A la vuelta de la esquina

 

Miguel Alvarado

Condenado a la perpleja redondez de la urgencia, pierde su dinero en actos malabares mientras lo ilumina una idea. Veinte pesos se gasta en dulces y refrescos pero se enoja cuando los pierde o las cuentas no salen. No perdona un solo peso pero nunca cobra. Prefiere no dormir o de plano olvidar las cosas, consolado por una cucharada de miel, mientras mira en la tele el partido de futbol.

 

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Luego bebe desaforadamente porque es menester encontrarle sentido al juego. No puede creer que los pelos se le paren de punta cuando Sinha se enfrenta al marco enemigo y dispara. Más tranquilo, voltea a mirar a sus pares y se ríe como cuando era niño y se paraba en la barda apenas levantada de la casa que fabricaba su papá, con sus propias manos.

 

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Marcó su cara como le habían enseñado en la escuela. Los trazos, fuertes y definidos, le dieron carácter a su rostro apenas modelado y sirvieron para cubrir las verdaderas cicatrices. Se asomó a la ventana para ver a los demás, que ya se formaban en la calle para salir a la marcha querida. Se asomó al espejo por última vez y se puso un poco más de maquillaje, allí donde la sangre de verdad se le escurría discreta y salió a toda prisa, aunque cuidándose de no azotar la puerta, porque no tiene caso que sus padres se enojen.

 

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En la mañana, muy temprano, el café estaba ya caliente. Los desayunos salían uno a uno de la cocina de aquella casa, donde los huevos con jamón recordaban las flores amarillas y las cortinas soleadas que Selene arreglaba para la casa.

 

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Los días lluviosos golpeaban los ventanales y el agua corría por el techo de cristal. Nunca fueron tan fríos ni la niebla tan espesa en el cerro de la Teresona o los árboles callados en medio del viento. Luego todo eso terminaba y las manos buscaban algo qué hacer para compensarle. También daba hambre, sobre todo en las noches, cuando la certeza de su desaparición descansaba junto a la almohada.

 

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De vez en cuando levantaba la vista y preguntaba a los que pasaban por qué, cómo, dónde. De joven quiso ser periodista pero una extraña enfermedad le atacó los ojos, las opiniones. Supo que abandonaría su nonato oficio cuando no pudo titular una de sus tareas en la escuela. Decidió a tiempo y ahora es una felicísima alma que disfruta el Pac-Man y otros videojuegos de carácter eminentemente retro.

 

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Y es que el mundo se había terminado. No amanecía con esa cortina de fuego que avanzaba desde la ciudad y quemaba campos y personas. Nadie sufría porque ni siquiera era la muerte lo que sucedía. Sólo los que se trepaban a las torres de luz alcanzaban a ver algo antes de desintegrarse en aquella ola sin isla ni costa. Después todo volvía a la normalidad y el panadero pasaba como siempre, muy puntual, a dejar las conchas y los bolillos a la puerta de la casa.

 

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Quizás no estaba mal sin maquillaje, pero la apuración la hizo decidir de alguna manera. Se reunió con sus amigos en la Alameda y pensó que lucir como zombi era divertido. Ya en el camino, se acordó de la leche en la estufa y las tortillas que no había. Ya las verá cuando se levante, se consolaba en el camión, aunque sabía que era domingo y sólo los zombis salen a caminar, como si no hubiera un lunes al otro día.

 

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Mirábamos al frente, al centro del único ojo que era más grande que nosotros dos juntos. No nos cansábamos de aquel centro líquido, pintado en la pared y que de cuando en cuando se vaciaba en pequeñas imágenes, como si las hubiera tenido atrapadas en una Moleskine de 300 pesos.  Después nos dio sueño y nos fuimos a dormir con ese ojo grabado en la memoria y una foto que apenas entiendes tú pero más yo.

 

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Detrás del cristal o del otro lado, era lo mismo, la violenta agua pintaba sangrienta las calles por donde habías pasado. A la espera de que regresaras, me agazapaba detrás del auto y de pronto apretaba el botón, por si acaso eras tú esa gota de lluvia, la estrella primeriza en el cielo alrevesado de la cubeta en el suelo.

 

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Nery Castillo no sabe jugar en equipo. Corre de manera lateral, nunca hacia el frente y le tiene miedo a Rafael Márquez porque cuando se lo encuentra baja la mirada y le da el balón en la situación que sea. Cuando estaba en el Pachuca se la pasaba riendo porque en la banca estaba Hugo Sánchez, su mejor amigo en el futbol, que es una actividad muy cercana a la política, pero con los fulanos vestidos de chort y anunciado un montón de cosas en sus playeras.

 

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Debiste ir con nosotros a cortar cabezas, para que supieras cómo está el negocio. A veces nos tenemos que esconder por horas, hasta que pasa la persona adecuada. Valen la pena los calambres y los malos olores, porque cuando saltas y te robas su rostro sientes que toda su fortaleza, lo que es y lo que no, brincan hacia uno y a veces hasta se meten en tu cuerpo. Ya lo demás es puro bisne. Te paras en la esquina con tu bolsa de mercancía y gritas que son a dos por 100, si bien te va.

 

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Las cosas pasan porque tienen que pasar. Hasta el sol, mira, se esconde en algún momento de la tarde para que los animalitos de Dios descansen y estén listos para trabajar al otro día. Uno también debe dormir, porque al otro día hay que buscar para comer y la familia. Bueno, no todos. Algunos nos vamos por ahí, a subirnos en los puentes y mirar la bandera o el volcán despedazarse contra el viento.

 

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Disfrazado, en la vía pública, cobra para que le miren y le tomen fotos. A veces hay quienes no quieren pagarle, porque creen que está en un sitio para todos, que es para todos, como si eso existiera. El Depredador se levanta de su silla y se pone sus chanclas. Camina como si fuera el que sale en el cine. Gruñe y levanta las manos y espanta al espantado fotógrafo. Mataría si pudiera, pero luego tendría que buscar otra esquina para trabajar y aquí, en ésta, ya lo conocen todos y a veces hasta las papas le invitan.

 

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Pelé llegó a Toluca con una hora de retraso. Ya ni los Doors, sin Morrison, hicieron tal desaire a la selecta sociedad del chorizo. Pero como es rey todo se lo perdonaron. Y allí estaba, a tres metros de los inadaptados pamboleros que le hacían preguntas profundísimas: “¿qué se necesita para ganarle a Argentina?”. “Meter más goles que ellos”, decía el paciente Pelé. Luego todos se abalanzaron hacia el Rey para que firmara el recuerdo y libretas, gorras, playeras y hasta balones ponchados tuvo que manipular aquel hombre que jugó en el Santos y el Cosmos de Nueva York, cuando el futbol todavía era algo, algo como importante, pues.

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