Cuestión de tiempo

* En el Estado de México, más de 120 ejecutados, contabilizados por las autoridades, ponen las cosas en su verdadera dimensión. Aquellos que se hacen de la vista gorda deberán afrontar las consecuencias. Hablar, mostrar, reflexionar, encontrar es un ejercicio de valor que puede costar la vida pero callar es condena segura porque durará para siempre. Y así, nada puede ser más urgente, valioso, ni siquiera interesante. Antonio Naelson, maestro brasileño de la pompa y circunstancia lo ha entendido como si en ello le fuera esa muerte.

 

Miguel Alvarado

Toluca. A lo lejos destaca la catedral, inhumana construcción que ya desde la puerta venera la miserable riqueza que la construyó y que refleja sombría las luces entrando por los ventanales. Más allá, los cerros asisten pétreos, quemados, al juego del hombre, aunque hace mucho ha dejado de serlo y conserva apenas un cajón gigante, congelado, donde el pasto sobrevive porque a veces le pega el sol. El estadio de la Bombonera, construido con alcohólico dinero, es un monumento al ego empresarial que no encuentra otra forma de perpetuarse que poner sus nombres a calles y construcciones. No es el Camp Nou aunque lo iguala en precios. En Toluca, un partido nocturno de futbol cuesta trescientos pesos en la sección de Sol. Este chiste le costó al equipo la mitad de las entradas en el último partido de Copa Libertadores, contra los uruguayos de Nacional pero también descubrieron que la historia la hacen los hombres, no las instituciones, como se pregona desde el poder, incapaz en México de poner artificio aunque sea en las redes sociales, donde Youtube es capaz de mostrar una ejecución y que nada suceda.

El 21 de febrero un hombre que supuestamente pertenece al grupo de administradores de la página de Facebook, Valor por Tamaulipas, moría en esa cosa llamada internet. La escena es conmovedora. El joven, arrodillado frente a una cámara, en el campo, conmina a los usuarios de las redes que se abstengan de publicar o comentar información relacionada con los cárteles de la droga. A estas alturas la actuación es notoria. No hay miedo ni gesto alguno en el condenado. Mal patiño, se prepara para morir mientras a su lado un hombre uniformado como militar extrae una pistola y le dispara en la cabeza. El cuerpo se desploma como en película.

No hay sangre.

No hay nada. No hay muerte. No hay país en un lugar donde incapaces actrices seducen a juniors políticos para conservar el poder. Cada cuerpo es vendido o subastado sin el menor asomo de remordimiento. El video de una ejecución no penetra en nadie, aunque es un simulacro para desalentar el levantamiento desde la sociedad. El miedo, dicen, es el arma más eficaz, aunque también uno de los motivadores más primitivos desde que se nace. Aquellos esfuerzos, planeados como una campaña de Televisa contra algún político o a favor del Teletón, indican también el grado de impunidad, la nueva ley, el México gobernado por estúpidos. El hombre del video muere casi en cámara lenta pero no es suficiente para impedir que el verdadero administrador de Valor Por Tamaulipas siga publicando. “Les he dicho también que no me rindo si ustedes no se rinden, así que probablemente puede incrementarse la presión, pero de la misma forma que se intente hacer daño a los esfuerzos ciudadanos, la respuesta de la ciudadanía empezará a hacer su aparición”, posteó en su espacio luego de ver la escena.

En el Estado de México, más de 120 ejecutados, contabilizados por las autoridades, ponen las cosas en su verdadera dimensión. Aquellos que se hacen de la vista gorda deberán afrontar las consecuencias. Hablar, mostrar, reflexionar, encontrar es un ejercicio de valor que puede costar la vida pero callar es condena segura porque durará para siempre. Y así, nada puede ser más urgente, valioso, ni siquiera interesante. Antonio Naelson, maestro brasileño de la pompa y circunstancia lo ha entendido como si en ello le fuera esa muerte. Apenas se mueve y desde su budismo pambolero controla el mundo, al menos el de la media cancha de su equipo, el Toluca, una suerte de vitrina para el Grupo Atlacomulco pero también un negocio cervecero que ha conseguido campeonatos nacionales, algunos con todas las de la ley.

Sinha es un hombre bueno pero si no lo fuera aquello que le quedara le alcanzaría para jugar al futbol. Poca cosa si se compara con el salario mínimo o las elecciones presidenciales mexicanas, pero demasiado para una ciudad que registra 60 asesinatos por mes y el desarreglo patibulario de una pobreza cada vez más cercana al sci-fi.

Shina se hizo viejo en los campos de México. No supo cuándo olvidó Saltillo y Monterrey o el desastroso Mundial del 2006, donde era el más pequeño de todos. Un día, sin sentirlo, se encontró en el centro del estadio y comenzó a vivir porque entendió que la única verdad no tenía relación con la pelota. Así, cariacortado, trazó una carta astral de portería a portería y con ella leyó los libros que nunca abrirá en su vida. El golpe de gracia le llegó demasiado tarde, aunque pocos se vuelven sabios a los 37. Naelson es artista diminuto de la gambeta y el mal aliento, y todos saben que no es el mismo si no hay en medio un Voit o de perdida un Garcís, aunque tenga la imagen del Teletón.

“La pelota no se mancha”, habría dicho Maradona en plena desintegración cósmica, en el aciago 1994, cuando buscaba restregarle a la FIFA los sucios shorts con los que lavan la conciencia del Tercer Mundo. Y del primero y del segundo, aunque Cuba y Norcorea sean los únicos sobrevivientes de las enseñanzas de Marx. Maradona, más guerrillero que el Ché, se perdió en su propia retórica y tuvo que aceptar que también él podía fallar. De nada sirvieron amuletos ni groserías napolitanas cuando dio positivo de cocaína. Un año después, en 1995, Sinha debutaba en el América Mineiro, un club perdido en la inmensidad del Amazonas. Brasileño y todo, al héroe no le alcanzaba el apodo en su país pero alguien le contó de México, donde todos juegan pero casi nadie sobresale. Emigró con la esperanza de largarse a Europa pero aquí se adaptó como un pájaro pequeño. Quedado, la Iluminación era cuestión de tiempo.

Sinha, el maestro diminuto, no tiene mucho en el centro de la luz. Apenas contra Boca Juniors confirmaba su nuevo grado en la negra Bombonera, el Alberto Jacinto Armando de la más ríspida Argentina. Boca, el villano tradicional de América Latina, recibía a los diablos con cierta somnolencia y hasta hastío, porque ellos mandan de punta a punta, pese a periodos de crisis y dictaduras, que sobreviven incluso disfrazadas de democracia. Dos trazos ejecutó este moderno Da Vinci y con ellos enterró el pusilánime orgullo de los multicampeones continentales. Luego, de vuelta en México, terminó por aleccionar al pedante americanismo y su monstruoso, innecesario Azteca. Sinha, más allá de Nietzsche, encontró luego dos semanas sin dios, sin balón, sin futbol.

El caso es que un brasileño en México puede jugar casi con los ojos cerrados, pero si pretende volver a su país o pedir que lo convoquen al Scratch, corre el riesgo de recibir la sensata respuesta que se le dio a Evanivaldo Castro Cabinho, goleador indispensable en Pumas, Atlante y León, cuando solicitó la venia de sus compatriotas, allá en los comienzos de los años 80. “Cuando el Mundial se juegue con puros mexicanos, tendremos el gusto de convocarlo al equipo nacional”.

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