Hijos del Imperio

* George A. Romero, padre máximo de las películas de serie B que estremecen las alegorías de los gringos, puede estar orgulloso. De ascendencia cubana, el altísimo Jorge triunfó en el Hollywood más irreverente que un Imperio puede permitir. La crítica desde el zombi sobre el desencanto de una civilización que lo tiene todo, menos libertad, quedará para siempre disfrazada de come-cerebros envueltos en harapos mortuorios. Los pobres que se desayunan lo que encuentran –el dinero, su propia vida- vagan entonces por ciudades azotadas porque sí donde pervive, como siempre, el más gandalla. Así, la enseñanza del Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe se cumple en los bueyes de los demás y, cuando conviene, en los rebaños propios.

 

Miguel Alvarado

“… Boras… botas a result of soch deris, deris olso a fracmetd… fragmented sosaieti, ad boud socioeconomic a reginald levels bituinde nort and de saud”, decía el presidente electo de México, Enrique Peña, durante una intervención pública en el 2008, ante la Speaking World Future Societys, cuando todavía era gobernador del Estado de México. En un minuto con 58 segundos, el de Atlacomulco desnudó ante el mundo lo que la globalización le ha hecho. No se trata de los mercados ni de capitalismos salvajes o productos chinos subsidiados con dinero norteamericano, sino de la sustitución de valores y conocimientos elementales, que en posesión de inteligencias como la del priista, resultan delirantes muestras de lo que significa una nación tributaria, avasallada, temerosa de dios, del futbol y del PRI.

El 27 de octubre del 2012 la Alameda de Toluca se llenada con cientos de jóvenes para un paseo por la ciudad disfrazados de zombis, monstruos, catrinas y hasta marchitas novias de las cintas del norteamericano Tim Burton. Una explosión de ingenua inteligencia se mezclaba con actos de camaradería tales que ni siquiera las marchas anti-Peña habrían inspirado. Ese abrazo fraterno giraba en torno a la idea de la diversión, uno de los derechos universales hasta en las sociedades que no tienen resuelto problemas inmediatos, y tomaba la idea zombi, un  muerto que se levanta y anda, aunque no se fuga como sucedió con El Lazca, Lázaro de vanguardia en épocas de internet y santos al estilo de Juan Pablo II.

George A. Romero, padre máximo de las películas de serie B que estremecen las alegorías de los gringos, puede estar orgulloso. De ascendencia cubana, el altísimo Jorge triunfó en el Hollywood más irreverente que un Imperio puede permitir. La crítica desde el zombi sobre el desencanto de una civilización que lo tiene todo, menos libertad, quedará para siempre disfrazada de come-cerebros envueltos en harapos mortuorios. Los pobres que se desayunan lo que encuentran –el dinero, su propia vida- vagan entonces por ciudades azotadas porque sí donde pervive, como siempre, el más gandalla. Así, la enseñanza del Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe se cumple en los bueyes de los demás y, cuando conviene, en los rebaños propios.

Mientras el Toluca, deportivo futbolero propiedad de los dueños de las chelas, era masacrado por la Cruz Azul, equipo de cementeros dirigido con argumentos de evasión fiscal, los jóvenes se preparaban para recorrer el centro. Los preparativos incluyeron sesiones de maquillaje, dijeron unos, con artistas que trabajan para la serie de televisión The Walking Dead, algo así como El Caminante Muerto, que se ha convertido en una referencia aceptable para quienes tienen la esperanza de enfrentarse a un apocalipsis de naturaleza necronómica. Los artistas, muy cotorros, iluminaban con sus tiliches las caras de los participantes, quienes estuvieron formados por más de 4 horas con tal de obtener el ansiado luk y kilos de sangre y desprendida piel fueron ofertados, gratuitamente, entre aquellos los no-vivos. Los organizadores pedían a cambio la entrega de alimentos, una lata, un paquete de algo, una pequeña despensa que luego sería repartida entre otros muertos, más reales, más hambrientos, menos amables.

El fantástico escape de esta realidad dura y ojeta está justificado, aunque no dura mucho. El reparto gratuito de sangre que hacían algunos, hecha con pintura y miel, por ejemplo, podría compararse a compartir lo más necesario, lo vital, pero que ahora debe pasar necesariamente por símbolos que poco expresan cuando se trata de entender los fenómenos que llevaron, por ejemplo, a las normales rurales y  Michoacán a protagonizar una revuelta civil que culminó con más de lo mismo. Genaro Vázquez y Lucio Cabañas debieron resucitar nada más para morirse otra vez.

Los personajes representados para el recorrido de la muerte fueron, además de los vivientes muertos, los estereotipos del cine yanqui. Una catrina, elegantemente ataviada de negro y con el rostro marchito por el calor, avanzaba garbosa entre asesinos seriales, enfermeros dementes, doctores destripados y sexys adolescentes en ligueros perfumados y negros. Las influencias del manga de pronto se catalizaron en adorables galanas de hentai, con el pelo rojo y atuendos del más refinado sadomasoquismo, que caminaban desgarbadas, enseñando las piernas al lado de Joker desfigurados, de la serie que refleja la cultura más inmediata que Washington propone para sus jóvenes, los que están allá y los que nacieron en este país. Con pesados sacos morados, los guasones soportaron heroicos, antivillanos, la estulticia del sol e incluso a un Batman descarnado que patrullaba las calles en su batimoto, más parecida a la de un policía que a la del amargo héroe de mentiras.

Otros bodrios que se dieron cita fueron dementes escapados de manicomios, encerrados en camisas de fuerza y tan pálidos como los habitantes de La Castañeda; serial killers de ensortijado pelo verde y hasta cocineros empapados en la sangre de sus guisos prodigiosos. No hubo santos ni bludemons, ni siquiera lloronas huapangueras o de perdida televisos donramones que no pagan renta. Nada. Todo se redujo al infernal sangrerío aunque enmarcado en el esplendoroso lenguaje mexicano que incluye unas 25 palabras esenciales como güey, chingada, verga, madre, pedo, puta, hijos, mames, pendejo, dame, toma, amo, odio y préstame, entre otras.

Para el mediodía el parque era un set de televisión. Monstruos y monstruas bebían cocacolas y se echaban el cigarro en espera de la marcha. Mientras, las vendedoras otomíes que todavía llevan en sus canastas hojas de té observaban, espantadas pero divertidas, la escena.

– ¿Me compra una rama para el té?

– Luego, más tarde.

– ¿Y qué están haciendo esas personas?

– Se disfrazan de monstruos.

– ¿Para qué?

– Quieren caminar por las calles con sus disfraces.

– Ah. ¿Y a qué horas van a terminar?

– Sólo ellos saben.

– ¿Me compra una rama para el té?

Estupefactas, las vendedoras se alejaban mientras la horda se organizaba. A las dos de la tarde, unos mil maquillados tomaban la avenida Morelos y asustaban jugando a comercios y automovilistas. Ni siquiera las marchas del YoSoy132 fueron tan agradables ni recogieron tantos participantes. Mejor esto, una marcha zombi que una revolución. Porque las dos cosas no se pueden. La Zombi Nation que gobernará Peña olvidará pronto a esos que mencionaban a un tal Guevara creyéndolo actor e imitaban sin saber las consignas que también caminaron las calles de Santiago en los septiembres de Salvador Allende. La memoria no alcanza para eso, entre fiestas y mascaradas disfrazadas de buenas intenciones.

La columna, cabalgata de lo imposible, infernal discordia de adaptados a la nueva era del PRI, pasó por la tienda Soriana, en las calles de Juárez e Instituto Literario. Nadie recordó que apenas en junio aquella hacedora de presidentes era insultada y sus vidrieras llenas de manos adolescentes, algunas indignadas y sabias. Los comercios locales aprovecharon la bulla para recordar a los jóvenes que el mundo era de ellos. Bocina en mano, una mujer con locutora voz arengaba a los enfiestados y les entregaba las llaves del mundo desde una tienda de telas cerrada hasta los festones con mallas metálicas, por aquello de las dudas. Los pasos frente a la Catedral, el Ayuntamiento y la Cámara de Diputados fueron meros hechos curiosos que los inconformes con la vida no tomaron en cuenta. Despolitizados, los jóvenes se limitaron a gruñir según los guiones de Rob Zombie o, al menos, saltar para los fotógrafos de los diarios locales. Todo terminó en el parque Bolívar y la toma literal de la estatua del libertador de América por cansados cadáveres que se organizaron en 5 minutos para irse de antro por la noche.

No marcharon los mil decapitados de la era de Calderón ni los muertos de San Salvador Atenco o los 90 mil ejecutados. No hubo inconformes. Sólo muertos, como si se tratara del futuro revelado. Poco a poco, maquillajes y energías se fueron evaporando y el parque se quedó con su caballo y su héroe, sus vendedores de helados. A veces, uno tiene lo que merece.

Las cinco. Y todo al diablo.

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