Personajes inhóspitos

* Vagabundos, artistas urbanos o hasta simples chiflados contribuyen, mediante su peculiar manera, a configurar el mapa social de la polis. Famosos sin fortuna, sin gloria y mucha pena.

 

Hugo Arboleya

Una ciudad es una novela perpetua.Toluca no es ninguna excepción. Como en la literatura, aparecen estos personajes que entran y salen de escena a su antojo. No necesitan de un papel protagónico, pues su función parece, por momentos, fundirse con la misma escenografía requerida para el momento. Simplemente están allí, el tiempo no pasa en ellos, la alteración de su imagen física es, por encima de todo, impensable. Estos vagabundos, artistas urbanos o hasta simples chiflados contribuyen, mediante su peculiar manera, a configurar el mapa social de la polis. Famosos sin fortuna, sin gloria y mucha pena.

El recorrido para encontrar a alguno es siempre el mismo, porque así es el entorno mismo. Basta con recorrer desde la calle principal de San Felipe Tlalmimilolpan hasta Rayón sur para comprobarlo. Hay que añadir que son personas rigurosamente puntuales y rutinarias. Comenzando por la localidad citada, el hombre puede ser avistado desde las siete de la mañana y hasta las 3 de la tarde sin moverse de su sitio, la empedrada calle Hidalgo, la calle de la Iglesia. La labor que realiza es idéntica a la de los llamados “viene-viene”. Hace las señas pertinentes e indica a los automovilistas cuándo deben detenerse para poder pasar por esos estrechos caminos. Lo hace con mucho gusto… y gratis. Debe estar plenamente consciente de que muy pocas personas le hacen caso, porque nunca ha exigido un solo centavo y nadie se ha molestado por dárselo. Incluso mantiene cierta distancia al momento de la verdad. No cambia su esquina por nada. Su piel es ya de un moreno costeño por tanto sol, aunque existen días en que, seguramente, hay alguien que le recomienda usar una gorra para llevar a cabo su labor altruista. Ignoro qué historia se esconde tras aquellas arrugadas y canosas facciones; aún recuerdo las palabras que alguien me dijo al observarlo. “¿Cómo es la necesidad de sentirse útil, no?”.

A tan sólo un kilómetro y medio de distancia tiene como base de operaciones otro sujeto con una singular estrategia de venta. En los semáforos que se encuentran frente a la Prepa 5, recorre infatigable los laberintos móviles ofreciendo su producto: bolígrafos de gel. “¡Plumas francesas! ¡Plumas francesas!” pregona. Si el virtual comprador hace un ademán negativo, entonces usa el humor. “También pintan en francés, ¿eh?”. El conductor soltará una breve risa o preguntará: “¡a poco!”, “¿pues cuánto?”. Responde que diez pesos y que son muy buenas. Lleva siempre un papel de muestra para que el comprador tenga la constancia de su calidad. No pierde el tiempo con un speech interminable. Porque así es la cosa, él también es una persona de la tercera edad. Hace algunos años, caminando por dichos rumbos fui, de manera voluntaria, a comprarle una pluma. Me llevé 3. Mientras revolvía en su cangurera para devolverme el cambio, me aseguró que antes era profesor de matemáticas y que aún daba asesorías a los chicos de la prepa que se iban a examen extraordinario. “Me ha ido mal, compadre; cuando quieras, por aquí estoy si necesitas regularización”. La verdad es que lamento haber llegado tarde para el anuncio… aunque no hubiera estado de más.

Manteniéndose en el tema de las ventas, si uno toma el camión que dice Centro en este mismo lugar, puede que tenga la suerte de encontrarse a un joven predicador. Se autodenomina como “un simple viajero que predica humildemente la palabra de Nuestro Señor”. Sí, hemos visto muchos de ellos. Pero éste tiene el atrevimiento de acompañar sus acordes en inglés, lo cual le da un mérito extra, ya que la mayoría de sus oyentes no tienen la más remota idea de lo que están escuchando y aún así la decencia de darle unas monedas. Pero a diferencia de los personajes ya expuestos, aquí hay una muletilla. Las palabras anglosajonas se pierden al momento del clásico rift hablado. “…Esta canción en realidad habla de una persona muy especial, una persona que vino hace dos mil años a traer el mensaje de paz y amor al mundo…”. “Ahhh, conque de éso se trataba”. En ese momento, súbitamente conmovidos, rebuscan en sus carteras. El chico pasa satisfecho a través de las hileras recaudando la colecta matinal. Antes de irse se despide y da las bendiciones. Sabe que las explicaciones con antelación y su propio idioma no le darían el mismo resultado.

En el corazón de Toluca podemos encontrar a otro guitarrista que sobresale mucho menos por su técnica, pero más por su espíritu. Incluso hay quienes lo confunden con el mismísimo nazareno. Los ojos azules, melena rizada e impresionante estatura hacen que destaque en todo lugar. Su desvencijado instrumento, su vida, le acompaña firmemente sostenido por su mano derecha, casi al ras del suelo. “Dios Lira”, le llaman algunos. Su base de operaciones es casi siempre Gran Plaza, donde se le ha visto compartiendo sus secretos musicales con los más jóvenes o ejecutando sus melodías en el puesto de quesadillas con algún camarada. Cuando está solo, parece ir siempre sin rumbo, con el andar monótono que le caracteriza. Desde Carranza hasta Morelos, hacia la Procuraduría y de regreso a Ciudad Universitaria. Al contrario que los vampiros, desaparece con la caída del sol al igual que su ronca voz al entonar una canción de los Beatles.

Hay quienes no son tan conocidos pero no por ello menos importantes, incluso algunas actividades se encuentran fuera de las necesidades cotidianas de la supervivencia. Así le sucede al que alguna vez se presentara como un presunto metafísico. Hablaba con desenvoltura, fe y dominio en su tema, de energías positivas, de auras malignas y su acento detonaba su origen regiomontano. Semblante pacífico, mejillas rojizas y, para variar, avanzada edad. Se dedicaba a vender ropa llevándola en una gran mochila negra la primera vez que le conocí. Hoy se lo puede ver pepenando en los botes de basura aledaños a la Catedral, llevando sus pertenencias en una gran bolsa de plástico. Me viene a la mente el famoso pasaje de Antoine Sant-Exupery. “Los adultos en definitiva, son gente muy extraña”.

La lista es interminable y podría ser material para un libro. El ya famoso don Porfirio, “El Señor de las Bestias”, que acaparó efímeramente una polémica respecto a su arresto. El “Pesito-pesito” de los Portales, dueño de un horrible destino ortopédico, que mueve hacia uno y otro lado su cabeza, condenado a repetir el mismo sonsonete una y otra vez. La Señora de la Alameda, que suelta improperios a diestra y siniestra por dirigirle una mirada. ¿Quién necesita ir a un circo cuando ya existe uno, móvil, didáctico, gratis y visual? El circo más realista que se pueda imaginar.

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