Los primeros Golden

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz Jiménez

La historia oficial de Peña puede tener muchas lagunas, pero se puede afirmar que cuatro acontecimientos recientes y uno muy lejano, todos de trascendencia, marcaron su desarrollo político y lo encauzaron en la búsqueda de la Presidencia de la República. El primero fue el fracaso de Montiel en 2006. Éste gastó demasiado en los medios, sobre todo en televisión, pero descuidó a su más sólido rival interno: Roberto Madrazo, quien desde la presidencia nacional priista moldeó la convocatoria para erigirse como candidato en 2006.

Segundo, los mexiquenses conocían los errores de Montiel cometidos en su paso por la gubernatura. No sólo había acusaciones de corrupción personal y familiar que explotarían en Televisa, empresa a la que Montiel entregó fuertes sumas de dinero de las arcas estatales con tal de hacerse de imagen y capital político y, al mismo tiempo, labrar los de su sobrino.

El tercer acontecimiento fundamental, aunque misterioso, fue la inclusión de Enrique en la lista de líderes mundiales juveniles que, en febrero de 2007, hizo pública el Foro Económico de Davos. Esto colocó a Peña en otra dimensión, alimentó la esperanza y le dio el impulso definitivo. Fue como un banderazo de arranque. En esa misma relación, pero años antes, se había escrito el nombre del panista Felipe Calderón Hinojosa.

Davos es la tribuna habitual de los dueños del dinero y el poder. La directriz de las agendas del neoliberalismo se escribe aquí. Por esa razón, desde este lugar algunos políticos intentan derribar, cuando las hay, las barreras del empresariado. La inclusión de Enrique Peña Nieto en esta lista fue una clara señal para los priistas de que su candidato iba por el camino correcto. Tenía 40 años de edad.

El opulento escenario suizo, convertido durante los primeros meses de cada año en la capital de la globalización, ratificó a Peña en enero de 2008 como líder mundial juvenil. El atlacomulquense se presentó ante 27 jefes de Estado, al menos 113 ministros, mil 300 directivos de grandes empresas y 340 representantes de la sociedad civil. Mejor, imposible. El significado verdadero se notaría en los siguientes años. Lo atestiguaría el país entero.

En enero de 2008, gracias al presupuesto estatal, Enrique se encargó de probar a todos los políticos priistas mexiquenses su entronización. Mediante un desembolso de 60 mil dólares, viajó a Davos con una selecta comitiva: Luis Videgaray Caso, Gerardo Ruiz Esparza, Marcela Velasco, Laura Barrera y Enrique Jacob Rocha. Ellos representaban a cada uno de los más importantes subgrupos políticos del PRI del estado de México.

Era evidente que Peña estaba montado en una gran campaña mediática para mostrarse como un político moderno, con una imagen radicalmente opuesta a la de su antecesor en el gobierno mexiquense, Arturo Montiel. Atrás de él se notaba la firme presencia de otros personajes como los ex presidentes Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo —a través de su ex secretario particular Liébano Sáenz—, así como la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo Morales.

También se hacían esfuerzos de acercamiento y reconciliación con la familia Hank Rhon. La relación había quedado maltrecha desde diciembre de 2004, cuando el PRI mexiquense, entendiéndose éste como Montiel, obligó a Carlos Hank Rhon a renunciar a la búsqueda de la candidatura priista para gobernador, que al final se le entregó a Peña.

 

Los secretos del poder

 

La versión principesca que difunden los priistas mexiquenses y atrapa la imaginación de los nuevos simpatizantes y seguidores del presidente Peña tiene su contraparte: episodios negros, nunca desmentidos ni aclarados, cuyos efectos ocultos, de distinto tamaño e intensidad, hacen palidecer por el hecho de que cambiaron la historia mexiquense a partir del 5 de marzo de 1942.

No hay saña ni asombro. Aun si uno hace todo el esfuerzo por creer, los hechos ofrecen pocas razones para el júbilo, obligan a dar un giro inesperado y a ver la democracia reducida meramente a una materia teórica o literaria en salones de clase de alguna universidad.

Durante aquel mes de 1942 hubo quienes cuestionaron las medidas ilegales a las que recurrió el culto y refinado Isidro Fabela para imponerse como nuevo gobernador mexiquense y deshacerse de todos los funcionarios del gobierno anterior. Poco se dijo sobre la cacería de políticos emanados del Partido Socialista del Trabajo (PST), pilar para la creación del Partido Nacional Revolucionario (PNR), con todo y su círculo rojinegro.

Mucho menos se habló de la represión ejercida sobre estudiantes universitarios que repudiaron la forma en la que Fabela fue impuesto por el presidente Ávila Camacho, y veían “mano negra” en el asesinato del gobernador Alfredo Zárate Albarrán, los cuales fueron identificados, encarcelados y fichados.

Un análisis elaborado a partir de la composición del gabinete, así como de los cambios en la Legislatura local y en los cuadros del PRI estatal muestra que el fabelismo —entendido como familiares directos y un pequeño círculo de amigos de Atlacomulco y compadres— acaparó hasta 90 por ciento de los puestos de la alta burocracia política y administrativa.

Para evitar su declive y autodestrucción, Fabela aniquiló a la clase gobernante que surgió con los hermanos revolucionarios Abundio, Margarito y Filiberto Gómez Díaz, consolidados con el obregonismo y que, a través de su Grupo Toluca, habían controlado el estado de México por dos décadas. Al término de su mandato, en 1945, el nepotismo le dio la fuerza suficiente para llevar a la gubernatura a su sobrino Alfredo del Mazo Vélez —tesorero y secretario general de Gobierno en la administración fabelista—. El fabelismo se instauró como la base del llamado Grupo Atlacomulco, hasta 1969 cuando emergió plena la figura del profesor normalista Carlos Hank González.

Gracias a la corrupción pública —como se demostró en un estudio encargado en 1942 a los abogados Enrique García Campos, Eduardo Pallares y Germán Fernández del Castillo, especialistas en derecho constitucional—, el nepotismo, compadrazgo, compra de votos, control de la prensa, amiguismo, sumisión y simulación electoral, Fabela colocó los cimientos para garantizar que, en el futuro, el grupo político de su pueblo natal cumpliera con la profecía e impusiera al presidente de la República.

Si bien queda claro que el Grupo Atlacomulco—cuyos orígenes pueden rastrearse hasta finales del siglo XIX, cuando comenzaron a controlar todos los puestos públicos del ayuntamiento de Atlacomulco— nada tuvo que ver con el atentado que le costó la vida a Zárate Albarrán, el prestigioso Fabela se dejó seducir por el poder presidencial de Manuel Ávila Camacho, quien intentaba acallar cualquier duda sobre los trágicos sucesos de aquel marzo de 1942.

Para gobernar, Fabela utilizó la llamada “ley de compensaciones familiares” y se hizo acompañar en su administración por toda su parentela encabezada por sus sobrinos Alfredo y Antonio del Mazo Vélez, Alberto Vélez Martínez, Gabriel Alfaro, Enrique González Mercado, Rafael Suárez Ocaña, Roberto Barrios Castro —a quien encargó responder uno de sus informes anuales de trabajo—, Silvano Sánchez Colín, Maximino Montiel Olmos, Fidel Montiel Saldívar y Federico Nieto. Destaca este último por su estrecho vínculo con Enrique Peña Nieto, al igual que los Del Mazo.

Más claro, ni el agua: Fabela hizo de la gubernatura un negocio familiar muy rentable. Los apellidos relacionados con su familia conforman la aristocracia que, desde hace siete décadas, condimenta los presupuestos y nóminas del gobierno estatal, las diputaciones, escaños en el Senado, regidurías, presidencias municipales y, de cuando en cuando, alguna oficina de cualquier secretaría de Estado.

También fomentó la creación de un grupo de jóvenes políticos-guapos, cuyos alumnos más destacados fueron Alfredo del Mazo Vélez y el humilde profesor normalista Carlos Hank González. Ellos fueron los primeros Golden Boy’s, aunque el término se acuñó hasta 1999, iniciado el sexenio de Arturo Montiel Rojas.

Con un PRI descompuesto y viciado, Fabela se dedicó en 1944 y 1945 a preparar la candidatura de su sobrino Del Mazo Vélez. “Cuando en las postrimerías de 1944, Adolfo López Mateos, de 34 años de edad, tuvo la oportunidad de platicar con el gobernador Fabela para plantearle asuntos relativos al Instituto Científico y Literario Autónomo (ICLA), hoy Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex), consideró propicia la ocasión de insinuarle sus aspiraciones de gobernar el estado. El atlacomulquense entendió que el director del ICLA quería ser su sucesor y, sin más ni más, lo paró en seco, diciéndole que era comprensible su deseo, pero que él consideraba que aún estaba muy joven; que en esos momentos aún estaban vivas las actividades que había desarrollado en el movimiento vasconcelista, recomendándole finalmente que orientara su vocación de servicio al desarrollo de su municipio, Atizapán”, escribió Jorge Díaz Navarro, maestro de varias generaciones de periodistas en el Valle de Toluca, en su libro inédito, Feudalismo Político en el Estado de México.

La realidad era diferente, según confesó, en 1978 Salomón González Blanco, entonces gobernador de Chiapas, en una entrevista con Díaz Navarro: “López Mateos no pertenecía al grupo de don Isidro. Y, en cuanto a la recomendación que le hiciera de orientar su vocación de servicio a Atizapán de Zaragoza, conllevaba un vaho de discriminación”.

Como lo advierten algunos viejos periodistas mexiquenses: la intervención de Fabela, en las siguientes décadas del desarrollo político mexiquense, devino en el desmesurado enriquecimiento de ciertos grupos y sectores del valle de Toluca y Atlacomulco. Fue, a la vez, un desarrollo falso e inconsistente.

 

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