Manhattan Skyline

Miguel Alvarado

¿Qué significa mirar por encima del hombro, en otros ojos o la barra de la cantina que nada pide, excepto dinero? Un caballero no abandona a su vieja señora. Lo dicen hasta los futbolistas italianos, figurines mercantiles de negros corazones pintados de Flying Emirates. El día termina por arrimarse a los vasos del licor y a las pláticas amargas en la mejor mesa del lugar.

 

*

Bueno, caminan solas pero no tanto. Buscan un lugar para sentarse y tomar helado, pero si no se puede no habría problema. Las 12 del día en la ciudad de México son las horas más nebulosas, las horas del Metro líquido o las puertas cerradas en oficinas públicas. A esa hora ni un Delicado es amoroso, ni siquiera en vacaciones, cerca de la playa o la ciudad más silente.

 

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Ese día vimos un OVNI. Bueno, no lo vimos, le tomamos una foto con la cámara en mi panza, apuntado al cielo nomás porque sí. Horas después miramos las fotos y allí estaba. Una bola metálica por encima de nuestras cabezas y los maizales secos, hasta con su colita aerodinámica para que los saltos cuánticos sean más sencillos. Se la enseñamos a la abuela, que miraba la tele. Luego de verla dos segundos, dijo que era un pato silvestre, de esos que luego cazan en los estanques de San Pablo.

 

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Los viejos querían jugar futbol pero no podían. Y a los niños no los dejaban. Justo enfrente, más allá de las fuentes y los ambulantes estaba el alcalde de Ecatepec, un tal José Luis Gutiérrez Cureño, que leía un extenso informe de obras y buenas intenciones. Luego de tres horas la mayoría dormitaba como dios manda en un suplicio como ése. Pero despertaron a tiempo para aplaudirle a los señores que harto hacían con gobernarlos, malagradecidos éstos.

 

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Enfrente del ventanal los albañiles construyen una casa. Tiene el techo inclinado para que la lluvia resbale y los dueños se sienten a escucharla, porque esa casa no tiene cuarto de televisión. Mirarán, porque a veces con eso basta, a agentes de la CIA disfrazados de motociclistas que piden limosna frente al zoológico de Chapultepec, mientras sus amigos pelean con choferes salvajes para que les paguen el atropello. Cualquiera. El que sea.

 

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A veces lo envuelven a uno en cobijas y suéteres, aunque haga mucho calor. La ventana abierta y los cables de luz se mecen apenas porque no hay agua ni viento en este filo de mundo, tasajeado por una bandera descolorida amarrada a la antena del SKY.

 

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De veras teníamos mucha hambre. Unos porque estuvieron tres horas escuchando el informe del presidente municipal. Otros, porque íbamos llegando ahí porque sí, aunque en realidad íbamos de paso, pero vimos todas las ollas y las barbacoas, en el jardín principal. Un montón de gente corría con sus cocas y sus tacos y nos formamos. Alcanzó hasta para las visitas, porque una comilona nunca está completa sin los señores gorrones.

 

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¿La serenidad es mi objetivo? Serenidad y paciencia, diría Kalimán, el hijo de Kali a su aprendiz, Solín. ¿Y entonces un helado de limón es la serenidad? ¿Los escritos? ¿El cuarto donde duermo? Selene. El mundo está en calma, al menos de aquí hasta donde alcanzo a ver. Pero tal vez sería lo mismo si estallara, si se abrasara o mirara morir o matara. Los movimientos coordinados de Anabel destruyen todo, pero son arcos perfectos de fuerza y luz que limpian como pueden el lugar por el que pasan. La certeza para ella son 100 pesos por dos horas y estar aquí, hablar con su niña. Nadie dijo que fuera verdad, porque no es necesaria. ¿Por qué no tengo preguntas? ¿A qué hora va a jugar la selección?

 

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Yo sé leer la mente. La tuya. Es un libro abierto que no exige demasiada literatura. Al contrario, es un compendio de buenas y sencillas imágenes que están ahí, un poco mal colocadas pero con el mejor de los colores, de lo que antes se llamaba tecnicolor. Como todas, están enfermas pero pueden recuperarse con algunas atenciones y mucha oscuridad. Ahora comprendo que estés aquí, en terapia intensiva y con las luces apagadas. No te duelen los ojos, o qué se yo. Y ahora no está tu esposo, para decirte qué demonios hacer con tanto libro usado.

 

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La última vez que lo entrevistaron las televisoras, dijo que “estaba generando varo”. Eso, después de que el pueblo entero lo tundiera a golpes y casi le cortara la lengua. Todavía tuvo tiempo de terminarse su agua embotellada y guardar con cuidado el envase, como si nada estuviera pasando. Cosas rara, uno de los linchadores recogió aquella basura y lo depositó en un bote, cuidándose de no embarrarse con la sangre. Después se mezcló con la bola y le propinó al herido unos cuantos puntapiés, más divertido que enojado, mientras sus cuates sacaban fotos y videos. Pa’l feis, dijeron algunos, allá en Santa María, Ecatepec.

 

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Como que quiere llover pero el calor no se quita. La bandera en El Calvario ondea como reflejo acuático sobre los árboles más altos, homicidas. Me acuerdo de Caracas y su Plaza Venezuela o algo así, toda oscura y afiebrada, donde nos sentamos a ver las sombras. Yo no veía nada, sólo a Selene, que estaba junto a mí, mirando con los ojos cerrados, muy pegada a mi hombro con su blusa blanca.

 

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Los agujeros en el brazo de Luis son como los cráteres en el suelo negro del Paricutín. Abrasados, Luis y el Paricutín se excavan sus profundidades, cada uno con un cigarro del tamaño adecuado. Mientras, la luna se refleja en la ventana, a tres pisos de altura, en el consultorio de los dentistas.

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