con L-40, hasta que a finales de julio de aquel 2005 me ordenó concentrarme de nueva cuenta en la base en Valle Hermoso. Me dijo que ya era tiempo de dejar de tirar la güeva. Y me opuse porque aún no me sentía bien, pero insistieron que me reincorporara al trabajo, que íbamos a jalar.

”No tuve más remedio. Reunidos en el mismo punto, cerca del predio de la Comisión Federal de Electricidad en Valle Hermoso, El Lazca nombró a Omar Lorméndez Pitalúa como comandante”. Aquel día también ascendieron Karin y El Flaco, así como los kaibiles El Trinquetes, El Panudo, Ostos y El Pompín. Karen —entonces Gori-1—, El Chicles, Cabeza de Bola, Cascanueces, La Parca, Gori-3 y El Zar fueron enviados a Lázaro Cárdenas, Michoacán, para tomar el control de la plaza.

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