La era de Enrique

* Con muertos o vivos, el gobierno de Peña empieza la gestión con el sello de la casa Atlacomulco. La represión y el miedo andan en burro. Los bandos se culpan y justifican mientras el Distrito Federal, perredista hasta las cachas, arde por las razones que sean. La paz de Peña ha llegado, y durará seis años, a pesar de él mismo.

 

Miguel Alvarado

Los últimos días de Felipe Calderón como presidente de México fueron usados como pasarela de despedida. Acabado en lo físico, la alegría del panista era evidente. Por fin podría desentenderse de un encargo que, “haiga sido como haiga sido”, será recordado por los 90 mil muertos que, de forma directa o colateral, arrojó una guerra contra el narcotráfico que no se ganó y ni siquiera se combatió. La Presidencia inundó con espots de autoagradecimiento los medios masivos. Al sexenio se le autonombró como el de la salud, de las obras públicas, la educación, la seguridad. Metió al Congreso, todavía, a dos días de separarse del cargo, reformas agrarias que no pasarán porque serán olvidadas por la mayoría priista y se ufana en público del amor que siente por México. Este amor lo obliga  a partir a Harvard para enseñar a líderes globales cómo gobernar y administrar en la desgracia. Calderón ha mentido en lo único que no debía y cambió la vida de 90 mil personas para que él y sus cercanos hicieran el negocio de su vida. Muertos ellos y liberado él, México de todas formas seguirá el mismo camino de exterminio, de la limpieza social en las manos del Grupo Atlacomulco, todavía más conservador que los propios panistas y acostumbrados al poder. Juzgado hasta por Rubén Moreira, quien pide se investigue el sexenio, Felipe se vio de pronto solo, rodeados por unos cuantos, cuando decidió despedirse de sus senadores. Ni la mitad panista acudió a la charla, donde Calderón habló pero nadie lo escuchó.

Enrique Peña cumple los anhelos y ansiedades de Isidro Fabela; Alfredo del Mazo, padre e hijo; Carlos Hank y Arturo Montiel. Ni siquiera pudo celebrar, luego de obtener la presidencia. No hubo fiestas ni jolgorios públicos. Ellos mismos, su equipo, acudieron a las reuniones privadas de abrazos y parabienes, que contrastaron con los acosos y repudios que sufrió el priista en visitas a la Universidad Iberoamericana y estados como Querétaro, en zozobra y la oscuridad. Celebraron, claro, porque los presupuestos federales alcanzan para ellos.

Como nunca antes, un candidato recibió toda clase de insultos y cuestionamientos. Pero también, como nunca antes, demostró él solo, sin ayuda ni coacción, la incapacidad intelectual en la que se ha desenvuelto y con la cual, a pesar de él mismo, gobernó el Estado de México. Nadie ha podido responder cómo un hombre que no lee y que no puede hilar discursos puede administrar un país, aunque otros se encarguen de decir que para ser presidente no se necesita saber, ni siquiera leer, como lo apuntó la lectora de noticias Adela Micha, quien trabaja para Televisa.

Raúl Vera, obispo de Saltillo, acudía dos días antes de la toma presidencial a Alemania, para hablar en la conferencia “México, ¿Estado de Derecho?, organizado por la Fundación Heinrich-Böll y la Coordinadora alemana para los Derechos Humanos en México. Allí, la principal figura de la crisis chiapaneca de 1994 definió al priismo que se verá los próximos seis años. “Y lo que vemos es un país desvertebrado. Nos preocupa el futuro, no vemos un atisbo de cambio. Tuvimos un proceso electoral tan manoseado, con ahora un presidente electo que viene arrastrando pendientes de su gestión en el Estado de México, y que ya ha presentado una serie de iniciativas de reformas que lo único que nos deja ver es que el PRI está volviendo por sus fueros y pretende ser nuevamente un Estado controlador de todo”, apuntaba.

Peña cerraba los perímetros de su miedo una semana antes de la toma de protesta. Decenas de líneas del Metro, cierres de calles y avenidas sin ninguna razón revelaban parte de lo que la nueva administración siente. Peña no dará la cara al mexicano porque no puede arriesgarse. Mientras, tomas de calles y barricadas en el Congreso eran anunciadas con semanas de anticipo, pero el presidente usa un escenario instalado y diseñado por Televisa en el patio central del palacio de gobierno. El narco no se tomaba una tregua, ni siquiera unas horas, y se dedicaba a regar cadáveres en el acostumbrado camino de sangre que se registra diariamente. Así inicia la era de Enrique, la de Arturo Montiel, la de Carlos Salinas, la del Grupo Atlacomulco, más poderosos que su partido, pues el PRI ha sido borrado por intereses, esos sí, poderosos.

El país desvertebrado que observa Vera se vislumbró en su ortopédica capacidad el primero de diciembre. El primer gabinete de Peña estaba listo. No hubo sorpresas. Carlos Salinas, Arturo Montiel y Televisa encabezan las posiciones en esa elección. Hasta Alfonso Navarrete, aliado incondicional de Maude Versini, la ex esposa francesa de Arturo Montiel, encontró cargo en la Secretaría del Trabajo. Chuayffet, el mismo Emilio de Aguas Blancas en 1994, también pudo y sonriente acudía a la cita. Mefistofélico, el nuevo secretario de Educación decía que “vengo a ver a un amigo”.

Temprano, el sábado primero de diciembre encontró las inmediaciones del Congreso federal cerradas, como ya se sabía. Y como Peña lo intuyó, miles de manifestantes pugnaban por entrar.

Allí estaban los estudiantes del 132, los maestros opositores a Elba Esther Gordillo y algunos resentidos, como las autoridades los llaman. El perímetro de San Lázaro, desolado, despedía como debe ser los seis años de Felipe. La guerra que, dijo, se libraba en el país, alcanzó la capital de los antiguos Estados Unidos Mexicanos. No había narcos pero sí granaderos y militares vestidos de policía del lado protegido, en los 20 kilómetros de vallas instaladas para contener a cualquier valiente. Del otro, armada con palos, piedras y bombas Molotov, la turba que aparece cuando no hay de otra esperaba entre gritos y mentadas a que todo comenzara. La intención era entrar, aunque allí se conformaban con hacer ruido, al principio.

La toma presidencial no contenía truco alguno. A nadie se le mintió desde que Peña, Obrador y Vázquez fueron a la contienda electoral. Todos sabían quiénes eran y qué representaban. El país, una realidad que no toca a los políticos, se limitó a observar. Peña ganó y las fuerzas de seguridad lo ratificaron. No los tribunales ni el IFE, que al final sólo cuentan y recuentan. Los dueños de las armas dictan ritmos, aplican decisiones. Aquí y en China.

Así, dos de las realidades de México se encontraban una vez más en el mismo punto. La primera, la de la clase política, entraba al enorme edificio de San Lázaro para atestiguar lo que, muchos dicen, es la historia. Tienen razón, al fin y al cabo los ganadores la escriben y la esparcen. La otra parte, la otra historia, les toca a otros aunque pocos la recuerdan. San Lázaro es el mejor búnker. Nadie entra, nadie sale. Las tribunas para diputados federales y senadores poco a poco encontraron quórum, que oficializó el presidente de la Cámara, el priista Jesús Murillo. Calvo, serio y enojado, Murillo comenzó la sesión donde Calderón pasaría a la historia y Peña se pondría la banda presidencial. A Murillo le importaba poco lo que sucediera y el tiempo que tardara, no en balde había sido ya designado por el Grupo Atlacomulco como nuevo procurador general de Justicia. Ex gobernador de Hidalgo en tiempos de Carlos Salinas, había dado la cara en el proceso electoral que hoy tiene a Peña al borde de cualquier cosa. Había diseñado el plan y sus amigos lo reconocen como el artífice de la victoria. El primero de diciembre, el astuto funcionario cerraba sus pendientes dándole a Enrique la banda anhelada.

Pero las cosas no sucederían tan prontas, tan expeditas, como dirá próximamente Murillo cuando despache la justicia en su muy elemental Región 4. Apenas tomada la palabra, 30 segundos después era interrumpido por un diputado que le reclamaba al priista que sus diputados, los tricolores, estuvieran parados en la escalinata de la tribuna.

– ¿Quiénes son los de a pie? – le dijeron. Pero Jesús, con cara ceñuda, contestó como todo un procurador. Que no están haciendo, nada, que si riñen, entonces los sacará. Precavidos, los priistas enviaban a los más voluminosos para cubrir una posible toma de tribuna. Treinta segundos después, una nueva interrupción, Otro diputado pedía un minuto de silencio por “los 93 mil muertos por el estado de guerra” del país. Una vez más, la lógica murillana se impuso para mandar a volar al provocador. De cualquier forma, ni su poder omnisciente pudo evitar las mantas y las cartulinas que campeaban desde el ala izquierda: “83 mil muertos, el sexenio de la violencia”, decían unas. Otros escribieron de Peña “candidato del telepromter, candidato prefabricado”.

Manuel Huerta, diputado petista, pregunta a Murillo sobre los enfrentamientos afuera del recinto, pues dice que hay tres heridos El priista sugiere entonces que pedirá información y adusto espera. Diez minutos después, sin informes sobre nada, el protocolo continúa. Peña es validado, en friega, como presidente de México en una lectura atropellada que informa sobre el cumplimiento de los requisitos. Que ganó, que fue legal, que ha comprobado fórmulas y etcéteras. Los priistas aplauden como niños y los de la supuesta izquierda rabian como si estuvieran enojados. La Cámara es un monumento a la simulación y unos y otros actores y nada más, cuando Lucila Garfias puede, por fin subir a inventar el mundo de las intenciones. Diputada por el partido de la Gordillo, a Lucila le sale todo bien porque nadie la escucha. Ha robado 10 minutos valiosos a la vida de millones y en los que sólo dijo, tangencial y rollera, que vigilarán que todo mejore. La pobre termina y le sigue Ricardo Cantú, del Partido del Trabajo, quien porta un moño negro en su camisola blanca. Diputado a fin de cuentas, no puede hacer otra cosa que lamentarse resignado por los muerto de Calderón y por el nuevo gobierno “ilegítimo… autista, represor alejado de la gente, que usará la fuerza para someter”. Luego del sesudo análisis, la tribuna recibe al perredista Ricardo Monreal, quien camina hacia ella sonriente, sonriéndole a alguien. “Comienza el gobierno de la imposición”, dice para calentar garganta mientras una enorme manta negra circunda el pomposo recinto. “Imposición consumada, México de luto”, se apunta allí. Pero Monreal no hace caso. Va a lo que va, aunque lo más interesante de su discurso es la priista Tanya Rellstab, ex alcaldesa de Tenancingo, en el Estado de México, quien sentada a su izquierda debe soplarse, estólida, todas las participaciones. No puede usar celular o algún gadget. Sabe que está en la mira permanente de la televisión, aunque sea el canal del Congreso. Tanya, acusada de comprar votos para Peña en su municipio, luce radiante. Rubia pero discreta, se enfundó en un outfit blanco y negro que destaca su figura, trabajada a base de dietas y ejercicio. Toda una dama, gesticula y hace pucheros porque no puede evitarlo mientras Monreal termina el aluvión. Lo mira burlona cuando el perredista informa que  Carlos Valdivia, uno de los manifestantes, ha muerto a causa de las balas de goma policiales. De todas maneras daba lo mismo. Nadie se inmuta con el dato. Unos alcanzan a decir que no es cierto y aquello se pierde entre la maraña mental de la diputación allí reunida. Otros se pasan los teléfonos o miran las fotos que tomaron y se las muestran a los amigos. La tribuna no ofrece, todavía el platillo principal. Sólo Tanya, pobrecilla, guarda la compostura. “Seremos congruentes con líderes sociales como López Obrador. ¡Síganse riendo, compañeros, síganse riendo!”, terminaba explosivo Monreal, dirigiéndose sólo al viento.

Lo siguiente fue un entreacto palomero, especie de medio tiempo futbolero para estirar las piernas y definir la estrategia. Acudió a la tribuna otro rubio, el ecologista Arturo Escobar, un desparpajado diputado que hace un año era representante de su partido ante el IEEM, previo al triunfo de Eruviel Ávila quien, dicho sea de paso, compartió vecindad con Marcelo Ebrard, sentados muy serios, haciendo que escuchaban. “Antes que nada, informar que no hay ningún muerto”, señaló el ecologista, mientras el respetable le grita “palero, palero”, en un ejercicio recíproco para reconocer las verdaderas intenciones. Termina agradeciendo a los dueños de las armas por jugarse la vida por los ciudadanos. Rubio pero desmemoriado, a Escobar no le quedó de otra que echarle porras a Peña y, desencajado pero bien vestido, alcanza a decir que “ese líder es Enrique Peña”, cuando apunta que México cambiará para beneficio de los jodidos, efectivamente. Miguel Barbosa del PRD y Francisco Domínguez del PRI cerraron por fin el ciclo de palabras.

Por fin, a las 11:10 llegaba Felipe Calderón con su banda presidencial en el pecho. Y cuatro minutos después arribaba el telenovelero presidente, quien iba nada más por ese símbolo. Primero entró Calderón y entre gritos de asesino pero también aplausos, recorrió el pasillo en un interminable besamanos. Tres horas después, el ex presidente se despediría casi en definitiva con un mensaje en menos de 140 caracteres: “Gané, asumí, ejercí y trasladé la presidencia de México conforme a la Constitución. Plena Gratitud y pasión por México. #GraciasMéxico”. Así resumió todo Calderón. La guerra del narco, su guerra, ha quedado atrás, al menos para él. Nadie devolverá los muertos, buenos y malos, pero los imposibles ya importan demasiado poco. El futuro es hoy y Peña ha llegado por fin a la tribuna. Viste traje negro y corbata plateada, la misma que más adelante en Palacio Nacional lucirá don Emilio Azcárraga, quien sentado junto a Carlos Slim oirá del propio Enrique que permitirá otros dos canales para televisión abierta. Mientras, Peña toma la banda de manos de Calderón, un fajo de billetes falsos le pasa cerca. Los perredistas hacen lo suyo, que es nada más eso. Cinco minutos después y luego de una desastrosa interpretación del Himno, Peña sale en procesión. Uno de sus más fervientes saludos lo dedica a Paquita la del Barrio, rubicunda cantante que se deshace por él, a quien le otorga tres abrazos, el primero por las fotos, el segundo por las prisas y el tercero por deber, mientras a su alrededor vuelan los falsos dineros lanzados por los de izquierda. Puras anécdotas que se pierden entre los gritos de “Peña, presidente”. Sube, junto con su familia, a una camioneta negra adornada con una bandera de los extintos Estados Unidos Mexicanos y se dirige al palacio, donde dará su primer mensaje ante un público escogido que lo mismo alberga a su nuevo gabinete que a la presentadora de televisa Yolanda Andrade o al emblemático vocero del presidencialismo priista, Jacobo Zabludovsky.

Pero la batalla por la presidencia no está en los recintos ni en el escenario armado por Televisa para aquellas palabras que luego se transformarían en 13 promesas, incluidas las de un tren para la ruta Toluca-México. Las calles aledañas a San Lázaro eran escenario de lo que los golpeados llamaron represión y o que los golpeadores calificaron de protección.  Al medio día, Andrés Manuel López Obrador terminaba su mitin en el Ángel de la Independencia y sus simpatizantes se dirigían al zócalo de la ciudad. En Bellas Artes los granaderos salieron al paso y el desmadre comenzó. Luego de que AMLO dijera con nostalgia que cada vez que se pone el cinturón de seguridad de su Tsuro, piensa en la banda presidencial, la violencia respondía a la clase política. La Alameda fue arrasada por personas identificadas como anarcopunks, que igualmente son mexicanos que resienten la miseria y responden como la miseria les ha enseñado. Las calles aledañas a Bellas Artes se transformaron en teatro de detenciones y golpes entre policías y manifestantes. Bancos, cafeterías y establecimientos comerciales eran arrasados, con razón o sin ella, por la muchedumbre que al final del día se redujo a 65 detenidos. Los enfrentamientos incluyeron policías disfrazados de civiles, persecuciones contra jóvenes y “un muerto que, herido, nada más presenta exposición de masa encefálica y está delicado”, se decía en redes sociales. Otro joven, Brayan Limón, era exhibido en redes sociales herido hasta la muerte. Dos fallecidos, ninguna confirmación pero decenas de fotos que los convertían sin discusión en cadáveres.

Con muertos o vivos, el gobierno de Peña empieza la gestión con el sello de la casa Atlacomulco. La represión y el miedo andan en burro. Los bandos se culpan y justifican mientras el Distrito Federal, perredista hasta las cachas, arde por las razones que sean. La paz de Peña ha llegado, y durará seis años, a pesar de él mismo.

“No mami, blu”, dirá el nuevo presidente, recordando sus propios chistes ante reporteros de Toluca, cuando le pasen el reporte del día y lea el costo de su primer día de trabajo.

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