Retrato oval

 

Miguel Alvarado

La ciudad y sus muros se calcinan en el frío desatento, que llega en temporada de caza colgado de árboles y enfermedades. Las ventanas apenas reflejan las siluetas de los edificios destrozados, que nadie mira.

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Uno sabe dónde está pero no le importa. No hay preguntas que merezcan respuesta, sólo un inmenso ojo que retrata paciente las sórdidas avenidas, autistas, repletas de números, ensalmos de fin de año y por fin un movimiento en el silencio torpe de los programas vitales: la sangre, el viento despeinado.

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La sangre escurría por los oídos y un estallido de colores nublaba la vista. El mercado estaba allí, a ras de suelo, con sus embriones de milagrosa pobreza y la torpeza de uno que siempre se sabe excluido. El resto del mundo estaba en la calle Miguel Alvarado, el camino como principio y término de uno y los demás.

 

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Levantas la mano pero no hay de dónde asirse, ni siquiera de la mirada del otro, que acompaña pero en nada ayuda. Tal vez pronto termine todo, pero más bien es una vuelta a comenzar traslados, los empujones y el olor de la subterránea ciudad que se desmorona, que se cae como para arriba.

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El disfraz, la máscara perfilan la sonrisa oculta, una forma de estómago retorcido, de ser congruente, la estafa de los días tranquilos. Los árboles se recortan a lo lejos, todavía verdes, en una maraña de antenas y tele por cable, un domingo a la hora del futbol, cuando las tiendas están cerradas y algunos se permiten, apenas, mirar la hora, encobijarse en su celda acolchada.

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“Josefina, usted lucra con la muerte de Paulette”, se escuchaba en debates presidenciales que no llevaron a ninguna parte. Las carreteras privadas desean buena suerte y salud a los menesterosos a cambio del peaje correspondiente, otra manera de acotar espacios, otorgarlos a cambio de la sensación de libertad de tránsito.

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Apenas se levanta una pared, los cables la perforan. Necesarios para que todo funcione como debe ser, los hilos de la tecnología no pueden permanecer ocultos. Es una de las ventajas de vivir en este tiempo. Quizás no alcance para la energía eléctrica pero siempre habrá manera de hacerse de un manojo de transmisores, frescos y saludables, para enchufarse al mundo correctamente.

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Quién sabe qué habrá sido. Tal vez una emergencia o nada más para avisar que la reunión se suspendió. Debió ser importante, de cualquier manera, porque no estaría caminando así nomás, con esa cara patibularia y en las manos la causa del delirio.

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La mezcla primordial de vida y muerte se encuentra saliendo de casa, en el primer charco lodoso de la temporada. Por allí pasa el auto y lo serena cuando es preciso, curioso caldo de azar y budismo zen, practicado con una llanta y un volante como maestros perfectos, callados, de plástico inmortal.

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Nadie se queja del tiempo escapado, vuelto humo entre compases y tambores. El tam-tam se confunde con los gritos de los vendedores de helados y los inconformes que acampan en la plaza de la ciudad. Luego de recogida la danza, el resto permanece en sus puestos, listos para lo que lo que dicte la eventualidad.

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Esta parte del cielo está cavada en la pared. Aquí los murmullos se conservan como en el primer día, cuando un grupo de matlazincas fue obligado a confesar pecados que ni sus abuelos habían cometido. Luego, todos se contentaron porque los frailes organizaron una comilona con pulque y tortillas y conejo y se dieron las manos porque así convenía en ese momento.

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Aprovechó para comer todo lo que pudo. Incluyó refrescos, tortillas, una sopa de coditos y un canasto de huevos cocidos, por si hacía falta. Al final, con el estómago lleno y satisfecha porque leyó correctamente el instante, se fue corriendo a la zona de albercas para meterse otras tres horas al agua mientras los gritos de su madre la sumergían en el grato confort de una desobediencia bien trabajada.

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La mano enguantada, la mano enjoyada saluda al presidente en turno. Para Toluca, Adolfo López Mateos representa –a veces- una cabeza de piedra, escultura colocada en un cerrito de la ciudad. La figura presidencial se usa a veces para ejemplificar la buena onda de los políticos y sus intenciones precarias de estadistas. Los aspirantes a algún cargo público casi siempre lo ponen como ejemplo, aunque sepan de historia. Como Adolfo, se aguantan y confían en la mala educación, la memoria de trapo.

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Venimos para ver goles y gritar desaforados si pierde cualquiera. También porque a veces es cansado protestar, ir a la contra o nada más pararse en la ventana y mirarse reflejado en otros. Mientras, el balón pega en el poste y rueda afuera, llevándose en la circunferencia el alma traumatizada de millones que ya se veían acunados en el fondo de la red.

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El Niño Verde llegaba a Toluca presto y cargado de ligereza. Ataviado en su traje gris que tanto le favorecía por el color de sus ojos, hacía cola como todos para entrar a los informes de Enrique Peña Nieto, cuando apenas era gobernador del Edomex. Luego, adentro, bostezaba de vez en cuando y enviaba decenas de mensajes de texto para pasar el rato, antes de ir a la comida que se ofrecía en honor de los cuates de Enrique, que festejaba un éxito más en su ascendente carrera política.

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Como que el puente y el lago estaban chuecos cuando pasábamos por ahí. El niño se mojaba zapatos y pantalones porque hacía calor y no lo dejaban quitarse la gorra ni la chamarra. Se desquitaban brincando como rana mientras los patos y los moscos gritaban en aquella soledad. Días después mataron a los patos y el Toluca, el equipo de futbol, compró aquellos terrenos para hacerse su nuevo estadio, laguito incluido.

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Miradas como ese mar, tus manos eran hervideros de torres y campanas o calles de doble sentido que atravesaban apenas la luna aparecía. No se entiende el desmayo de los peces, tu ausencia que desintegra cada universo subatómico, la furia planetaria de un giro de tus dedos.

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Entra el viento en la oficina y desordena los periódicos, los vuela y arrebata. El papel desperdigado cae y se levanta en espasmos de aire caliente que mueve los árboles y sus copas, dejando un reguero de hormigas atrapadas en barcos aéreos de hojas secas, amarillas.

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Se pusieron sus playeras verdes y fueron al estadio. Allí encontraron a otros miles vestidos de rojo, que saltaban en las gradas que ellos acostumbraban. Sorprendidos, no pudieron reaccionar y dejaron que los visitantes se quedaran con los sitios preferidos. Encima, su equipo perdió por goleada. Ni siquiera los esperaron a la salida.

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La estatua enfermó de pronto. No quiso recibir más visitantes ni tomarse la foto con los turistas que siempre andaban de paso. Enfebrecida, pidió una cama en el vestíbulo más alejado y abrió una sola puerta, para que entrara el rumor del museo y a veces algún dibujante comprometido. Se trataba de descansar unos días, no de exigir la jubilación a tan temprana edad.

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Chupaba tranquilo, todos los lunes al filo del mediodía, cuando salía de casa y la mujer no podía seguirlo. Llegaba al mercado y pedía sus cervezas, tres para aguantar el camino a la chamba. A veces se le olvida que no era domingo y nomás no se iba. Esperaba a que la cantina al aire libre recogiera las mesas y entonces, haciéndose el remolón, pagaba el consumo y se encaminaba para el lado contrario de su casa, porque la fábrica todavía no anunciaba la hora de la salida.

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Lleno de alegría, jugaba en el parque los domingos por la tarde. Construida para ellos, la casa de arena le recordaba el kínder donde había estudiado o, más bien, guardado junto a otros parecidos a él. No le gustaba que esos días terminaran porque apenas cerraba aquella arboleda, una mujer vestida de blanco se le acercaba y le inyectaba algo en el brazo, que lo hacía dormitar de camino al auto y obligándolo a perderse el resto de la jornada, como si de veras fuera a pasar algo importante.

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Las calaveras caminan por el Portal de la ciudad. Dicen que son nuevas tradiciones, muy nuevas pero muy tradicionales, y que ayudan a que el turismo venga a la ciudad. Otras calaveras, sin embargo, prefieren encostalarse y aparecer en alguna calle, a veces sin cabeza o con los brazos partidos a la mitad. Esas también son tradicionales, y no tan nuevas.

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En Cuetzalan hace frío y hay iglesias que semejan las alas de un murciélago. Allí entierran a los que hasta de la muerte hacen una fiesta y se ríen, cínicos, de las desgracias propias y ajenas. También hay un mercado que recorren los turistas en busca de fotos o cosas curiosas que dejan de serlo una vez que han sido compradas.

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Para los de Huixquilucan las opciones de vivienda se reducen a dos zonas. La primera, donde vivía la niña Paulette y algunos de los narcotraficantes más famosos, se ve lujosa y hasta respetable. Tiene sistema de cable y departamentos de hasta 2 millones de dólares, sin intereses y con planes de financiamiento. La segunda es una serie de chozas aladrilladas, sin pintura pero también con televisión donde viven los pobres. Se ve fea, pero dicen que allí se cometen menos delitos que en la zona de arriba. Cuestión de proles.

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Luego, de noche, los vivos parecen muertos y compran flores como cualquier mortal. El camino al panteón de Huichochitlán, una vereda de un kilómetro de largo, muestra la otra cara de nuestra muerte. El interminable desfile de cuerpos termina hasta que la última flor es colocada en la tumba correspondiente, antes de que llegue la luz y desvanezca todo, tontamente.

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