Una respetuosa caravana

 

 

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz Jiménez

El peregrinar de Peña por la política partidista tampoco es un secreto, siempre a la sombra y bajo la tutela única de Montiel. De la mano de éste obtuvo sus primeros puestos partidistas y públicos: la coordinación del manejo de dinero para la campaña a la gubernatura mexiquense de Emilio Chuayffet Chemor, pasando por una subsecretaría de Estado que lo impulsó a una secretaría, de ahí a la candidatura por una diputación local y, posteriormente, a la presidencia de la legislatura ya en el sexenio montielista.

Todavía hoy, algunos recuerdan a Enrique cuando aparecía, casi tímido, al lado de Arturo Montiel en ceremonias oficiales, desfiles y fotos que el ex mandatario concedía en entrevistas de banqueta en las calles de Toluca. Su sobrino, un joven impecable hasta en el trajeado, guardaba respetuosa distancia mientras esperaba su turno —aunque no se le notaba interesado en ocupar la gubernatura—, siempre deferente con los que estaban arriba de él.

Por ese entonces, Enrique era el funcionario más asequible del montielismo o, al menos, así lo veían los reporteros locales que podían hasta bromear con el entonces secretario de Administración, a quien se le recuerda coqueto y amistoso. Luego los objetivos se fueron imponiendo y el joven político cambió su actitud.

Más ensayado, comenzó a imponer lejanías en los tratos, aunque siempre respondió a saludos y ademanes con una respetuosa caravana. Bien parecido, muy por encima de la media que distinguía la imagen de los políticos en el Estado de México, a Enrique no se le dificultó sacar partido de todo y, casi de inmediato, en 2005 se le mencionó como un presidenciable en potencia, destino que se fue moldeando con el tiempo.

A Peña se le puede criticar todo, menos que haya descuidado su proyecto personal, al cual se enfocó con ahínco. Ni gracias ni desgracias lo desviaron de su objetivo. Ahora se permite guiños, algunos innecesarios como el libro “México, la gran esperanza”, donde publica el “proyecto de nación” que ha venido repitiendo con santidad fervorosa desde hace seis años. Y aunque las lenguas, malas o buenas, aseguran que el escritor detrás de aquel legajo no es otro que el ex gobernador veracruzano Fidel Herrera, ferviente partidario del peñismo, sólo quienes escucharon su declaración sobre el salario mínimo y el precio de la tortilla podrán dar una respuesta acertada, porque otros achacan la autoría a Luis Videgaray Caso.

Su andar político se fue entretejiendo con la parte más privada de su vida y cuando supo que sería sucesor de Montiel, cambió su carácter. De la cordialidad pasó a ser un político irascible para con sus allegados, volviéndose enemigo de tomar decisiones a la ligera, menos aún cuando estaba en juego su imagen. Al mismo tiempo, se metió en los más inverosímiles problemas públicos e íntimos, circunstancias que posicionaron su foto y sus declaraciones en las revistas del corazón, de telenovelas y farándula, desplazando el factor político-administrativo como eje central.

En las pláticas de sobremesa o en las charlas informales de café, algunos se dedicaron a recoger las “propuestas” políticas, ideológicas e intelectuales más “serias” y “representativas” en la agenda electoral: “Enrique, amigo, mi vieja quiere contigo”, “Enrique, mangazo, contigo me embarazo”, “Enrique, bombón, contigo hasta el colchón”, “Con Peña, aunque tenga dueña”, “se lo firmo y se lo cumplo”.

Su distinción como el “más guapo” de todos los funcionarios mexicanos terminó por concretarse gracias a los esfuerzos de Mónica Pretelini Sáenz para que el país atestiguara el encumbramiento de su esposo como el “Luis Miguel” de la política desde la gubernatura mexiquense, lo que se sumó a la guerra sucia que terminó con su rival panista Rubén Mendoza Ayala.

Los sucesos de 2005 —de la precampaña a la toma de posesión— fueron una tentación demasiado grande, una señal en firme de que Enrique era destinatario único de la profecía que, inesperadamente, a mediados de 1940, lanzó, con voz de arcano mayor, la vidente atlacomulquense Francisca Castro Montiel, familiar, por cierto, de Arturo Montiel Rojas: “seis gobernadores saldrán de este pueblo. Y de este grupo compacto uno llegará a la Presidencia de la República”.

Aquella humilde futuróloga —que acercó el vértigo de los atlacomulquenses a un paso del precipicio— y su esposo, Febronio Barrios, tuvieron su recompensa: atestiguaron cómo los gobernadores protegieron a sus hijos Roberto y Froylán. A ambos los hicieron diputados locales y federales; al primero, profesor rural, le alcanzó el impulso para despachar como líder nacional campesino, fundar la Liga de Comunidades Agrarias y llegar por la vía plena del dedazo en 1958 a la Jefatura del Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, cargo entonces equivalente al de secretario de Estado.

Si la inclinación de la vieja clase dominante de Atlacomulco al espiritismo, las ciencias ocultas, la hechicería y las sociedades secretas más radicales de la iglesia Católica se suele desdeñar, la profecía de 1940 empezó a materializarse en marzo de 1942, cuando desde Palacio Nacional —las huellas y las evidencias llevan a la oficina presidencial— salieron las directrices para acallar al gobernador mexiquense Alfredo Zárate Albarrán y, en su lugar, enviar a Isidro Fabela Alfaro.

Ex secretario de organización del Partido de la Revolución Mexicana (PRM), ex diputado y senador con licencia, de 42 años de edad, Zárate Albarrán murió el 8 de marzo de 1942, tres días después de un atentado con arma de fuego del que responsabilizaron —encontraron culpable y, en los hechos, exoneraron con un amparo firmado desde la Suprema Corte de Justicia de la Nación— a Fernando Ortiz Rubio, presidente de la Legislatura local y jefe del Departamento de Tránsito.

Nadie se atrevió a recordar los enfrentamientos del gobernador mexiquense “rebelde” con el entonces presidente Manuel Ávila Camacho y el ambicioso hermano de éste, Maximino, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas. El amparo para que Ortiz Rubio purgara su condena en libertad esgrimía todas las razones para callar.

Fabela, en ese momento el diplomático mexicano más prestigioso por los servicios que prestó al viejo Venustiano Carranza, luego por su trabajo en la Delegación Permanente de México ante la Sociedad de Naciones en Ginebra y, más tarde, en la Corte Internacional de Justicia de la Haya en Holanda; llegó como nuevo gobernador interino-sustituto “constitucional”. Al margen de la violación a todas las leyes habidas y por haber, los políticos atlacomulquenses cerraron filas en torno a Fabela. En el Estado de México, las generaciones siguientes se harían fabelistas.

Cansado, Isidro Fabela Alfaro murió el 12 de agosto de 1964, a los 82 años de edad, mientras dormía en su casa de Cuernavaca. Aun muerto, un pago de viejos favores sirvió para que el presidente Gustavo Díaz Ordaz impusiera a Carlos Hank González como candidato único a la Gubernatura del Estado de México.

Cuando Peña Nieto terminó su periodo como gobernador, el 15 de septiembre de 2011, una misma familia de Atlacomulco había controlado por casi siete décadas la política y los recursos del Estado de México. Los apellidos Fabela, Del Mazo, Vélez, Sánchez, Colín, Montiel y Peña habían dado a la entidad seis gobernadores; siete, si se toma en cuenta al hijo adoptivo, Hank González.

A partir del 14 de enero de 2005 sucedió lo que toca en estos casos: los priistas oficiosos le armaron a Peña una biografía edulcorada de príncipe azul tomando como base el fabelismo. En los días y semanas posteriores, los electores mexiquenses, susceptibles de convencimiento, controlados siempre por el PRI, acogieron con entusiasmo el ascenso del nuevo “mesías” que los llevaría a la tierra prometida por Francisca Castro Montiel: la Presidencia de la República.

Para llegar al poder, Peña necesitó sólo un empujoncito, es decir, hacerse visible a través de un currículo. Así, en el sexenio de Montiel (1999-2005), escaló posiciones en forma vertiginosa. Desde los primeros años de la década de 1990, su tío lo llevó de la mano hasta la gubernatura, puesto elegido para Enrique desde antes de que iniciara su licenciatura en Derecho en la Universidad Panamericana y sus estudios de posgrado en el Instituto Tecnológico de Monterrey.

A partir de entonces, la vida de Peña transcurrió sin mayores acontecimientos ni complicaciones, si bien su carrera burocrática floreció en unos años: secretario particular del titular de la Secretaría de Desarrollo Económico de 1993 a 1998—los primeros años con Montiel y, a la renuncia de éste, con Carlos Rello Lara—; subsecretario de Desarrollo Político de la Secretaría General de Gobierno de septiembre de 1999 a marzo de 2000; integrante de los consejos de administración de diversos organismos públicos de marzo de 2000 a octubre de 2002; vicepresidente de la Junta de Gobierno del Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia del Estado de México (DIF) de marzo de 2000 a octubre de 2002; presidente del Consejo Directivo del Instituto de Seguridad Social del Estado de México y Municipios (ISSEMyM) de marzo de 2000 a octubre de 2002; y titular de la Secretaría de Administración, de marzo de 2000 a octubre de 2002.

Al principio de la campaña se hizo público que el joven Enrique alternó puestos burocráticos o de elección popular con otros partidistas para evitar todos los candados y otros obstáculos al llegar la hora de la sucesión, contando con el apoyo absoluto de Arturo Montiel, quien en octubre de 1991 fue designado presidente estatal de los priistas.

Con una agenda cuidadosamente elaborada para aprovechar los adelantos tecnológicos; es decir, a través de millonarios presupuestos destinados a los medios de comunicación, en particular Televisa y las revistas del corazón, Montiel heredó a su sobrino un imperio originalmente construido para él. La agenda montielista labró una imagen pública que convirtió a Peña en un showman, una celebridad que hizo de los acontecimientos de su vida privada un asunto de trascendencia política, como ocurrió con la muerte de su esposa Mónica en circunstancias muy sospechosas.

Con Arturo como operador político, y mientras salinistas y delmacistas —por Carlos Salinas de Gortari y Alfredo del Mazo González, el otro tío cercanísimo de Atlacomulco— recibían la encomienda de preparar la agenda y reunir fondos para una campaña presidencial que inició de inmediato en 2005, Enrique fue impuesto como candidato del PRI a la gubernatura mexiquense. Así, en 2011 no tuvo problemas para arrollar a su único rival en la lucha por la precandidatura presidencial priista: el senador sonorense Manlio Fabio Beltrones Rivera, quien, doblegado por una convocatoria amañada, se hizo a un lado “por voluntad propia”.

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