El oscuro edén

* Probablemente la parte más gratificante de visitar el Matlazincas sea el mirador. Unido por un puente al resto de la formación rocosa, se crea una arcada por la que, con tino, pasa el camino que desciende. Y sí, hay una cruz. La irremediable manía de no querer ser olvidado se manifiesta. Un “Víctor te amo”, otro “Paty y Roberto, 2003”, el tag “Dember”… de alguna manera, no resultan tan desagradables porque son justificados por lo que la vista provoca.

 

Josué Arboleya

El Parque de los Matlazincas. Aquél olvidado y desprestigiado rincón paradójicamente situado a la vista de todos. El cliché geográfico por excelencia, apodado con aquel infame nombre que desde hace 2 mil años se le da a cualquier pequeña colina que se encuentre cerca de la ciudad. Lo cierto es que el trayecto ha de representar algún tipo de calvario para el transeúnte promedio o las ligeras pendientes empedradas que hay que caminar, o la mala suerte y pésima reputación que se ha granjeado como parque municipal no animan. Es clásica este tipo de reacción:

– ¿Vamos al Calvario?

– ¡No manches, ahí matan!

Los temores no son infundados, por supuesto. Un lamentable asesinato de dos estudiantes a las afueras del parque en el año 2009 acabó con la posibilidad de mejorar la reputación de dicho lugar. Como sea, las mareas del tiempo cambian y se mueven del mismo modo que lo hace la mancha urbana y sus habitantes. Hoy en día el parque sigue siendo tan modestamente visitado como de costumbre, lo cual es una fortuna en cierto modo, porque eso lo convierte, curiosamente, en el mejor cuidado de la ciudad. Ello, a pesar del universal grafiti que decora cada edificio que existe. El área de juegos infantiles es, por lógica, la más concurrida, las buenas personas nunca la abandonan. En la cúspide, la capilla. Por lo regular vacía o cerrada, aunque últimamente, dicen, se ofician las mejores bodas de las mejores familias… el asta bandera, la cual puede observarse desde casi cualquier punto de la ciudad, ondea tranquila.

Los senderos que no pertenecen al camino empedrado se encuentran, por lo general, desiertos. Es simplemente raro que se encuentren dos personas de frente. Pueden verse un par de jóvenes, haciendo jogging en la mañana, una parejita de manita sudada por la tarde, estudiantes de pinta y estudiantes a los que la cabeza del famoso presidente no les convenció para fumarse un buen churro. Pero no sólo está el ocio. Recientemente se han formado un grupo o dos de parkour, disciplina deportiva de moda que se distingue por sus saltos y movimientos acrobáticos y para los cuales el parque resulta ideal. Dato adicional: hay chicas bonitas en dicho grupo, lo cual resulta un aliciente y pretexto social bastante efectivo para estos chavos. Aunque si alguien tiene hijos y pretende que se concentren en una disciplina más enriquecedora, ahí están los boy scouts, que sorprendentemente se reúnen en el anfiteatro para hacer un frugal convivio. Ese anfiteatro, desde su inauguración, llegó a albergar muy pocas o ninguna de estas actividades. Baden Powell se encuentra mucho mejor aquí.

Las diversas construcciones que existen -más bien un pretexto, un capricho visual-, salvo los edificios administrativos, la capilla y los juegos, todos se encuentran prácticamente en desuso. Una especie de mini-kioscos de concreto con una mesa al centro y banquillos del mismo material se pueden apreciar en las partes más altas del cerro. Hay al menos 5 de ellos y los olores extraños e interminables garabatos hacen que aquellos que se precien de ser personas decentes les huyan. Hay baños públicos abandonados a su suerte en la parte posterior del cerro, en idéntico estado. Cerca del anfiteatro, hay un “algo” de inteligible forma, imposible su propósito original, tal vez un fuerte de defensa alemán como los que Rommel hizo construir a lo largo del Atlántico. Los bancos son de piedra oscura y tienen un estilo ciertamente peculiar, aunque igualmente vacíos, salvo escasas excepciones. Hay al menos cinco fuentes que, sin contar la de aquellos amenazantes jaguares, situados sobre la avenida Gómez Farías, yacen vacías o estancadas. Existe toda una generación completa sin verlas funcionar. Contraste paradójico con la excelentemente bien cuidada vegetación del lugar, césped bien cortado, flores abonadas, árboles de coníferas. Al menos se ha respetado y rescatado lo más importante.

El lugar no carece de historias, pues las anécdotas son ya, a estas alturas, predecibles. Acuartelados aquí por José María Oviedo, al menos 100 insurgentes compartirían ejecución sumaria al fracasar la ofensiva por tomar la ciudad, en la guerra de Independencia. Más o menos un siglo después, Gustavo Baz, presunto amante del campo, se escondería aquí perseguido por los esbirros de Venustiano Carranza. Según la leyenda, salvó su vida ingresando a una pequeña grieta conocida como (¡alerta de muletilla escrita!) la Cueva del Diablo. Nadie conoce su ubicación exacta y son muchos los que sostienen que fue sellada de algún modo. Dos grandes aberturas de piedra marrón, ennegrecidas por algún tipo de fogata, parecen ser las locaciones probables, pero ninguna grieta. Habría que entrevistar a los darketos jubilados, a los que, como es tradición, se les achacan rituales de tendencia ocultista en lugares así.

Probablemente la parte más gratificante de visitar el Matlazincas sea el mirador. Unido por un puente al resto de la formación rocosa, se crea una arcada por la que, con tino, pasa el camino que desciende. Y sí, hay una cruz. La irremediable manía de no querer ser olvidado se manifiesta. Un “Víctor te amo”, otro “Paty y Roberto, 2003”, el tag “Dember”… de alguna manera, no resultan tan desagradables porque son justificados por lo que la vista provoca. Toluca no es fea. Sólo atraviesa por una dolorosa e indefinida pubertad que hace que no pueda sacar lo mejor de sí. Los amontonados y desgastados edificios en el centro dan paso a calles más ordenadas, verdes y arboladas conforme se gira cabeza hacia la derecha. En el horizonte se contempla a su igual, el cerro de los Magueyes, en Metepec. Enfrente, en lontananza, una mancha plateada indica la presencia del aeropuerto internacional y más allá el monte de las Cruces, coronada con un rubor grisáceo que indica la presencia de la segunda ciudad más grande del mundo atrás de ella. Al sur, se es testigo de las disparidades sociales que sufren los habitantes de la Teresona, mosaico multicolor que baña cada vez más y más alto la sierra de Morelos. Detrás, el gemelo, el cerro de Ciudad Universitaria, hogar de la cabeza ya antes mencionada y al que el tiempo se encargó de homenajear como es debido, sometiéndola siempre a las inclemencias del tiempo. La imponente mole del Xinantécatl no se alcanza a distinguir porque los árboles le tapan, tal vez para no opacar con su presencia y gritar a los ojos que, en realidad, siempre subimos demasiado poco, incluso para admirar.

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