La primera prueba

* Peña resolvió algunos casos del Edomex de las más inverosímiles maneras. A Paulette sus sabuesos la ubicaron entre el colchón y la cama de la niña, luego de días desaparecida y de que hasta las visitas durmieran en ese lecho. A las 922 muertas nadie les ha dado respuesta. A los líderes de Atenco les endilgaron más de 200 años de cárcel hasta que la Suprema Corte revocó el castigo. A los del sindicato independiente magisterial, SUMAEM, les negaron la toma de nota hasta que la Federación les recordó a los burócratas mexiquenses que estaban violando la ley. A los de San Antonio la Isla los metieron a la cárcel para que se pudiera tirar basura en sus socavones. Así, todos en paz, el Edomex avanzó e impulsó la candidatura presidencial de Peña a pesar de él mismo.

Miguel Alvarado

Toluca. Para el gobierno de Enrique Peña, la tragedia de Pemex ha sido tratada igual que los casos de San Salvador Atenco o los basurales de San Antonio la Isla, los 922 feminicidios sin resolver en territorio mexiquense, la muerte de la niña Paulette Gebara en Huixquilucan, hace tres años, o la toma de nota para un sindicato independiente magisterial en Toluca. Pemex es una explosión del tamaño de la capacidad del nuevo gobierno y de las taras y errores heredadas de los anteriores, por décadas. El sospechosismo es lo único seguro respecto a la torre siniestrada el 31 de enero del 2013. La cuenta de muertos abrió con 25, aunque para el 4 de febrero ya había doce más. Peña, siguiendo idéntico protocolo cuando le tocaban situaciones de riesgo en el Edomex, acudió presuroso y pálido al lugar de los hechos. Ordenó sobre cosas que no entendía y escuchó explicaciones que nunca quiso. Estuvo allí para los medios de comunicación y la foto, para las palabras de aliento y todo eso que en su entidad le dio resultados, pago previo de publicidades. Caminó con un casco puesto, junto al secretario de Gobernación, Miguel Osorio Chong, señalando al azar algunos restos amontonados mientras su funcionario asentía a cualquier comentario. Luego visitó a los hospitalizados y se solidarizó con ello. Cumplidos los compromisos, tomó dirección a Nayarit, el dos de febrero, para pasar el puente vacacional junto a su familia en un sitio llamado Punta Mita, luego de declarar luto nacional por tres días para el país. Estuvo poco en el hotel St. Regis, un complejo turístico de lujo con 120 suites. El deber olvidado lo llamó nuevamente, al menos para cumplir un poco con el decoro, mientras su equipo anunciaba el hallazgo de más cadáveres.

Pronto las redes sociales difundían otras versiones, pese a la recomendación, muy presidencial, de no partir de supuestos. Que no había ductos de gas en el sótano del Edificio B2, que los archivos con contratos de Pemex con empresas privadas estaban a salvo o que al menos se contaba con copias y que todo se trataba de un autoatentado para acelerar la venta de la paraestatal, sirvió como caldo de cultivo para la siguiente versión, que un mando de la Secretaría de Seguridad Pública difundió sin pudor: que una bomba había sido hallada entre los restos del edificio. Que hubo dos, una de las cuales estalló. Enseguida, hasta restos de C4, un explosivo plástico, fueron ubicados por ojos sin rostro pero que contrapunteaban el sigiloso proceder del gobierno peñista en la investigación. El arribo, luego de la explosión, de soldados y marinos armados antes que los servicios de rescate y paramédicos, alertó a los menos despiertos. La revista Proceso recabó una versión que indicaba que detrás del incidente se encontraban los Zetas.

Peña y sus administradores cerraron la puerta a la información. Su gobierno, el de la Transparencia, sólo ha podido reproducir los esquemas que se aplicaron en el Estado de México. Devuelto desde Nayarit, en un error político más, el presidente ha creado un vacío que no es tan fácil de controlar como los de Toluca. Incluso la atención internacional está pendiente de sus decisiones y algunos medios afirman que la explosión, atentado o no, favorece a la expectativa de venta que se propone para Pemex. Peña ha salido en público a desmentir tal hipótesis. Que Pemex no se vende es en realidad el menor de los problemas para él, y aquella transacción, que la habrá, se definirá en el tecnicismo de la alta burocracia. Los Zetas, sin embargo, no actúan así. Asesinan y secuestran pero todavía no se les ocurre poner bombas, hasta donde se sabe. La guerrilla en México ha sido asociada al narco por la inteligencia norteamericana, aunque aquello tampoco tiene confirmación. Una guerrilla “formalmente declarada” tampoco existe en el país, al menos en el ámbito de lo público. Pero si los gringos fueron capaces de sacrificar sus torres gemelas, cualquiera puede hacerlo con sus modestos rascacielos.

Desde el 31 de enero, los cielos de Toluca son surcados de manera constante por helicópteros del ejército. Los aterrizajes han sido varios, en el Parque Metropolitano de la ciudad, pero los avisos, ninguno, salvo que el gobernador Eruviel Ávila confirmó la presencia de soldados en algunos municipios, pero nada se sabe de las actividades militares en calles mexiquenses. Al mismo tiempo, la Procuraduría estatal confirmaba la detención de 18 asesinos involucrados en las matanzas que dejaron 12 descuartizados en las calles de la ciudad.

Peña resolvió algunos casos del Edomex de las más inverosímiles maneras. A Paulette sus sabuesos la ubicaron entre el colchón y la cama de la niña, luego de días desaparecida y de que hasta las visitas durmieran en ese lecho. A las 922 muertas nadie les ha dado respuesta. A los líderes de Atenco les endilgaron más de 200 años de cárcel hasta que la Suprema Corte revocó el castigo. A los del sindicato independiente magisterial, SUMAEM, les negaron la toma de nota hasta que la Federación les recordó a los burócratas mexiquenses que estaban violando la ley. A los de San Antonio la Isla los metieron a la cárcel para que se pudiera tirar basura en sus socavones. Así, todos en paz, el Edomex avanzó e impulsó la candidatura presidencial de Peña a pesar de él mismo.

La noche del 4 de febrero, Jesús Murillo Karam, procurador de Justicia, dio la versión esperada. Que debido a una acumulación de gas aquello había explotado. Hubo fuego, pero no tanto y que los pilotes cedieron porque son viejos. En medio de todo, se permitió hasta hacer chistes acerca de la maleta negra que contendría la segunda bomba: “lo único que encontramos en la maleta es lo más peligroso para el hombre: cosméticos de mujer”, lo que le valió la burla generalizada en las redes sociales.

La somera explicación provocó las más variadas réplicas. Una acumulación se produce cuando el gas no encuentra forma de salir de un recinto, pero que además se sigue acumulando. El gas, además, debió salir por fisuras y espacios del propio edificio. Las sencillas explicaciones provienen de ingenieros de la universidad estatal.

La tragedia de Pemex era la primera prueba de fuego para el gabinete de Peña Nieto, y que podía ubicarlo como un mandatario comprometido y sensible. Como siempre, las cosas le salieron al revés porque a su equipo le falta lo elemental para gobernar. Sin compromiso social y ético, los priistas navegan en proyectos personales que comienzan ya a afectar la vida de otros. No tiene ningún sentido esconder la verdad sobre Pemex.

En las últimas décadas, ningún inicio de sexenio había sido tan accidentado como el del priista Peña, quien de hecho sus primeros minutos como presidente los pasó en medio de enfrentamientos por el centro del DF. El sobrino de Arturo Montiel gobierna un país más que fragmentado. Sometido por la pobreza, la ignorancia y la violencia, México se presenta para el Grupo Atlacomulco como algo más que un ejemplo de la Teoría del Caos. Al borde de una revuelta social, Peña deberá tomar decisiones y encontrar formas de negociación y comunicación. Ha practicado la misma política durante toda su vida. Y eso es lo único que no está dispuesto a cambiar.

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