Paz sicaria

* Luvianos es un país dentro de México. Tiene sus propias leyes, sus propios caudillos y hasta sus guerras internas, como sucedió cuando el líder de la Familia se enojó a muerte con su hermano debido a que uno apoyaba al PRD y el otro al PRI. Son ellos quienes se encargan de que la gente vote y elija y en esas cuestiones ni siquiera ellos pueden jugar.

 

Miguel Alvarado

Doce niños gatilleros detenidos en Zacatecas. Once ejecutados en Ecatepec, seis de ellos comerciantes a quienes les robaron juguetes. Tres ajusticiados en Neza. Noé Hernández, ex atleta olímpico mexiquense, baleado en un bar, a consecuencia de lo cual perdió la vista. Cuarenta muertos en Guadalajara. Municipios enteros sin policías, como el de Marcos Castillejos en Michoacán, donde debido a la amenaza del narco los uniformados renunciaron en masa. Toques de queda declarados por sicarios. Veintidós asesinados en Guerrero y Nuevo León. Once muertos en Zacatecas luego de balaceras y persecuciones. Quinientos cincuenta muertos por nexos con el crimen organizado en la Tierra Caliente desde el 2006 mexiquense, son algunos de los números que la administración de Felipe Calderón heredó al priista Enrique Peña, quien comenzó su presidencia el primero de diciembre en medio de disturbios que todavía no se han aclarado totalmente y con un conteo, hasta el 3 de enero del 2013, de 989 ejecutados, número cercano al promedio del sexenio calderonista, que sin embargo en su primer mes coleccionaba 92.

Peña presentó el 17 de diciembre del 2012 su Plan de Seguridad Nacional, con el que pretende controlar un panorama que arroja 90 mil muertos, 250 mil desplazados por la violencia, 10 mil huérfanos, 15 mil cadáveres sin identificar y 6 mil desaparecidos desde el 2006. Ese proyecto, que se aplicará a partir de este año, contempla la creación de una gendarmería nacional, que contaría con 10 mil elementos, un mando único para las policías estatales y la búsqueda de personas desaparecidas, además de un fondo para víctimas, a pesar de una avanzadísima pero olvidada ley aprobada en el 2012 y la revaloración de los derechos humanos, entre las generalidades.

Como gobernador del Edomex, Peña tuvo oportunidad de establecer cualquiera de los puntos que ahora contiene su plan nacional. No lo hizo. La decidida participación de Peña en procesos electorales adelantados lo ubicó desde el 2006 en espacios públicos que desde entonces sabían quién competiría por el PRI para las presidenciales del 2012. Peña y el perredista Obrador se embarcaron así en un programa que no admitía vacilación. El priista, con más dinero y empujado por un resistente estómago resultó vencedor para ejercer en el cargo más cuestionado de México. La impronta que el peñismo dejó en la mitad de los electores todavía no encuentra su primera prueba de fuego. Hasta el momento no ha decepcionado pero tampoco ha encontrado un motivo para el reconocimiento. Por lo pronto, aumentos a los precios del gas doméstico y la canasta básica auguran un año cuesta arriba aunque en Toluca el empresariado se mantiene todavía en la resaca del nombramiento. Que los casi 500 funcionarios públicos que se llevó Peña a la Federación garantizan que la derrama económica para el Edomex y Toluca será enorme, nadie lo duda, pero que existan las condiciones de seguridad es otra cosa. El plan de la Federación es, al menos, llegar a un acuerdo con los cárteles que operan en el Estado de México.

La historia del narcotráfico en la entidad parece echar por tierra las mejores intenciones del mandatario. El fenómeno y su crecimiento alcanzaron los mayores registros a partir de las administraciones de Arturo Montiel y el propio Enrique. El narcotráfico encontró en Luvianos, un territorio al que Montiel hizo municipio, una sede propicia para la actividad y la transformó en una de las capitales nacionales de la droga, a la sombra de los poco menos de sus 10 mil habitantes.

Luvianos es el reflejo de la política de seguridad del tío de Peña, del actual gobernador mexiquense, Eruviel Ávila y del mismo presidente. Allí, el narco se ha asentado porque las autoridades lo permitieron. Omisiones y colaboraciones son lo mismo cuando se trata del sur mexiquense y su principal actividad económica. La vida es posible porque los pobladores se han adaptado a nuevas reglas y comercio. Conviven, codo a codo, con los líderes de esa plaza. Allí los niños van a la escuela, las autoridades municipales cumplen la rutina diaria y hasta los visitantes pueden quedarse, si se portan bien.

La importancia geográfica de Luvianos es el principal atractivo para el narco. Es un pueblo con decenas de salidas, muchas de las cuales desembocan en la Sierra de Nanchititla, que ocupa 67 mil hectáreas de bosques y montaña, prácticamente impenetrable para quienes no las conozcan. Allí, en cuevas y cañadas, los miembros de los cárteles esperan que las patrullas militares o la ocasional policía federal termine operativos y rondines. Por la comida no se preocupan, algunos pobladores se encargan del abasto y la información.  La sierra también procura escondrijos para mercancías y armas.

La cabecera municipal era gobernada, hasta el trienio pasado, por el PRD, quien postuló a Zeferino Cabrera para la alcaldía. Médico cirujano, se autocalificaba como humanista y servidor a favor de todos. Con amplia experiencia en la política que se practica en aquella región, porque ha sido alcalde de Otzoloapan y diputado local, fue capaz de conciliar intereses y cogobernar con quienes los habitantes llaman “las verdaderas autoridades”. Los municipios de aquella región, entre ellos Tejupilco, Otzolopan, Zacazonapan, Amatepec y Tlatlaya han aprendido a la mala que no pueden tomar decisiones por sí mismos. Luvianos fue uno de los pocos municipios que presentó finanzas sanas. Pero eso no fue casualidad. El narcotráfico, “las verdaderas autoridades”, han intervenido en todo, hasta en el manejo de la administración y son ellos quienes pagan nóminas y hasta patrocinan obras públicas a cambio de mantener un punto de equilibrio.

Los narcos no se aparecieron así, de pronto. Hace menos de 20 años la Tierra Caliente mexiquense presentaba otro escenario donde la pobreza era el flagelo cotidiano. Expulsora de migrantes, la región sin embargo se sostenía con el envío de remesas y el trabajo en actividades agrícolas. Había, recuerdan algunos, dialers locales a los que todos conocían y trataba como a cualquier vecino. Distribuían droga en moderadas cantidades y ejercían el control de la actividad sin que mediaran fuereños. Llevaban la fiesta en paz y no se metían con el entorno social. Dejaban que cada quién hiciera su vida. Luego, aparecieron los Zetas, que ubicaron la población y su sierra milagrosa. Una crónica de la reportera Teresa Montaño para El Universal da cuenta que desde el 2008 los Zetas estaban en la región y atemorizaban a los pobladores. “Acá los levantones comenzaron hace como dos años, pero últimamente las balaceras no nos han dejado en paz”, señala Prudencia, quien asegura que la ejecución de Rodolfo Siles —lugarteniente de los Zetas de San Antonio El Rosario—, ocurrida hace unos 10 días, puso de cabeza a todos los sicarios, “andan desatados”, y Los Pelones de Arcelia, ahora buscan su turno. Después de que mataron a don Rodolfo, todos se fueron contra todos para vengar su muerte y total que no acaban de matarse”, decía una pobladora, dueña de una pequeña tienda en Tlatlaya.

Los Zetas cazaban a sus enemigos, limpiaban la zona y si entre ellos estaban inocentes, no les importaba demasiado. Pero no fueron los únicos en ver las posibilidades de la región. Junto con ellos aparecieron los Pelones, por el lado de Arcelia, en el estado de Guerrero, aunque pronto fueron expulsados en batallas donde el número de muertos declaraba al ganador.

Pronto, los Zetas dominaron el territorio. El siguiente paso era controlar a los habitantes e implementaron una estrategia de terror basada en el secuestro y la extorsión. No perdonaron a nadie y sumieron a la región en el miedo. Poco después otro cártel aparecía en la escena, llegado de Michoacán y que exterminó la ansiedad Zeta en dos cruentos enfrentamientos con más de 60 muertos pero que finalmente permitió a La Familia el control absoluto del lugar.

Así, nombres como el de Ranferi González y Osiel Jaramillo encontraron luz pública luego de ser ejecutados. Albert González, hermano de Ranferi, cayó preso ese mismo año, el 2008, en Xalapa, Veracruz. Apodado El Tigre, comandaba a los Zetas en Veracruz, pero también en Luvianos. El Tigre se hizo famoso cuando una fotografía fue publicada en diversos medios del Edomex mostrando al ex líder magisterial estatal y diputado local, Fernando Zamora, montando un caballo con un rifle AK-47 en un rancho propiedad del líder Zeta.

Otro pariente de Ranferi, su hijo, fue secuestrado y a la fecha nadie sabe qué fue de él. El comando que lo sustrajo ni siquiera esperó a que terminara el velorio de su padre y allí mismo lo levantaron “para tener garantía de seguridad”.

El segundo de los enfrentamientos fue el más macabro. El 2 de julio del 2012 las autoridades estatales informaban que un convoy de la Secretaría de Seguridad Ciudadana había sido atacado por sicarios cuando realizaba patrullaje “sobre la carretera El Arco Tingabato, aproximadamente a 500 metros del paraje denominado El Caballito, cerca de Otzoloapan”, decían los diarios locales. Allí, en el fragor de la balacera, era abatido el comandante Joaquín Rosales Salazar, jefe de la región IX adscrito al municipio de Valle de Bravo. El ataque fue repelido pero 4 elementos más resultaron heridos en un enfrentamiento en el que La Familia defendía su territorio de una nueva célula, los Caballeros Templarios, aparecidos prácticamente de la nada pero armados mejor que el ejército. En ese entonces el procurador de Justicia del Edomex era Alfredo Castillo Cervantes, de notoria fama porque había encabezado las investigaciones sobre la muerte de la niña Paulette Gebara en Huixquilucan, con desenlace tragicómico que le costó al gobierno estatal la burla nacional y un lugar en la historia de la corrupción judicial, en marzo del 2010.

Cervantes encabezó una conferencia de prensa donde explicó que Templarios y Familia se habían enfrentado en aquella carretera y los vecinos habían llamado a los policías, que valientemente acudieron para alejar a los rivales y que fue entonces cuando a Rosales lo acribillaron.

La versión se dio por buena, pues era oficial y el propio procurador la había explicado. Pero los habitantes de Luvianos supieron ese día que la administración estatal no haría nada por combatir el crimen y confirmaban lo que ellos mismos atestiguaban. La versión de los pobladores contradice de lleno a Cervantes, hoy integrado al equipo presidencial de Peña Nieto y comienza por cuestionar las razones de que los policías de la SSC acudieran a un enfrentamiento que los condenaba a muerte porque eran menos, estaban pobremente armados y no sabía bien a bien la ubicación de los rijosos. Así, la versión popular reconstruye una llamada de auxilio por parte de los gatilleros de la Familia a la propia policía, ordenándoles acudir al paraje porque estaban bajo fuego enemigo. Los policías no tuvieron opción, debían obedecer porque así lo estipulaba el trato suscrito con el cártel michoacano. Y así lo hicieron. Llegaron y apoyaron pero la metralla era dura y les tocó a algunos, entre ellos al mencionado comandante. Sin embargo el apoyo funcionó y los Templarios se retiraron dejando tras de sí una estela de muertos que junto con los de los michoacanos sumaban más de 20.

Luego de reorganizarse, los de la Familia fueron por los cuerpos de los caídos, amigos y rivales, y los llevaron a la plaza de Luvianos. Allí los quemaron, en la pequeña plaza del lugar, a la vista de todos, como escarmiento para quienes estuvieran en relaciones con los rivales.

Si los de la Familia tratan un poco menos duro a los habitantes que los Zetas, al menos saben mantener el control y retribuir a quienes les pagan. Son vistos como protectores y la gente acude a ellos en busca de solución. Les piden de todo, previa tarifa, y esto incluye problemas personales, deudas con terceros y hasta el visto bueno para poner negocios y construir obras. Pero también intervienen para hacer funciones policiacas.

Algunos pobladores recuerdan que a un hombre del lugar le habían secuestrado a su esposa y que le pedían por ella un rescate por 2 millones de pesos. El hombre reclamó al líder de la Familia, pues ya le cobraban protección y creía que era injusto el plagio, el rescate y además continuar pagando. El líder le dijo que ellos no habían sido, que había infiltrados que los habían suplantado, pero que ellos resolverían todo. Así fue. Días después la esposa era rescatada y los aventureros tomados prisioneros. Fueron ejecutados y sus cuerpos, seis, colocados en todas las entradas de Luvianos, donde permanecieron por días en una picota a modo de advertencia. El macabro mensaje fue entendido por extraños y propios, aunque estos últimos no tenían necesidad de tales ejemplos porque son obligados a respetar la Ley de la Tabla, que implica un toque efectivo desde las 7 de la noche, la prohibición de bares y burdeles y escándalos en la vía pública. Quien rompe el código es tableado por los narcos, erigidos en vigilantes policías. El que lo hace dos veces, es expulsado del territorio y si vuelve es ejecutado. La paz, si se puede definir así, está garantizada en aquellas calles.

El líder de la Familia tiene fama de invencible y de pacto con la Virgen de Guadalupe o el diablo, pues para el caso ambos funcionan a la perfección. Nadie sabe o nadie quiere decir cómo se llama en realidad, pero indican que es fuereño y no rebasa los 35 años. Son emblemáticos los escapes de la muerte que ha protagonizado y al menos dos de ellos son recordados con pelos y señales. En el primero, sabedor de que un grupo rival le tendería una trampa, envió a otro en la camioneta que usualmente ocupaba para trasladarse a una reunión. Él se subió a otra, destartalada y casi desahuciada, y circuló como pudo detrás de las trocas, que le adelantaron inevitablemente. Kilómetros adelante, el líder de la Familia detenía su camionetita en un paraje donde las camionetas de avanzada estaban destrozadas y ardían sin control. Los hombres estaban muertos o heridos. Muy discreto, aprovechó la soledad del paraje para avanzar y dejar atrás aquel convoy de la muerte cuyo sacrificio le había salvado la vida. Otra ocasión, un comando detuvo la camioneta de ese jefe y la acribilló. Cientos de casquillos se percutieron pero cuando los asesinos se acercaron para rematar al escurridizo, encontraron la cabina vacía. La sorpresa los paralizó por unos segundos, suficientes para que el baleado saliera de debajo de la camioneta, metralleta en mano, y acabara con los pistoleros.

Luvianos es un país dentro de México. Tiene sus propias leyes, sus propios caudillos y hasta sus guerras internas, como sucedió cuando el líder de la Familia se enojó a muerte con su hermano debido a que uno apoyaba al PRD y el otro al PRI. Son ellos quienes se encargan de que la gente vote y elija y en esas cuestiones ni siquiera ellos pueden jugar. El enojo se transformó en furia, que derivó en una ruptura absoluta e irreparable. El hermano tomó sus cosas y sus hombres y se marchó de Luvianos sólo para volver, tiempo después, al frente de los Guerreros Unidos, que tomaron parte de la Sierra de Nanchititla y ahora disputan el lugar a los de la Familia. Fue el hermano, aseguran, quien tendió las trampas mortales que fallaron.

La vida en Luvianos sigue. Fiestas y jolgorios transcurren con relativa normalidad y el Año Nuevo es celebrado católicamente. Pero ni siquiera la paz sicaria alcanza para todos. El recibimiento que se preparó para el nuevo presidente municipal incluyó una lluvia de balas. Advertencia o intento fallido, no se sabe, pero el primero de noviembre del 2012, la camioneta en la que viajaba José Benítez Benítez, nuevo alcalde perredista de Luvianos, era baleada en Caja de Agua, el emblemático paraje donde matanzas de proporciones dantescas se perpetran regularmente. Benítez salvó la vida. Por ahora.

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