Control

* El México de Carlos Salinas, Maquiavelo mexicano como le dicen desde Francia, y Arturo Montiel se articula desde el comienzo oficial en la dictadura. Su estilo es tal que contagia. Los miembros del gabinete son iguales a ellos, quizás con menos estómago pero indudablemente con los mismos objetivos. El país les queda grande, como a tantos otros, pero éstos no disimulan que no les interesa. El Grupo Atlacomulco se ha comido todo, hasta el campeonato de futbol ha quedado en manos de la familia Hank, que lo presume como un logro histórico, lo cual debe ser cierto dado el historial de aquellos.

 

Miguel Alvarado

Toluca. Una persona violenta repetirá esquemas en cualquier actividad de su vida. En su casa golpeará y en su trabajo será déspota o desobligado. Si administra, impondrá sus condiciones al precio que sea y hará lo posible por sostenerlas. El bien común no le importa porque cree que no le reporta ningún beneficio inmediato. Busca, en ese entorno, satisfacer sus impulsos primarios y desarrolla complejos de inferioridad que a veces disfraza con actitudes de megalomanía. Nada le satisface e intenta demostrar, siempre, que posee habilidades, cualidades que no ha desarrollado. Si obtiene un trabajo donde deba mandar, recurrirá al único proceso que conoce.

El priista Enrique Peña es un hombre extraño. Superfluo, parece limitado en lo intelectual porque su preocupación por lo inmediato lo seduce hasta enceguecerlo. Siempre ha temido el qué dirán pero curiosamente siempre encuentra la manera de enredarse en los más inverosímiles problemas. No es bueno para los estudios pero eso no le impide desarrollar otras cualidades, como la memoria, con ayuda de la cual estandariza todo. Si hay un evento público, se toma la foto con los amigos. Si debe leer un discurso público, lo hace con el mismo acento para las buenas y malas noticias. Si lo entrevista Televisa, parece que hará una revelación determinante y posa igual que si estuviera en la Feria del Libro en Guadalajara.

Él no hace nada. Sólo aparece y trabaja como un hombre normal. Habla, firma, le toman fotos, viaja, hace que escucha. Queda claro que nadie puede gobernar solo pero el caso de Peña es extremo. Sólo está ahí para dar la cara.

Así, el México de Carlos Salinas, Maquiavelo mexicano como le dicen desde Francia, y Arturo Montiel se articula desde el comienzo oficial en la dictadura. Su estilo es tal que contagia. Los miembros del gabinete son iguales a ellos, quizás con menos estómago pero indudablemente con los mismos objetivos. El país les queda grande, como a tantos otros, pero éstos no disimulan que no les interesa. El Grupo Atlacomulco se ha comido todo, hasta el campeonato de futbol ha quedado en manos de la familia Hank, que lo presume como un logro histórico, lo cual debe ser cierto dado el historial de aquellos.

Antes del futbol, se atravesaba el primer día de Enrique Peña. Nadie que ha ganado en las urnas de manera legal debería tener miedo pero esto es México, gobernado por déspotas y vigilado por criminales, que se encargan, entre otras cosas, de ejecutar una limpieza social que lo mismo incluye grupos delictivos contrarios que personas con preferencias sexuales distintas. Y si eso es así, entonces cualquier oposición al régimen tendrá la calidad del homicidio. Así ha sido por años y esa costumbre ha terminado por escribirse en los códigos genéticos. Los pobres lo son porque no trabajan. Son sicarios porque son malos. Son contrarios porque son inconformes. Son ignorantes porque no quieren estudiar. No cumplen los roles sociales pero atacan comercios y hieren policías. Hasta cobran por ello y 300 pesos les basta para, en un día, convencer al país de algo que nadie sabe qué es pero que transita hacia el lado del terrorismo en su más burda e importada definición, de la injusticia que proviene de los jodidos, que no comprenden que deben hacerse a un lado y dejar hacer, dejar pasar. Televisa lo ha dicho. La radio lo ha dicho y las redes sociales se contradicen.

El primero de diciembre Enrique Peña llegó para quedarse, para poner su retrato en la sala de los mandamases e inscribir su nombre en los libros de texto. Pero nada más para eso está, porque en el reparto de las migajas que apenas comienza, los únicos favorecidos son los amigos de sus patrocinadores y eso hasta que los vientos cambien.

Peña llegó por la puerta grande. Él y su grupo, el de Atlacomulco, no esperaron ni un minuto para hacerse del control total de los poderes y, de paso, comenzar con un proceso de desgaste contra la oposición o lo que en este momento queda de ella. Peña, como en Atenco, supo con meses de anticipo lo que iba a pasar el primero de diciembre, así como sabe también que es el presidente más impopular de los últimos sexenios, que la mitad de la población no se limitará al abucheo en estadios. La otra mitad, por miedo, disciplina o porque cree que le debe algo al nuevo Ejecutivo, asiste como invitada de piedra al empoderamiento de los amigos del mexiquense, quien no tardará en ocupar a toda la pandilla en los cargos clave que le ofrece la simulada democracia del país.

Peña quiere convencer de que trabajará. No lo hará, al menos no para la ciudadanía. Lo hubiera hecho ya hace siete años, al frente del Estado de México, que ahora espera como hijo consentido los beneficios que su protector, nuevo patriarca, puede darle. Para el resto de las entidades, si las predicciones se cumplen, habrá menos recursos pero más recaudaciones.

Mientras, el destrozado centro de la Ciudad de México hace recuento de los daños y los 65 detenidos por enfrentamientos con la policía enfrentan sus condenas particulares. Algunos señalan, entre ellos el movimiento YoSoy 132, que quienes iniciaron la violencia son grupos pagados por el PRI desde la mañana del sábado primero. Que cobraron 300 pesos por montar un teatro sobre el enfrentamiento. Que tiraron parte del cerco de San Lázaro y corrieron dentro, pero luego, allí, fueron recibidos efusivamente por los policías, quienes hasta platicaron con ellos. Que policías disfrazados los esperaban en la avenida Juárez. Que fueron ellos los que iniciaron todo. Que los estudiantes tienen videos donde documentan agresiones contra ellos que, dicen, iba en paz. Y que otros medios y el gobierno del DF señalan a anarquistas como la Unión de la Juventud Revolucionaria de México o el Bloque Negro México como los culpables de los destrozos, que costarán mil 200 millones de pesos, quedó como anillo al dedo para el siguiente movimiento de la actual presidencia.

La firma del Pacto por México es, nada más, la prueba pública de la sumisión de los partidos políticos, entre cuyos encargos fundamentales está el de ser contrapesos del poder desde sus instituciones y las cámaras. Así, PAN y PRD acudieron y firmaron, disfrazados de demócratas, la entrega total del poder en México. Peña no es un caudillo. No puede serlo alguien de su estatura intelectual, aunque el país no necesita uno. Pero Carlos Salinas y Arturo Montiel son negociantes, comerciantes. Lo llevan en el corazón aunque el primero aventaja con mucho al tío presidencial. Así, mientras la clase media era testigo del vandalismo, por otro lado sopesaba el valor de una firma y cobraba los cheques de saliva que hasta el momento el PRI ha endosado sin mayores dificultades.  El Pacto prevé la discusión sobre el tema de Pemex y su paulatina privatización.

Los de la Unión de la Juventud Revolucionaria de México son de filia marxista-leninista y representan ante la sociedad el brazo juvenil del Partido Comunista de México, ya sin registro oficial. Tienen una página web y en ella expresan su punto de vista. Informan que hay 105 heridos y 92 de sus compañeros detenidos, de los que presentó una larga lista de nombres. De muertos, nadie habla aunque las fotos de un hombre con la cabeza estallada circulan en redes sociales.

Del Bloque Negro México, a quien el diario electrónico Reporte Índigo califica como insurgencia urbana y dice que desde Facebook ofrecía manuales para fabricar bombas Molotov, se sabe que es anarquista y que había anunciado una lucha activa para el primer día del sexenio de Peña. Otras dos organizaciones fueron señaladas por Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del DF, como responsables. El Ejército Popular Magonista de Liberación Nacional, Cruz Negra y Coordinadora Estudiantil Anarquista, cargan con las culpas. A los anarquistas, señalados para cuando hay petardos en bancos o comercios, ahora también se les involucra en una lucha que de armada no tiene nada y que condena a la muerte a quienes enfrentan a hombres  que esgrimen palos y piedras.

Pronto, los relatos de los detenidos fueron dados a conocer. “Entre las personas liberadas se encuentra la joven Ana Lilia Cancino, quien denunció abusos por parte de policías. Al salir de la Agencia 50 del Ministerio Público, Cancino relató que fue detenida en Eje Central, cuando caminaba por la acera. Explicó que ella cuestionaba a los elementos de Seguridad el motivo por el cual detenían a sus compañeros, porque aunque aceptó participar en la protesta, aseguró que no cometieron actos vandálicos.

“Estaban subiendo a la gente (a los camiones de granaderos) cuando yo me acerqué, un policía me dijo: ‘¿qué ves, puta? ¿quieres meterte?’.  Y yo vi a mi novio y vi a mi amiga, y (el policía) me agarró de cabello”, relató la joven, quien aseguró que sufrió vejaciones por parte de elementos de seguridad.

“Me empezaron a pegar entre muchos, mientras me pegaban en medio de la calle me tocaron los senos y me agarraron la parte genital, enfrente de todos, había mucha gente, la gente sólo te tomaba fotos, nadie hacía nada”, dijo luego de reunirse con sus familiares. Cancino aseguró que  al llegar a la Agencia 50 siempre fueron respetados y tratados de manera amable”, publicaba el diario electrónico SDP. Las redes aportaron, dos días después, a los autores intelectuales de los enfrentamientos. Todos perredistas o ligados a Morena, el nuevo partido de Obrador, se escribieron los nombres de Gerardo Fernández Noroña, López Obrador y Martí Batres y el propio Morena, a quien se le sataniza ya y se exige negarle registro como partido político. De paso, el IFE exculpa a Monex y Soriana de los presuntos fraudes cometidos en el proceso electoral que ganó el PRI.

Toluca aportó, como siempre, su acostumbrada dosis de apatía. Las secciones del 132 en la ciudad fueron efímeras flores dispuestas a cualquier marcha y desmadre, mientras no se necesitara de estudio, reflexión o apoyo real. Toluca, la ciudad donde Peña vivió los últimos siete años y testigo del futuro que le espera al país, decidió hacerse de la vista gorda. A fin de cuentas, es ahora el enclave nacional donde se negociará todo aunque su gobernador, Eruviel Ávila, tenga la difícil tarea de aceptar la pérdida absoluta de un poder que nunca llegó a ejercer plenamente. Ávila todavía es funcionario público, investidura que no impide que otro, Ernesto Nemer, asuma las funciones verdaderas.

En 2005, Peña presentaba su Plan de Desarrollo sexenal donde tomaba tres ejes fundamentales: la seguridad social, la seguridad económica y la seguridad pública. Ahora, repetidas las formas, el mexiquense presentó el Pacto y lo hizo firmar por políticos que no tienen representación ciudadana, pero que gustosos aplaudieron otros tres rubros: el Fortalecimiento del Estado Mexicano, la democratización de la economía y la política, así como la ampliación y aplicación eficaz de los derechos sociales y la participación de los ciudadanos como actores fundamentales en el diseño, la ejecución y la evaluación de las políticas públicas.

Si las condiciones se cumplen, México deberá recorrer el mismo camino que el Estado de México. Peña llegó fue recibido con violencia, provocada o espontánea. También se le encararon 20 ejecutados por el crimen organizado, un reclamo creciente por un aumento al IVA avizorado desde las campañas y tres retratos al óleo, de diversos tamaños, que encargó Felipe Calderón de él mismo, y que costaron 997 mil 600 pesos, que se pagaron con dinero público, pintados por Santiago Carbonell y Fermín Lugo Rhode Hartwing.

El 4 de diciembre, el único que no declaró nada sobre la llamada Batalla de San Lázaro fue el propio Peña. Su silencio no impidió, al menos, nuevas manifestaciones en su contra, esta vez aderezadas por la exigencia de la liberación de inocentes. Luego se sabría que el gobierno del DF asumirá el costo de los daños que sufrieron algunos comercios y bancos, no todos, por supuesto, y pagará con dinero público. El presidente sigue con su vida, tal como lo hizo cuando los enfrentamientos de San Salvador Atenco y tal como fue cuando era claro que había comprado a los simpatizantes que lo apoyaban en su campaña. Un desayuno con las fuerzas armadas garantiza a este hombre la fidelidad, al menos momentánea, de quienes controlan el parque.

Entre quienes se enfrentaron a la policía estaban los que creen que no hay otra manera de reclamar por las dictaduras, los oprobios y los agravios. Pero hijos todos del mismo sistema, sólo anuncian la posibilidad de otro 1968 en el marco de la llegada de más de 400 funcionarios mexiquenses al gobierno federal, como asegura el diario local Alfa, encabezados por Luis Miranda en la Subsecretaría de Gobernación, un tenebroso funcionario de Toluca al que todo le da lo mismo todo con tal cumplir los encargos de los superiores. Hasta el momento no les ha fallado.

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