La sociedad de los filósofos perdidos

* Los zapatos simplones de uno estaba estáticos en el pavimento mientras su mirada se perdía. Su ropa adolescente ondeaba con el viento nocturno. La barba grisácea del otro rozaba en el pavimento, mientras su mano sostenía la coladera de metal. En su espalda, colgada con mecates delgados, una tela abrazaba láminas de plástico y cajas de cartón. Sus miradas se atravesaron. En cuanto la mirada del joven llegó al anciano, cerró la coladera y el reflejo de la luna en su barba se desvaneció. El joven lo siguió, abrió la coladera y se aventó. La obscuridad se adaptó a su presencia antes de que él se pudiera adaptar a los delgados rayos de luz artificial que caían por las coladeras de Pino Suárez.

 

 

Ricardo del Barco

 

Ahí estaban, bajo el opaco y sucio alumbrar de una luna oculta detrás de las nubes. Cruzaron miradas y el profundo sonido de la nada provocaba un ambiente sospechoso.

Los zapatos simplones de uno estaba estáticos en el pavimento mientras su mirada se perdía. Su ropa adolescente ondeaba con el viento nocturno.

La barba grisácea del otro rozaba en el pavimento, mientras su mano sostenía la coladera de metal. En su espalda, colgada con mecates delgados, una tela abrazaba láminas de plástico y cajas de cartón.

Sus miradas se atravesaron. En cuanto la mirada del joven llegó al anciano, cerró la coladera y el reflejo de la luna en su barba se desvaneció. El joven lo siguió, abrió la coladera y se aventó. La obscuridad se adaptó a su presencia antes de que él se pudiera adaptar a los delgados rayos de luz artificial que caían por las coladeras de Pino Suárez.

Volteó a ambos lados del túnel oscuro, esperando encontrarlo caminando, encorvado y con el tono de locura que aparentaba. El pestilente río de desechos lo atormentó y su curiosidad no fue suficiente para que sus pies buscaran al sujeto.

A la mañana siguiente despertó con una comezón extraña en el cráneo y un hedor a mierda en los zapatos.

– ¿A qué mierdas huele?- dijo su madre cuando por fin había salido de la habitación. Eran pasadas las dos de la tarde.

– A muchas- contestó el muchacho-. Necesito lavar esto- le dijo a su madre mientras ponía los zapatos simplones en el fregadero, detrás de la cocina. Salió de su casa buscando el valor que había perdido la noche anterior.

Caminó por la ciudad esperando encontrar la mirada que se escapó en la coladera. Y así decidió ir al mismo lugar que la noche anterior. Una vez que llegó estuvo esperando durante horas, observando la coladera de metal mientras veía arrastrarse un periódico por la banqueta.

La corcholata junto a su pie se volvió su cómplice. Los empaques vacíos, sus amigos. Los perros que pasaban, sus iguales. Durante horas, lo único que entró a la coladera fue polvo y basura, pero el caño jamás escupió al hombre que esperaba. Con los pies cansados y el rostro enrojecido por el sol, regresó a su hogar.

Descansó los ojos sin dormir, con su aliento de arrullo y sus pensamientos de almohada, con la ropa del día aún en su piel y la curiosidad todavía fresca en la frente. Lo despertó el recuerdo, así que salió de su casa a buscar una respuesta. Tomó dos bolsas de plástico antes de salir y las amarró a sus pies, encima de los tenis.

Cayó en el mismo lugar que dos noches antes. Las mismas luces caían sobre el río, que fluía velozmente.

Encontró ratas que corrían más rápido de lo que su cabeza podía girar, cauces de basura que no llegaban a ningún sitio, cascadas que llevaban todo a un nivel más abajo, pero el sujeto no se dignaba a aparecer. El eco de su caminar, envuelto en bolsas de plástico, se escuchaba recurrentemente a través de los hediondos túneles de la ciudad.

Recorrió lo que, según él, eran las calles principales. Pino Suárez, Tollocan, Las Torres encontrando la misma basura. Luego pasó a calles donde había visto vagos, Heriberto Enríquez, Ceboruco, Juan Álvarez. No se impresionó cuando las bolsas se rompieron, tampoco cuando las coladeras asomaban un amanecer repentino.

Sacó la cabeza en la siguiente coladera que pudo alcanzar. Ahí, afuera, el día pasaba normal en el paisaje citadino. Lentes de sol con la marca tatuada en las patas. Autobuses y carros, el aburrido hablar de las personas. Ahí, arriba de la mierda y abajo del humano, sus ojos se volvían pacientes. Ahí, de fisgón, se dio cuenta que las cosas que dejamos ir nos observan.

Las bolsas rotas que resguardaban sus tenis fueron desgarradas. Su pantalón fue jalado. Su camisa estirada. Su torso chocó en el suelo. Su cabello se mojó en el cauce de desechos. Sus pupilas se dilataron. Sus manos sudaron. Sus oídos escuchaban.

-Se queda- dijo el hombre que lo había jalado-. Te siguió, te encontró, me lo quedo- Espantada, la mirada del muchacho no sabía a cuál de los tres voltear.

– Está pálido- dijo el anciano que había visto tres noches antes.

-¿Qué hacemos?- preguntó mientras observaba a los otros dos.

-Esto no había pasado nunca- siguió diciendo, queriendo encontrar una solución al dilema del muchacho.

-¿Por qué me seguiste?- preguntó el hombre, observándolo profundamente. El miedo y la adrenalina desmayaron al joven.

Sus ojos trataron de abrirse cuando sintió que se movía a través de la cascada de mierda. Volvió a abrir los ojos, acostado en una cama, observado por quienes parecían copias de Platón, Sócrates y Aristóteles. Se sentó en la cama y giró la cabeza.

Del lado izquierdo, el suero conectado a su brazo, paredes blancas de hospital. Del lado derecho, un sillón aparentemente cómodo, sus observadores, una ventana. Al verlo sentarse, los observadores salieron de la habitación y lo dejaron solo. Antes de salir, el anciano que había causado todo se le acercó.

-No podemos dejar que te vayas- le dijo mientras señalaba la ventana con la cabeza.

Ya solo, caminó hacia la ventana. Ahí, impresionado, la rompió y se asomó. Millones de barbas grisáceas voltearon a él; lo observaban desde ventanas similares a donde estaba, desde habitaciones que formaban una estructura circular.

Volteó abajo para encontrar un abismo de desechos. Volteó arriba para encontrar una coladera con agujeros. Volteó a un segundo atrás, al “no podemos dejar que te vayas”.

 

* Licenciado en Comunicación y Medios Digitales en el ITESM Campus Toluca. Nací y vivo en Toluca. Tengo 19 años. En mis ratos libres leo y escribo. He publicado a través de la Universidad y he explorado la fotografía de cortometrajes. Consultor para un programa de televisión en línea.

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