El buen fin

* La producción de droga y las actividades que la rodean generan poco más que lo que obtiene Pemex en un año y supera las divisas enviadas por los migrantes desde el extranjero. Así, los 40 mil millones de dólares que mueve el narcotráfico sostienen la economía nacional. Sin ellos, México quebraría.

 

Miguel Alvarado

La legalización de la venta y consumo de marihuana es un tema que siempre se ha discutido y al que no se le encuentra consenso. Encuestas realizadas por las mismas casas que dieron ganador a Enrique Peña en el proceso electoral del 2012 señalan que el 79 de los entrevistados mexicanos se opone a legalizar esa droga, como señala Parametría, en contraste con la mitad que apoya en Estados Unidos la misma cuestión.

El caso mexicano es emblemático y no puede compararse, por razones de contexto, entre los dos países. Mientras EU es una nación narcotizada, la primera consumidora del mundo, México es uno de los productores más exitosos y en este territorio se desarrolla una batalla por esa industria. En Estados Unidos, por ejemplo, hay unos 3 millones de adictos a las anfetaminas pero 20 millones a la marihuana, que pagan mil 800 dólares por cada kilo de mota que se comercializa en sus ciudades. Además, 4.2 millones son adictos a la cocaína.

La producción de droga y las actividades que la rodean generan poco más que lo que obtiene Pemex en un año y supera las divisas enviadas por los migrantes desde el extranjero. Así, los 40 mil millones de dólares que mueve el narcotráfico sostienen la economía nacional. Sin ellos, México quebraría.

El narcotráfico ha generado una cultura, muy propia y profunda, alrededor de él. Tiene sus propios héroes, jefes y reglas, más respetadas y mejor observadas que la propia ley. Tiene un escalafón laboral que ha funcionado mejor que cualquier oficina o empresa durante las últimas dos décadas y reparte el dinero que produce en la misma región. No cobra impuestos pero sí ayuda para pagarlos. El producto es un poco más nocivo que la Coca Cola o las programaciones televisivas y se defiende con la vida. En cifras oficiales, el control de la droga le ha costado a México entre 60 mil y 90 mil muertos pero además acostumbra a la ciudadanía a vivir en un estado de miedo permanente. Promueve la impunidad y es una lección de cómo hacerse rico sin esfuerzo o creatividad si necesidad de estudios, al menos eso dicen las leyendas. El mercado laboral que decide trabajar para el narcotráfico, en alguna de sus ramificaciones, englobaba hasta el 2009 a medio millón de personas, según datos del propio gobierno, que también provee las cifras de ejecutados. Esa cantidad oficial mueve al año 260 toneladas de cocaína, 16 mil toneladas de marihuana y la mitad de las anfetaminas que se producen globalmente. La PGR y la DEA creen que la mariguana genera ganancias por 13 mil millones de dólares, la cocaína 2 mil millones y las metanfetaminas 4 mil millones.

Michoacán, uno de los estados que más expulsa migrantes hacia EU y en permanente choque social, alberga a algunos de los pueblos más curiosos del país. Uno de ellos es el municipio de Aguililla, de mil 406 kilómetros cuadrados y con unos 16 mil 500 habitantes hasta el 2005. Allí, prácticamente todos se dedican a alguna actividad relacionada con el narcotráfico. También es cierto que el narco obliga a las personas a trabajar para esas empresas. El Frente Campesino Nacional asegura que no hay opción que evite la migración, excepto aceptar trabajos fuera de la ley. Paulatinamente, asegura aquella asociación, el trabajo se torna atractivo y resuelve la pobreza inmediata.

En Toluca, en promedio, cada adulto conoce a 6 más que tienen algún nexo de trabajo con el narco y a otros 10 que consumen algún tipo de droga.

Responder por qué un negocio así tiene éxito, no es difícil. La pobreza, el desempleo y los prejuicios educativos, religiosos y de familia inciden directamente. Las historias generadas por aquellas decisiones son muchas y variadas, e incluso algunas no terminan en tragedia. Otras sólo reflejan las fuentes que las producen, como sucede en el barrio de Zopilocalco, ubicado en la periferia de esta ciudad. La zona, tradicionalmente peligrosa, se dedicó durante años al narcomenudeo y la economía de las familias dependió de eso. El negocio era tan bueno que se involucró hasta a los niños pequeños, a quienes se les encargaba el cuidado de las tiendas durante las madrugadas. Así, niños de 7 años esperaban pacientes debajo de una ventana a que los consumidores acudieran. Ellos hacían el primer contacto, sin discriminación alguna, e informaban sobre la mercancía. El trato lo hacían ellos mientras los adultos se parapetaban dentro de las casas y preparaban el pedido. Zopilocalco ha sobrevivido por años apoyado en esta práctica, que ahora heredaron quienes fueron los niños e inician a sus propios hijos en el oficio.

El trasiego de marihuana involucró los negocios más extraordinarios. Taxistas que proveían la mercancía a domicilio organizaron una flotilla especializada para dar servicio por Toluca y Metepec. Otros, más ingeniosos, escondían la droga en paquetes de cigarros que vendían mediante contraseñas. Al final la historia fue la misma. Las llamadas narcotienditas siempre han sido controladas por las propias autoridades y policía, que autorizan la apertura del local y dictaminan sobre su operación. Es casi imposible tener un negocio de este tipo y no participar al gobierno del mismo.

Nadie sabe a ciencia cierta qué pasará si en México se despenaliza la marihuana. El gobernador mexiquense, Eruviel Ávila, se ha pronunciado en contra de la aprobación que elaboraron los estados norteamericanos de Colorado y Washington. “En México no podría pasar una decisión similar”, dijo el mandatario mexiquense, aunque no pudo expresar por qué es inconveniente no aceptar aquella determinación. Y es que al menos para las autoridades, México no es un país de drogadictos, pero sí de alcohólicos.

La Encuesta Nacional de Adicciones reveló que en el 2011 el alcohol fue probado por el 71 por ciento de los mexicanos. El 32.8 por ciento aceptó consumirlo en dosis altas, pero sólo 6.2 por ciento dijo ser dependiente, aunque 5.4 por ciento es consumidor consuetudinario. En el rubro de drogas, el 2.2 por ciento de los encuestados dijo consumir marihuana, mientras que la cocaína incide en el .9 por ciento, los alucinógenos en el .1, los inhalables en el .2 por ciento y los estupefacientes de tipo antetamínico, en el 0.2 por ciento.

El mercado verdadero de la marihuana no está en México, que no cuenta ni siquiera con consumidores reales que sostengan la empresa. La marihuana, como droga ilegal, presenta más problemas de logística que el resto de las drogas, pues requiere de grandes espacios para producirla, secarla y empaquetarla. Más del 90 por ciento de ese estupefaciente cruza la frontera norte. El resto, distribuido en la población mexicana, apenas hace mella. Los verdaderos beneficiados con la legalización no se encuentran en el grueso de la población, como se entiende desde el principio y tiene que ver más con sortear obstáculos que los productores encuentran para trasladarla a la frontera. Un negocio que es impulsado por Estados Unidos tendrá que encontrar la legalidad, necesariamente. Nada tienen que ver los 60 mil muertos de Calderón, empeñado en proteger o imponer a sus aliados y que disfrazó como una guerra contra el crimen. Peña, producto del mismo eje político, mantendrá la misma dirección pero sin muertos, o al menos sin tantos muertos.

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