Ensayos para describir un distribuidor vial

* Libre Cuetzalan de montieles y versinis, enfrenta sus propios problemas, propios de una comunidad indígena que se ha visto violentamente introducida en la cultura del turismo nefasto. El pueblo, de unos 4 mil habitantes, se ubica en lo más alto de la sierra y eso le impide su exacta comercialización, aunque dos tiendas de Telmex ya se han apropiado de algunos locales en la calle principal, llamada Miguel Alvarado por una oscura razón relacionada con música y ópera de bajo presupuesto pero mucho corazón.

 

Miguel Alvarado

Para ir a Cuetzalan, en Puebla, se debe pasar por un distribuidor vial llamado Arturo Montiel Rojas, ubicado en Atlacomulco, siempre y cuando se salga de Toluca y se elija la red de autopistas anudadas en un sistema llamado Arco Norte. Luego de Arturo Montiel, todo es posible en el país y hasta la existencia de los chupacabras cobra cada vez mayor credibilidad. Esther Gordillo, una de las promotoras más vigorosas de aquel animal, está ahora en la cárcel cuando apenas ha cumplido 68 años. Tierna anciana de mirada cansina y cabellos albos, nunca tuvo problemas para relacionare con sus agremiados y hasta les mandó construir algunos hoteles, desperdigados aquí, allá para que tuvieran un lugar de esparcimiento. Montiel, tío de sangre del presidente Enrique Peña y que ahora, ya un hombre de cierta edad, 70 años, sostiene una tórrida pelea con su ex mujer por la custodia de sus hijos, la francesa Maude Versini, quien en el 2005 lo impulsara con toda la fuerza de su desmesura para que consiguiera la casa de Los Pinos. Montiel falló miserablemente o al menos eso le pareció a la francesa y su matrimonio se vino abajo. Se divorciaron pero como prueba de su amor quedaron algunas placas conmemorativas que delatan, indiscretas, al hombre que una vez amó a una extranjera tanto como a un distribuidor vial. Cuetzalan, pueblito mágico en la sierra de Puebla, nunca pensó que le debería tanto a aquella pareja, tan cosmopolita y deportista, pues entre partidas de tenis de mesa y viajes a París, seguramente nunca tuvieron tiempo de darse una escapada por allá.

Y qué bueno que no lo hicieron. Los Montiel, buenos como salieron, de un sexenio para otro, el de su patriarca, para hacer negocios, lo hubieran transformado como lo hicieron con Valle de Bravo las incontables generaciones que nuestro preciado pero sospechoso Grupo Atlacomulco produjo incansable. Y es que Cueztalan se parece a Valle de Bravo en casi todo, excepto en que allá no tiene una casa Maude Versini ni sus amigos los televisos han abierto un hotel Rodavento o una tienda de yates de gusto tan refinado como el diseño del Teletón y han condenado al exterminio a los pueblitos de los alrededores, donde los narcotraficantes patrullan despreocupados y cobran derechos de paso y posesión.

Libre Cuetzalan de montieles y versinis, enfrenta sus propios problemas, propios de una comunidad indígena que se ha visto violentamente introducida en la cultura del turismo nefasto. El pueblo, de unos 4 mil habitantes, se ubica en lo más alto de la sierra y eso le impide su exacta comercialización, aunque dos tiendas de Telmex ya se han apropiado de algunos locales en la calle principal, llamada Miguel Alvarado por una oscura razón relacionada con música y ópera de bajo presupuesto pero mucho corazón.

El centro del pueblo es extraordinario. Una iglesia gótica mira desde lo alto al caserío, adornado como un pueblo mágico necesita: techos de teja y pared de adobe para resistir el méndigo frío que de pronto se suelta pero que no impide sentir que aquella iglesia es en realidad un templo pagano, hereje hasta la última de sus cruces que por cierto allá se hacen con cera y representan una de las artesanías más bellas y complicadas que puedan verse. Una serie de grecas, como adornos textiles náhuatl, fueron incrustadas en las paredes de aquella construcción, donde todo huele a pastel de otra repostería. Y es que cada imagen es una hechicería, incluso algunos versos dedicados en la pared principal, al Hermano Sol, lo confirman. La iglesia es decente y honorable porque nada se finge. Afuera, a 30 metros de la entrada principal, un enorme palo que mide lo mismo que la torre más alta da cabida a los Voladores de Papantla, siempre listos para rendirle culto al dios que mejor pague o a alguno de los puntos cardinales.

La calle principal ofrece al turista, que tampoco son tantos, una colección de olores y sabores casi colocados allí, a propósito, en orden, como si de un platillo enorme se tratara. Se pueden encontrar hasta fragmentos de meteoritos cosechados por un señor muy serio que dice al que le pregunta que luego de caer un rayo, allí cae un meteorito. Como su pirita, las piedras permanecen en su puesto, sin que nadie las lleve pero esta ciudad de los quetzales apenas está aprendiendo que la verdadera riqueza la dejará el visitante distraído que exige bares y centros nocturnos.

Por ahora la horda la forman fotógrafos, seres extraños, barbudos y sucios o, si son mujeres, tocadas con gorritos estrafalarios y ropa cómoda, que se meten en todo. Si una mujer se lleva un bocado, si el otro acomoda un manojo de hierbas, si los refrescos brillan en el sol o si alguien se compra un taco y lo come sentado en la calle, están allí para retratarlo. Ningún pueblo ha visto tantos amantes de la lente deambulando atónitos para ningún lado. Los pobladores los resisten lo mejor que pueden porque luego comerán en sus cocinas, comprarán sus refrescos y se hospedarán en sus hoteles.

Mientras el presidente se empeña en regañar a los gobernadores de las entidades que visita en sus giras y exige trabajo duro y producción, la investigadora Marien Rivera, coordinadora del área de seguridad del Centro de Investigación para el Desarrollo A.C. (CIDAC) y con datos del INEGI, apunta que en México hubo más de 300 mil desaparecido y más de 100 mil muertos por la  guerra contra los cárteles. Peña, a pesar de sus planes miles, colecciona casi 2 mil muertos en los tres primeros meses de su administración, pero a cambio gestiona que Pemex sea, de una vez por todas, el motor que saque al país de cualquier atolladero, no importa que deba venderse. Si algunos desaparecidos se perdieron en Cuetzalan, harían bien en dejarlos allí. Muchos no querrían regresar ya, ni siquiera porque pasaran por un distribuidor vial llamado Arturo Montiel Rojas.

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