Enjuagues

* Ávila no engaña a nadie, así como Peña tampoco, porque ya no pueden. Uno de los requisitos indispensables en la política se ha desactivado en ellos. No hay más promesas porque no queda ninguna por hacer y Peña, nada más llegar, se dio cuenta de que su carrera ha terminado. Es cierto que el encargo para el cual fue electo durará cinco años y medio más, pero el futuro ya no existe. Poco apto para la realidad, al presidente de México le urge una meta, como la tuvo cuando era diputado local y gobernador luego. Pero más allá de la presidencia no hay nada para él. Una cátedra, como Felipe Calderón eligió, o el exilio voluntario, como el resto de los presidentes. Carlos Salinas, marionetista eterno, seguirá ejerciendo detrás del guiñol hasta que la muerte lo jubile.

 

Miguel Alvarado

Tierra fantástica, inexpresable y dolorida, el Estado de México transcurre entre su denominación política y sus fronteras verdaderas, territorios que desatan la imaginación de vencidos y negociantes y construyen certeros las crónicas de nuestro tiempo, donde todos cabemos.

Somos capaces de dormir con muertos en el colchón de una cama mientras los padres simulan una desaparición. El fantasma de la niña Gebara campea ruidosa en un Huixquilucan que no debiera necesitar palabras para explicarse, aunque ha requerido de expedientes miles y hasta una comisión especial que avale el fantástico relato. El mundo creado por García Márquez es remedo ennegrecido, pequeño y mentiroso cuando se compara con la realidad estatal. A aquel le dieron un premio Noble. A los Gebera les armaron un cuento de hadas donde vampiros y monstruos eran de carne y hueso y estaban del lado de los buenos. Y donde un policía, Alfredo Castillo, avalaba la verdad más conveniente para aquellos tiempos, convenido el arreglo del futuro y los pagos por el favor vía el erario público. Castillo terminó sus funciones como servidor público en el Estado de México al frente de la Procuraduría que los compromisos de Peña Nieto le arrebataron a Alberto Bazbaz, un servidor que al menos tenía la intención de no cometer tantos errores. Pero los dos, Bazbaz y Castillo, fueron llamados a la Federación y desde allí despachan tranquilos, hasta ahora, que la torre de Pemex estalló. Sólo un país como el de México permite al inventor de la tesis del colchón y la asfixia explicar, desparpajado y casi sonriente, lo sucedido en el Edificio B2 de la petrolera. Alfredo Castillo apareció de pronto, ya como subprocurador de Procesos Penales de Control Regional de la PGR, con su casco antiderrumbes, para decir que “la responsabilidad de Pemex en la explosión va a depender de si cumplió o no con los protocolos de seguridad”.

El sello de la casa política de Peña impone rumbo en el país. Un presidente de otro mundo, que tiene el estómago para ocuparse de lo inútil, como la Marcha de la Lealtad, volverlo lugar común pero noticia de primera plana en la televisión, al mismo tiempo, desdeña, da la espalda. Pemex y los 800 ejecutados en enero son pasados prescindibles, así como las cifras del Estado de México y su gobernante, más preocupado por regalar tabletas electrónicas que por resolver, aunque sea con despensas, el hambre proverbial del norte mexiquense.

Ávila no engaña a nadie, así como Peña tampoco, porque ya no pueden. Uno de los requisitos indispensables en la política se ha desactivado en ellos. No hay más promesas porque no queda ninguna por hacer y Peña, nada más llegar, se dio cuenta de que su carrera ha terminado. Es cierto que el encargo para el cual fue electo durará cinco años y medio más, pero el futuro ya no existe. Poco apto para la realidad, al presidente de México le urge una meta, como la tuvo cuando era diputado local y gobernador luego. Pero más allá de la presidencia no hay nada para él. Una cátedra, como Felipe Calderón eligió, o el exilio voluntario, como el resto de los presidentes. Carlos Salinas, marionetista eterno, seguirá ejerciendo detrás del guiñol hasta que la muerte lo jubile.

En Ávila la inoperancia se le desborda por todos lados. Estadista, como pretende, nunca lo será pero tampoco le preocupa. Su futuro personal, al menos en lo económico, ya está asegurado y quizás ocupe honorables encargos que no perjudiquen. Por lo pronto su entidad es la fotografía miniaturizada de la realidad nacional. México será el resultado que el Edomex registró en el montielato. La violencia entre cárteles es apenas la última de las preocupaciones para los gobiernos, empeñados en Pemex y los primeros pasos de la educación privatizada. El gabinete de Peña Nieto es el mejor para el Grupo Atlacomulco pero aún en el PRI se saben desplazados. El negocio del erario público sólo incluye a los cuates, los amigos aficionados a la transa y la especulación y nada más. Atlacomulco es la nueva capital mexicana, aunque alberga anquilosados dinosaurios que observan, desde lejos, los apuros de Eruviel mientras recibe a los dos más ricos del mundo, Carlos Slim y Bill Gates, en El Batán, Texcoco. Ideal para aeropuertos, aquella tierra pretexta su Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo para reunir a dos economías sobre cuatro pies. La realidad es otra. El Edomex ha perdido el atractivo para los inversionistas y si no es la terminal aérea, nada les importa a Carlos y Bill que se asiente en Texcoco. La ultraderecha en el poder representa el fin de la historia, asegura el sociólogo Francis Fukuyama. Peña y Ávila sostienen esa tesis con el ejemplo. La historia se ha detenido pero los escenarios no. Tres millones de niños trabajando en el país, 30 por ciento de ellos en el campo, deben significar algo, al menos para Ignacio Rubí Salazar, subsecretario de Inclusión Laboral en la Secretaría federal del Trabajo. Funcionario mexiquense con Peña, Rubí había atendido la dependencia en el Edomex y dos veces la alcaldía de Ixtapan de la Sal. Apenas interesado en resolver la violencia en su municipio y atender exitosamente las cuestiones de su secretaría, Rubí está hoy determinado a echar mano del Teletón para echar a andar los proyectos de su nuevo encargo. Televisa, para bien o mal, es la patrocinadora oficial del Grupo Atlacomulco. Los niños que trabajan podrán resolver el problema tal vez creciendo, alcanzado por sí mismos los enjuagues de la ley. Rubí es uno de los más de 400 mexiquenses incrustados en la Federación que tienen en sus manos programas determinantes pero pasados laborales cuestionables. México, surrealista al fin al cabo, termina por encontrar con Peña Nieto su guión definitivo.

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