Encuentro en Viena

* Las gélidas calles reciben con brutalidad a los indigentes mientras la segunda tanda lucha por ingresar al edificio. Cada uno toma su rumbo. Unos, a la estación de trenes. Otros, trastabillando, hasta cualquier albergue que se digne a recibirlos.

 

Hugo Arboleya

Corren los primeros años del siglo XX en la ciudad de Viena. El invierno ha recrudecido y las calles se encuentran cubiertas de nieve. El frío y el hambre se hacen verbo y carne entre los más desposeídos. Pareciera que el frío remueve algo primitivo en el corazón de los hombres, pues es exclusivamente en esta época del año cuando la mayoría de los comedores gratuitos abren. Los barrios cercanos al centro no son la excepción. Ancianos, niños y personas de mediana edad, principalmente, se apretujan tratando de crear algo de calor humano. Remojan, con deleite, el pedazo de pan duro en el caldo aguado cuyos guisantes se esconden en las profundidades. Pero nuestra atención se centra en una persona en particular. Un joven que parece estar más interesado en alimentar su cabeza que su estómago. De cuando en cuando lleva distraídamente la cuchara a la boca mientras continúa absorto en su libro de gastada tapa. El supervisor del comedor grita de repente.

– ¡Cinco minutos, desgraciados! ¡Cinco minutos!

El joven no se inmuta, a pesar de los tintineos en los platos, aunque tampoco parece hacerlo la chica que se encuentra frente a él. Tiene más o menos su misma edad, cabello desaliñado, ojos grandes y verdes, labios como una represa de risas. Viste con un largo abrigo y cachucha obrera. Su expresión sólo dice una cosa: embeleso. No sabe cómo, pero acaba de encontrar algo, que le atrae profundamente. No es atractivo, mucho menos apuesto pero la rudeza de las calles le han privado del cariño fundamental que requiere como mujer. Hay algo en esos ceñudos ojos, tal vez un pozo infinito de resolución y ambiciones… por lo demás es exactamente igual al resto de los pobres diablos que se encuentran ahí. Perfil bajo, enclenque, pálido e incipiente bigote, aunque parece mantenerse un poco más limpio que el resto. Los minutos transcurren y la joven se olvida de ingerirla sopa, lo único que hace es mirar a su prospecto idílico hasta que, casi sin advertirlo, la agarran por el cogote y le gritan brutalmente al oído.

– ¡Dije que ya es hora, perra!

El tiempo se ha escapado mientras soñaba. Frente a ella desparraman el preciado alimento que mantendría a su sistema digestivo un día más. El joven ceñudo del libro alza la vista aburrido, mientras sale del comedor junto con los demás. Contempla la escena con cierta indiferencia y entumecimiento, armas que le han templado y le han hecho seguir adelante. Él, al menos, solamente atraviesa por la peor racha de su vida, ella lleva años intentando sobrevivir.

Las gélidas calles reciben con brutalidad a los indigentes mientras la segunda tanda lucha por ingresar al edificio. Cada uno toma su rumbo. Unos, a la estación de trenes. Otros, trastabillando, hasta cualquier albergue que se digne a recibirlos. Los menos, como nuestro joven amigo, a un miserable y sucio cuarto que rentan por tres coronas al mes. La joven le sigue a discreción. Como es predecible, tras unas cuantas cuadras el tipo advierte su extraña mirada. Sí, es la de ella. Su pequeño y enjuto cuerpo parece esperar en la esquina. Se molesta. “Es una desgraciada. Una desgraciada que quiere pedirme alojamiento y que no entiende siquiera su propia situación ni la mía”. Se detiene. Pero ella no se mueve ni se acerca.

Le sonríe.

Y él se queda más frío que el mismo ambiente, tieso, pasmado. Por supuesto que la identifica de inmediato. Ella estaba en el comedor. Pero eso no es lo extraordinario. No recuerda cuándo fue la última vez que una mujer de su edad o hasta su madre, le sonriera. Y entonces los recuerdos vienen como un crescendo de chelos en una sinfonía de Wagner. Estefanía. El desfile, la flor, Estefanía. Las largas horas febriles en compañía de su amigo Kubicek. Estefanía. Los primeros planes para poner fin a todo su dolor. Las clases de baile a puerta cerrada. Estefanía.

Da dos pasos hacia atrás y se vuelve. Otra persona, sumida en su misma precariedad, habría interpretado aquella pura sonrisa como un pequeño rayo de luz, una señal de que, por más perdido que se pueda llegar a estar, todavía se conserva lo más caro y único del mundo. Pero no él. Simplemente no puede ser cierto. Voltea. Sigue ahí, sonriéndole como si nada. El corazón le da un vuelco, las pupilas se le dilatan, se encuentra horrorizado. Voltea al otro lado de la calle, no hay nadie detrás. Ella, tímidamente empieza a avanzar. La comisura de sus labios sigue dilatada. Trata de tranquilizar su conciencia. “Quiere un poco de alimento eso es todo”. Él ni siquiera sabe por qué sigue firmemente clavado en el suelo. Él, que desde la infancia luchó fieramente contra cualquier imposición. Y helo aquí, enfrentándose con aquel fantasma.

La situación le causa pánico. Apenas advierte que la joven ya está a mitad de camino. Inventa una excusa. Rebusca en sus bolsillos desesperadamente. Encuentra unas cuantas monedas. Tan pronto la chica se encuentra a dos palmos le extiende con brusquedad la mano.

A ese tajante gesto, como un rompeolas, se opone una risa clara y fluida.

– No es tu dinero lo que quiero, además lo necesitas.

Las palabras le caen tan heladas como las aguas del Danubio. Torvamente, él contesta.

– ¿Qué más podrías querer de mí, mujer? ¿Te quedaste con hambre, acaso? ¡Si el precio a pagar para que me dejes en paz es un poco de pan y leche, te suplico que tomes las monedas!

Nuevamente, la cristalina risa se abate apabullante sobre el verdadero desdichado, para el cual, por cierto, es demasiado. Su rostro enrojece, ha dejado de ser aquel profundo e interesante joven para convertirse en dos rendijas llenas de odio e ira injustificada.

– ¿Por qué demonios ríes tanto? ¿Qué no te das cuenta dónde estás? ¡Es inútil que trates de escapar de tu maldita realidad así! ¡Deja de seguirme!

Gira dramáticamente sobre sus talones, dando grandes zancadas. La joven ha enmudecido. Acaba de presenciar una de las metamorfosis más terribles jamás vistas. Por alguna razón se empieza a sentir mal. Aquella alegría natural que posee ha sido barrida de golpe y sin tacto alguno.

– ¡Sólo quería preguntar tu nombre, eso era todo!

No se toma molestias innecesarias, y con ello se va. Pero el libro que llevaba permanece en la nieve, frente a la muchacha, se le cayó mientras hacía valer su voluntad, es consciente de ello y no piensa volver por él. La chica, con manos temblorosas, lo recoge del suelo y lo abre. Una decena de hojas vuelan con el viento hacia su rostro. Atrapa una. Es inaceptable, una contradicción. Un dibujo del Palacio de Schönbrunn. Tiene que ser mentira. Alguien tan grosero no pudo haber sido autor de tal obra.

Firma como Adolfo Hitler.

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