“Las patronas” de La Bestia

* En el albergue La Esperanza, a sólo unos metros de las vías, todos los días se cuecen en el fogón 45 kilos de arroz y 15 de frijol. En un día normal “Las patronas” distribuyen hasta 200 bolsas de comida, que además de arroz y frijol, llevan tortillas, pan, galletas y agua. También avientan unas 100 latas de atún.

 

Flavia Morales/ Cimacnoticias/ Ayudahumanitarialaspatronas.blogspot.com

Amatlán, Veracruz. Cuando el silbato de “La Bestia” suena, las mujeres del albergue La Esperanza, en la localidad La Patrona de este municipio veracruzano, se aprestan a distribuir alimentos a las y los cientos de migrantes que viajan a bordo del tren de carga proveniente de Chiapas en dirección al norte de México.

Son al menos 25 mujeres, conocidas como “Las patronas” y encabezadas por Norma, quien inició esta labor hace 17 años, cuando ella apenas tenía 23.

Con carretas llenas de cazos de comida, Norma, Toña, Julia, Victoria y Karla, entre otras, se forman en fila al lado de las vías del ferrocarril, lanzan bolsas de comida y en menos de 10 minutos reparten “lonches” de supervivencia a las y los migrantes que viajan en el techo de “La Bestia”.

En el albergue La Esperanza, a sólo unos metros de las vías, todos los días se cuecen en el fogón 45 kilos de arroz y 15 de frijol. En un día normal “Las patronas” distribuyen hasta 200 bolsas de comida, que además de arroz y frijol, llevan tortillas, pan, galletas y agua. También avientan unas 100 latas de atún.

La entrada al albergue de La Patrona es austera y tiene un gran patio de tierra. Es un jacal detenido por apenas cuatro palos endebles; bajo él hay todo el tiempo una enorme olla de frijoles.

Las mujeres ya conocen los horarios del tren. A veces puede pasar hasta tres veces al día cargado con entre 400 y mil 500 migrantes. En ocasiones, “La Bestia” llega a gran velocidad y ellas apenas alcanzan a repartir unas cuantas bolsas de comida.

Para las y los miles de migrantes centroamericanos que cruzan México rumbo a Estados Unidos, la parada del tren en La Patrona es un alivio, quizá el único lugar donde puedan probar alimentos en varios días de trayecto.

Norma explica que las mujeres de La Esperanza se coordinan con otros albergues ubicados en la ruta del tren, para saber cuántos migrantes vendrán y así programar la cantidad de bolsas de comida.

A Norma se le conoce como “La Patrona”. Ella reconoce que la tarea ha sido difícil porque además de la comida, ahora cuentan con un pequeño albergue donde atienden a las y los migrantes en tránsito, muchas de ellas niñas y mujeres, lastimadas física y emocionalmente.

“Nos llegan enfermos, cansados y hay que tocar puertas de hospitales, de médicos, conseguir el medicamento y sobre todo cuidar que no vayan a morir”, relata.

En 17 años de labor altruista, Norma ha vivido casi todo: “Nos ha tocado ver mutilaciones y golpes; el tren en movimiento es muy peligroso”.

Además del trabajo del comedor, las mujeres de La Patrona se han dedicado a concientizar a la población y al personal de los hospitales de la zona, y a organizar una red de información y ayuda con otros albergues de migrantes en el país.

 

El Cristo Negro

 

En 1996, junto con su madre Leonila Vásquez y sus hermanas, Norma comenzó a repartir a las y los migrantes “lonches” de arroz, frijol y tortillas.

Una madrugada de ese año, llegaron a la casa de Norma dos  mujeres a suplicar ayuda para un migrante hondureño herido de arma blanca durante una pelea por defender a su pareja.

“A esa hora, a las 12:30, que agarro la camioneta de mi marido y que me voy hasta donde estaba el hombre. Cuando llegué y me encontré con cientos de migrantes en medio de la noche, sentí miedo, pero luego agarré valor”, relata la mujer.

Varias personas bajaron del tren a un hombre de tez morena, con el torso desnudo y ensangrentado. “Cuando vi cómo lo bajaban se me figuró un Cristo negro. Era una señal de que ése era el camino”, dice Norma, una ferviente católica.

Días después del incidente, cuenta que una tarde mientras repartía comida, un migrante se le acercó para regalarle la efigie de un Cristo negro. “Me dijo que era en agradecimiento por salvarle la vida, y que estaba seguro de que si (el Cristo) se quedaba conmigo yo iba a ayudar a más gente”, cuenta.

El Cristo negro que ese migrante hondureño le regaló a Norma está ahora en el altar central del albergue, y significa para la activista “un recordatorio permanente del sufrimiento y la necesidad de cientos de mujeres y hombres migrantes”.

Cuando Norma comenzó a organizarse con otras mujeres del pueblo para ayudar a las y los migrantes, fue mal vista por apoyar a “delincuentes”. “Sabíamos que nos podían acusar de traficantes, de cometer un delito, pero la necesidad era tanta, tan evidente, que hacía imposible no mirarla”.

 

Banco de datos

 

Ni las historias de dolor e injustica, ni las bandas del crimen organizado dedicadas al tráfico de mujeres y niñas, han detenido a estas mujeres.

Ellas tuvieron que aprender la Ley de Migración, la Constitución y los pasos a seguir para interponer una queja ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

“En el tren van niñas, niños, bebés, mujeres embarazadas; hemos visto niños de 10 años viajando solos, a veces va toda la familia. Duele ver un tren hasta con 400 personas, muchas son niñas de 14 años”, narra Norma.

Abunda: “la mayoría de las historias son trágicas. Hace poco nos trajeron a un migrante de nombre Jesús que perdió sus dos piernas. Él estaba trabajando en Sonora y se regresó a Honduras a visitar a su madre enferma. De regreso a México por falta de dinero, volvió en tren y tuvo un accidente. Lo tuvimos tres días en coma en el Hospital de Yanga”.

Norma cuenta que también ha habido casos de migrantes muertos y en esos procedimientos se solicitan los restos, se practican los estudios de ADN, y se inhuman en el panteón de la comunidad.

Las mujeres de La Patrona han organizado un austero, pero efectivo banco de datos, toman fotografías y datos de los migrantes que pasan por la zona. Solo en 2012 llevan un registro de 800 personas, que han pernoctado en el albergue, y que quizá sea una pista o esperanza para las madres y familiares en caso de una tragedia.

Norma cuenta que a través de una red de ayuda con empresarios de la región, gobierno y organizaciones civiles se logra recaudar comida y fondos para el mantenimiento del albergue.

“Si cada quien jala por su lado esto no funciona, no se trata de pelear ni desmostar quién es más fuerte, sino unirse, poner nuestro granito de arena cada uno desde su trinchera”.

A sus casi 40 años se dice feliz y con proyectos e ideas para ayudar y formar nuevos grupos y generaciones de jóvenes de apoyo a las y los migrantes.

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