Tutores de la impunidad

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz Jiménez

La vida de Enrique Peña Nieto se parece mucho a la de un príncipe azul. Al menos así la ven sus simpatizantes, para quienes ésta no empezó el 20 de julio de 1966, el día que nació en la colonia Condesa del Distrito Federal o en el centro de Atlacomulco, cuna del grupo político más longevo y poderoso del país, sino el 14 de enero de 2005, cuando su nombre apareció en la prensa como candidato priista único y de unidad a la gubernatura del estado de México.

Aunque era prácticamente desconocido, especialistas en imagen confiaron en que una buena campaña de posicionamiento y luego otra de marketing lo harían un negocio redituable, y que la sola candidatura para gobernador lo colocaría fácilmente en el camino de la ruta hacia la presidencia. Así había pasado con la mayor parte de los gobernadores salidos del estado de México desde 1942.

Al momento de ese “curioso” nacimiento, Enrique tenía 39 años de edad. Y fue extraño porque, hasta antes de ese mes en el que empezaba su precampaña, muy pocos recordaban algo específico del candidato, su vida privada, sus andanzas políticas o su carrera profesional.

Todavía dos años antes, en enero de 2003, ni los vecinos de la familia en su pueblo natal le auguraban un futuro exitoso al lado de su tío, el entonces gobernador Montiel. En aquel no tan lejano 2003, Peña empezaba su campaña por una diputación local. Sólo lo acompañaba Jesús Sergio Alcántara Núñez, su suplente en la fórmula por el distrito de Atlacomulco. Muy pocos recordaban a Enrique. Acaso, lo más sobresaliente es que los viejos recordaban a su padre, el ingeniero Gilberto Enrique Peña del Mazo, y otros a su mamá, doña Socorrito. Jesús Sergio —Jesús, como le conocen por sus rumbos— era más popular.

Menos aún se atrevían a hacer algún señalamiento sobre sus quehaceres como presidente de la Legislatura mexiquense a la que había llegado en 2003 y desde donde saltó a la candidatura para ser gobernador de su estado. Acaso un puñado de periodistas en Toluca era capaz de precisar —y lo hacía con dificultad— algunas de sus tareas en el gobierno estatal. Sin embargo, no había nada qué decir sobre sus logros como legislador ni como ex secretario de Administración.

Determinado grupo, reporteros que cubrían en forma permanente las noticias del PRI estatal, apenas lo veía como un funcionario afable, muy religioso, conservador, tímido, escurridizo, dócil hasta llegar a la sumisión —un viejo priista, en toda la extensión de la palabra—, poco afecto a entrevistas y altamente preocupado por su apariencia física. Sobre todo, por su peinado y la pulcritud de su traje. No obstante, tampoco le auguraban un gran futuro político frente a los dinosaurios de su partido.

Aun así, en una entrevista con el periódico Reforma en 2005, el mismo Peña alimentó las dudas sobre su pasado: no conocía los orígenes de su familia. Ni los nombres de sus abuelos pudo mencionar al reportero Enrique Gómez. “Realmente no sé cómo se llama mi bisabuelo. Efigenia creo que se llamaba mi abuelita. Habría que buscarle, yo no lo identifico más allá de mis abuelos, quiénes son, pero tampoco me opondré a que alguien hiciera la investigación, que la trabaje y diga quiénes son”.

Apenas un pequeño grupo de periodistas insertos desde 1999 en la cobertura noticiosa de Montiel lo ubicaba como hijo del modesto ingeniero Gilberto Enrique Peña del Mazo, primo del ex gobernador mexiquense Alfredo del Mazo González. Lo más conocido era su cercanía con Montiel. En definitiva, su vida era un libro vacío en espera de ser escrito.

Con ese desconocimiento, los datos biográficos oficiales fluían a cuentagotas: Enrique, efectivamente, es hijo de Enrique Peña del Mazo y de María del Perpetuo Socorro Nieto Sánchez. Nació el 20 de julio de 1966 en Atlacomulco, municipio del norte mexiquense, aunque hay quienes señalan que, cuando nació, sus padres vivían en la ciudad de México.

El árbol genealógico familiar establece que su padre era pariente cercano de los ex gobernadores Alfredo del Mazo Vélez y Alfredo del Mazo González, padre e hijo respectivamente, ambos, a su vez, familiares del extinto Isidro Fabela Alfaro, y de su Excelencia, Arturo Vélez Martínez, primer obispo de la Diócesis de Toluca.

Del lado materno, está relacionado con el extinto gobernador Salvador Sánchez Colín. Y aunque Soco perdió el apellido por venir este de la familia materna, es descendiente directa de Constantino Enrique Nieto Montiel. En resumen, Peña —con sus hermanos Ana Cecilia, Verónica y Arturo— es parte de la numerosa parentela del ex gobernador y fallido candidato presidencial Arturo Montiel Rojas.

En los meses siguientes —del inicio de la precampaña hasta la toma de posesión el 15 de septiembre de 2005—, los priistas descubrieron con terror que Peña era un político invisible:

“El mayor de los hermanos Peña Nieto, Enrique ha sido considerado desde pequeño un ‘muñequito’. Sus vecinas y amigos de esa época —la de su nacimiento real— lo recuerdan como un niño dorado, bien acicalado, estupendamente portado, que usaba tirantes y se peinaba desde entonces con ese copetito que ha mantenido hasta la fecha y le ha granjeado tanta popularidad entre las mujeres”, escribió en marzo de 2011 el periodista Ignacio Rodríguez Reyna.

La biografía oficial tomó forma poco a poco. A mediados de la década de 1970 —cuando el primo Alfredo del Mazo González encajaba en la estima de Miguel de la Madrid, secretario de Programación y Presupuesto del presidente José López Portillo—, la familia Peña Nieto tuvo su golpe de suerte al abandonar Atlacomulco para asentarse en Toluca. Fue aquí donde Enrique terminó los grados quinto y sexto de primaria, hizo dos de secundaria —segundo y tercero, pues cursó el primero en un exclusivo internado de un pueblo de Maine, en Estados Unidos—, y la preparatoria, esta última en colegios particulares.

De allí, el joven Peña se fue directo a las aulas de la Universidad Panamericana, uno de los brazos operativos del Opus Dei en la Ciudad de México y, luego, a las del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), otro de los centros opusdeístas de reclutamiento.

Si bien se publicó en enero de 1996, La masonería y el Opus Dei en la política contemporánea mexicana, semejanzas entre el anticlericalismo y el clericalismo secretos, este estudio de los profesores Paul Rich y Guillermo de los Reyes está hoy tan vigente como entonces: “La masonería y el Opus Dei son dos de las sociedades más sospechosas en México, se piensa que con su pretendida clandestinidad encubren todo tipo de maquinaciones políticas.

”El Opus Dei es uno de los pocos movimientos católicos exitosos en México, en términos del reclutamiento de una significativa representación laica de la burguesía alta. […] Se ha sostenido en una nación donde se cree, de manera implícita, en el ‘mito de la conexión correcta’, la promesa de que, finalmente, se establecerá una sociedad proclerical orientada a combatir a los masones. […] Seguramente que una razón que explica el establecimiento exitoso del Opus Dei y la masonería en México puede ser la dificultad para hallar otro país, en donde las ceremonias cabalísticas y rituales estuviesen más integradas al liderazgo y, no obstante, menos entendidas. […]Desde el inicio de la República Mexicana, las organizaciones arcanas han sido parte de la fábrica política y del sistema de camarillas que han jugado un papel básico en la composición de la junta gobernante.

”Su coexistencia demuestra que los mexicanos ‘abrazan al mismo tiempo un arraigado anticlericalismo con una profunda religiosidad.’[…] Se achacan mutuamente ser lobos con piel de oveja. Se sienten modernas Casandras que olfatean conjuras en todos lados. […] Los miembros de ambas sociedades negarían enérgicamente que sus secretos son algo más que prudencia. […] La oscilación entre el clericalismo y el anticlericalismo, entre la religión y la seglaridad, es el corazón de la política mexicana”.

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