La obsesión

* Escribió Negocios de Familia y Tierra Narca, dos libros que revelaron las componendas del poder en el Estado de México, el primero entre políticos que creen que los gobiernos se heredan y el segundo sobre los arreglos entre esa misma clase y el narcotráfico, brazo armado de quienes, dicen, nacieron para gobernar. Francisco Cruz, periodista de Metepec, en el Estado de México, documenta ahora al equipo que ayudó al priista Enrique Peña a obtener la presidencia del país. Su libro, Los Golden Boy’s, editado por Planeta, es imprescindible para entender cómo un personaje como el sobrino de Arturo Montiel gobierna a 115 millones de habitantes sin haber leído –dicen los malos oídos- un solo libro, entre otras cosas. Con permiso del autor, este espacio publicará semanalmente un extracto de aquella investigación.

 

Francisco Cruz Jiménez

Nada se dejó al azar, Isidro Fabela también recurrió a la “ley del más fuerte”, mejor conocida como la “ley de conveniencia”, desde donde perpetró alianzas oscuras con personajes como el poderoso secretario general de la Confederación de Trabajadores de México (CTM), Fidel Velázquez Sánchez, oriundo de este estado. Los acuerdos secretos con este personaje abrieron las puertas para imponer, en 1981, a Alfredo del Mazo González —tío de Peña— como gobernador mexiquense.

Acosado por las sombras del asesinato de Zárate Albarrán, la violación a las constituciones federal y local, así como la ilegalidad de su nombramiento y obligado a sofocar cualquier tipo de descontento ciudadano protesta pública que se presentara, Isidro Fabela también hizo alianzas con las camarillas del poder eclesial. Llegado el momento, la tarea de la cúpula religiosa sería deslegitimar cualquier movimiento opositor que osara cuestionar la llegada de Fabela.

Por esa razón, pactó con un paisano muy poderoso; uno de los pocos mexicanos con derecho de picaporte ante Dios: José Luis Maximino Bernardo Ruiz y Flores, un atlacomulquense conocido a secas como su Excelencia Ilustrísima Maximino Ruiz y Flores, arzobispo interino y tres veces obispo —de Chiapas, Derbe, en antigua Asia Menor, y auxiliar de la Ciudad de México—, rector del Seminario conciliar de México, gobernador de la Curia metropolitana —la arquidiócesis más importante del país—, arcediano de la Catedral metropolitana, director general de la Adoración nocturna mexicana, canónigo penitenciario de la Basílica de Guadalupe y seguidor ferviente de la teología dogmática.

Según sus biógrafos y documentos de la iglesia Católica, el 30 de noviembre de 1901 Ruiz y Flores —que no tenía parentesco con el obispo queretano Leopoldo Ruiz y Flores, también nuncio apostólico— obtuvo la distinción de ser el primer joven diácono a quien la Pontificia Universidad Mexicana condecoró con el capelo y borla de doctor en Teología sagrada. Y, un mes y medio más tarde, recibió las órdenes sacerdotales de manos del ilustrísimo doctor Próspero María Alarcón Sánchez de la Barquera.

Por la influencia de este religioso, la iglesia guardó un profundo silencio sobre el asesinato del gobernador Alfredo Zárate Albarrán, permaneció fiel al sistema y honró el arribo de una nueva élite: la gran familia atlacomulquense, encabezada por el diplomático y humanista Isidro Fabela Alfaro, circunstancia que dio tiempo a Maximino para fundar la obra de difusión del santo evangelio en la Arquidiócesis de México y convertirse en socio honorario de la Academia Mexicana de Santa María de Guadalupe —causa que luego abrazó, el ahora santo, José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei—.

Ruiz y Flores tenía muchas ambiciones y cualidades ocultas: era considerado un prelado de extrema derecha que, en 1915, aceptó, suscribió y promovió la creación de la Unión Católica Mexicana (U), una sociedad secreta de la iglesia, responsable de organizar a sus fieles seguidores para apoderarse del país, fundada por el cura Luis María Martínez, canónigo de Morelia, trigésimo segundo sucesor de Fray Juan de Zumárraga y custodio de la venerada imagen de la Virgen de Guadalupe del Tepeyac.

Convertida en una fuente real de poder bajo una concepción político-religiosa para enfrentar al Estado y “defenderse” de los revolucionarios, la U controló —de 1920 a 1925, según los estudiosos del tema— a todas las organizaciones católicas “civiles”, entre las que destacan los Caballeros de Colón, las Damas Católicas, la Asociación Nacional de Padres de Familia, el Centro Asociación de Jóvenes católicos mexicanos, la Soberana orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalén, la de Rodas y la de Malta, cuyos pactos de silencio eran sellados con sangre.

Al margen de su bien ganado prestigio como revolucionario, carrancista y diplomático, Isidro Fabela también tenía sus cualidades secretas de las que muy pocos se atreven a comentar: en su momento vio con buenos ojos el movimiento fascista que Adolfo Hitler encabezaba en Alemania. Con esos antecedentes, aquella alianza fue parecida a un acto de complicidad. Fabela le dio a la iglesia Católica el acceso que reclamaba al poder y su Ilustrísima lo tomó.

Con todo lo que significó este pacto, Fabela también fue el primero en hacer negocios al amparo del poder. No sólo se hizo de empresas para acaparar la obra pública en su gobierno y abusó de su prestigio para conseguirle contratos de obra pública a uno de sus hijos adoptivos —Daniel Fabela Eisseman—, sino que preparó e introdujo en esas componendas a Hank González.

Con el ascenso de Fabela, el primero de los seis gobernadores que daría esa tierra del norte del estado de México hasta 2005 —le seguirían Del Mazo Vélez, al que impuso en 1945, Salvador Sánchez Colín (1951-1957), Alfredo del Mazo González (1981-1986) y Arturo Montiel Rojas (1999-2005)—, nació una nueva familia real mexiquense, en la que la lealtad se confundió con sumisión y complicidad.

Se trata de una élite política que “cimenta la creencia en una dinastía hereditaria”, “convirtió en principio político básico la lealtad” e “hizo de la unidad el principio fundamental de su defensa frente a la élite nacional”, advierte el periodista Rogelio Hernández Rodríguez, en su tesis doctoral Amistades, compromisos y lealtades: líderes y grupos políticos del Estado de México 1942-1993, publicada por El Colegio de México en 1998.

Hernández también destaca en su investigación la extraña solicitud de Fabela para adquirir algunos terrenos en los que estaba interesado, negocio por el cual Hank González recibió 100 mil pesos: “[…] por la pormenorizada respuesta de Hank, se advierte claramente que, al margen de la habilidad profesional de Fabela como abogado, el beneficio económico previsto dependía de las relaciones que Fabela y, en su caso, Hank tenían con funcionarios de alto nivel —del gobierno federal— oriundos del estado. […] Seguramente, como el mismo Fabela advierte en la carta, no había nada ilegal en los negocios, pero no hay duda de que el lugar privilegiado que ocupaban esos funcionarios facilitaba, con ventaja, la realización de los proyectos”.

Pragmático y simple, creyéndose destinatario del oráculo de doña Francisca Castro Montiel, en 1957 Alfredo del Mazo Vélez —ex tesorero estatal, ex secretario de Gobierno, ex gobernador, y sobrino de Isidro Fabela— se embarcó, desde la Secretaría de Recursos Hidráulicos, en una serie de maniobras muy adelantadas, por cierto, para ganar la candidatura presidencial del PRI.

Del Mazo Vélez se sintió el elegido desde que llegó a la gubernatura mexiquense en septiembre de 1945. No perdió tiempo, rompió casi de inmediato con su pariente Fabela —que no con la escuela fabelista—. Esta ruptura desató una tormenta política, pero Del Mazo ya había probado las dulzuras del poder. Por la libre, se sumó a la candidatura presidencial del veracruzano Miguel Alemán Valdés y se granjeó su amistad.

Abiertas sus ambiciones, en 1951 intentó meterse en los ánimos sucesorios de su “amigo” el presidente Alemán. Arisca y seductora, la candidatura presidencial priista le jugó su primera mala pasada, porque Alemán se la entregó en 1952 al parco, siempre zorro y también veracruzano Adolfo Tomás Ruiz Cortines.

Considerado desde 1946 un alemanista puro, Del Mazo jugó mal. Pasada la tormenta, como premio a su lealtad y a su silencio sumiso para aceptar las reglas priistas del juego sucesorio, fue enviado al Senado. Apoltronado en su escaño legislativo, aguantó paciente los seis años siguientes. Al término de su encomienda, en 1958, el presidente Adolfo López Mateos lo incorporó al gabinete como secretario de Recursos Hidráulicos, desde donde, lenta y soterradamente, concibió la construcción de su segunda fallida candidatura presidencial porque, esta vez, López Mateos se inclinó por el poblano Gustavo Díaz Ordaz.

Del Mazo nunca se recuperó. Enterado de la decisión y herido su orgullo, enfiló su auto rumbo a Toluca, de donde partió de inmediato hacia Atlacomulco para aliviar sus malquerencias presidenciales. Sobre la carretera México-Toluca, a la altura del kilómetro 45.2, volcó su auto. Según testimonios de la época, cayó en un estado depresivo permanente hasta su muerte el 19 de diciembre de 1975 en la ciudad de México.

La búsqueda de Alfredo del Mazo Vélez encarnó en una obsesión “familiar” y en ella fallaron su hijo Alfredo del Mazo González y Arturo Montiel Rojas. El primero, traicionado por su “hermano” el presidente Miguel de la Madrid Hurtado en 1988; y el segundo, obligado a renunciar a la precandidatura cuando su aliada Televisa exhibió algunos de los actos de corrupción del montielismo.

La obsesión de los políticos atlacomulquenses se prolongó hasta el primer domingo de julio de 2012. Con la fuerza de la costumbre, cobijado por la sombra de Montiel —“dinosaurio del periodo precámbrico”, como llama el periodista español Miguel Ángel Bastenier a la vieja guardia priista— a Enrique, lo hicieron entender que era el único heredero capaz para reconquistar el poder presidencial.

Echada a andar la maquinaria y mientras se reconstruía la historia oficial, entró en la dinámica la Televisa de Emilio Azcárraga Jean; luego, algunos empresarios y jerarcas de la iglesia Católica. En otras palabras y, como alertaron hacedores de opinión, en el tejido de las alianzas se involucraron fracciones de la burguesía yla oligarquía a quienes Peña les garantizó el respeto a sus inversiones y a sus proyectos establecidos en áreas estratégicas como la industria petrolera y la electricidad.

Peña Nieto es una incógnita ideológica. Nadie sabe si es de derecha o de izquierda o del centro; ni siquiera ha dado pauta para clasificarlo como un priista pragmático. Tampoco se le puede relacionar con la etiqueta del cacicazgo político peñanietista.

¿Quién conoce realmente a Peña Nieto? Muchos puntos permanecen oscuros. Sólo se sabe que la gente cercana a él es selecta, que en este grupo tiene un lugar importante la cúpula de la iglesia Católica. En ocasiones, da la impresión de que esas relaciones cuentan más que las partidistas. A sus allegados en la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), por ejemplo, les pidió ayuda para llegar hasta el Papa Benedicto XVI y conseguir la bendición a su matrimonio con “La Gaviota”. También a ellos recurrió para que el Vaticano declarara inexistente, por la vía rápida, el matrimonio de ésta con “El Güero Castro”.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s