El Barco Ebrio

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La renuncia del papa Benedicto XVI a la nunciatura del Vaticano toca los corazones del México católico, que entiende muy bien lo que significa la figura de un “pope”. Más allá de eso, toca las fibras más profundas del Grupo Atlacomulco, ya instalado en Los Pinos y con Enrique Peña Nieto como líder visible, pues uno de sus miembros tiene una pequeña pero real posibilidad de despachar en Roma como el más poderoso.

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Los cargos de presidente o papa, antes los más respetados, han caído en la desgracia de la credibilidad debido al abuso del poder humano y divino. De cualquier forma, El Vaticano es uno de los estados más ricos del mundo y si desde allá atendiera un mexicano, la cosa se pondría mejor para los poderes fácticos.

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Este siervo de Dios se llama Florencio Armando Colín Cruz y es obispo auxiliar de México. Está emparentado con el mexiquense Juan Monroy Pérez, amigo íntimo de Arturo Montiel al menos por un tiempo, mientras le patrocinaba campañas y proyectos empresariales.

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Florencio ha tratado de guardar bajo perfil, pero en el México de hoy –y de siempre- la iglesia es una máquina de grilla capaz de cambiar los destinos de todo el país. Así, de vez en cuando la prensa nacional le dedica algunas líneas, como aquellas donde apenas recibía la instrucción que lo capacitaría como mejor obispo, el 14 de febrero del 2009. Ese curso, llamado cariñosamente “Baby Bishops”, le dio a Florencio capacidad para tratar con “medios de comunicación, liderazgo pastoral y administración de fondos”, en el corazón del Vaticano. Los encargados de la logística ese año fueron los Legionarios de Cristo, creación del fantástico padre Marcial Maciel y que formaron una poderosa escuadra con todo tipo de intereses bajo el lema de dar para recibir, dicen algunos de sus observadores. Colín Cruz fue nombrado obispo auxiliar en el 2008, por el propio Benedicto XVI.

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Que los Legionarios atendieran a aquellos aprendices de obispos no significa que tuvieran relación con ellos. Florencio nació en el caserío de Hondigá, en Acambay, Estado de México, el 27 de octubre de 1950. Su biografía oficial dice que es el tercer hijo del matrimonio formado por “Don Jesús Colín Colín y Doña Socorrito Cruz Gómez”, de ilustres apellidos atlacomulquenses. Barbado, de mirada apacible pero concentrada, Florencio convive cotidianamente con los jerarcas mexicanos. A veces ha tenido que atender asuntos menores, como congresos internacionales sobre exorcismo y posesión demoniaca que lo distraen de sus verdaderas obligaciones, casi todas políticas.

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El escrito Francisco Cruz, autor de La Biografía no autorizada de Enrique Peña Nieto, Tierra Narca y Los Golden Boy´s, apunta sobre Colín que “en la dimensión de locura en la que entró el Grupo Atlacomulco desde que se confirmó la imposición de Enrique Peña en la Presidencia de la República, hay convencimiento de que monseñor Colín Cruz es el elegido para sustituir a Rivera Carrera como arzobispo primado de México y cabeza de la iglesia católica mexicana. Futuristas ilusos o videntes precoces, priistas del Estado de México están convencidos de que, con el apoyo sólido del presidente Peña —y sus amistades en el Vaticano—, monseñor Colín Cruz tiene la posibilidad de erigirse en guía moral de todos los mexicanos, influir para que le otorgue la investidura de cardenal que ahora tiene Rivera Carrera y desde allí, iniciar una cruzada por el papado. Si es una mera vacilada o no, es cuestión de esperar, pero, como dicen los viejos atlacomulquenses, medio en broma y medio en serio: “Ya tenemos seis gobernadores, un presidente de la República, un puñado de obispos y estamos en camino de tener un cardenal. Sólo nos hace falta tener un dios propio, nuestro dios”.

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El Grupo Atlacomulco tiene una extraña fijación con la religión, en especial con la católica. Algunos de sus más celebrados militantes fueron educados para seguir el apostolado de Jesús, pero nada más no se les hizo. El camino político era lo suyo, en realidad y fue así como el propio padre del presidente, Enrique Peña del Mazo, probó suerte al igual que el tío, Arturo Montiel y el mismo Juan Monroy Pérez. Peña Nieto quería ser sacerdote, revela también el libro “Las mujeres de Peña Nieto”, de Alberto Tavira. De hecho, uno de los libros favoritos del Ejecutivo es, precisamente, la Biblia, aunque no la leyó toda, como confesó públicamente él mismo.

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Los retenes policiacos en las principales avenidas de la ciudad son “espectaculares”. Las salidas y carreteras están vigiladas, pero no parece surtir mucho efecto. Más bien, la presencia policiaca amedrenta y asusta porque casi todos piensan que están allí para extorsionar. Lamentablemente, la fama bien ganada de las fuerzas de seguridad resulta hasta contraproducente porque ahora, que aparentemente van en serio, nadie les cree y todos les tienen miedo.

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