Al Atlas, aunque gane

* Un cementerio de automóviles atestigua el movimiento. Autos chatarrizados por golpes de ebriedad o mala suerte aguardan destino final, pudriéndose lo más rápido que pueden. Todo es reclamo, como pueden ver. En la radio de las quesadilleras el Atlas, un equipo que no ha ganado nada desde 1951, acaba de treparse al liderato general del futbol profesional. Tunde al Cruz Azul y por un momento pensamos –pienso, que eso es diferente- que todo está mejorando, que le vamos al Atlas, aunque gane.

 

Miguel Alvarado

El oficio de pobres lo interpreta mejor quien lo conoce de primera mano. Pocos son los que consiguen salir de aquel agujero que, dice la peñista Secretaría de Desarrollo Social, alberga con todas las incomodidades a 7.4 millones de mexicanos. Hay que decirlo como es, lo que es, dice su refrán publicitario mientras un chavo de clase media, de esos de la Ibero, donde corretearon a Peña un viernes para olvidar en plena campaña presidencial, aparece en pantalla echándole porras a esos jodidos que se ubican en el lado equivocado.

Y lo que es, decían las cifras del INEGI que trabajaba en la administración de Calderón, es que en el Edomex había al menos 7 millones de habitantes viviendo en alguna condición de miseria. Nada más esa cifra, repetida hasta la saciedad en ese sexenio, ubica las distintas realidades de un solo lugar. No es lo mismo estar arriba que abajo, a la derecha que a la izquierda, en el Vacío o en la Nada, aunque se enojen los masones o los aprendices de Illuminati, sabihondos desfondados de misterios que sólo engendran poder. Más conocimiento o al menos equilibrio se consiguen caminando tres cuadras en la localidad donde un vive si se mantienen los ojos abiertos.

Autopan es una de esas cuadras interminables en las que las casas tienen techumbre de lámina o cartón pero en ninguna falta el plato del SKY o el rojo Dish, que a estas alturas del siglo XXI, allí, denota posición social, fortaleza económica, distinción. Es lo mismo que lo descrito por Bruno Traven, viajero borroso sin principio ni final pero hábil con las letras como con los ojos, cuando describía las casuchas de los nativos miserables de la mexicana del Golfo de México en los primeros decenios del siglo pasado. Allí, quien tenía una cama o un cuarto aparte para la cocina significaba que estaba al último grito de la moda y que valía más que la mujer del presidente porque ellos, los políticos, dicen muchas cosas, la mayor parte mentiras, pero esa cocina, esa cama están ahí, las podemos ver, tocar.

Y Autopan, miserable porque se llevará  con los últimos campesinos los secretos de una tierra necesitada más de manos que de mansiones, encierra también el largo mestizaje del catolicismo a ultranza, del diezmo y la primicia, pero igualmente de los antiguos dioses del pulque, Tezcatlipoca; la guerra, Huitzilopochtli y la madre mexica Cuautlicue. A la Virgen, dice aquel Traven de sangre alemana, gringa o mexicana, no se sabe ni interesa, sólo hay que avisarle pero no se le pide nada, ni que venga ni que vaya o interceda. La iglesia, presente en la vida cotidiana de casi todos los mexicanos a pesar de ridículos y desprestigios, sólo está en las apariencias. Así, a la Semana Santa se la llevó la lluvia. Todos cumplimos con los ritos ensayados por semanas. Pagamos por adelantado y de más los sufrimientos del Jesús Iluminado y tomamos fotos arrodillados, con una Coca-Cola, just in case, al lado. Lo que no vimos fue el corazón misterioso de Autopan, sembrado de campos y bodegas perdidas en su propio acero. ¿Para qué una instalación industrial a orillas de un estanque? ¿Para qué una colección de automóviles clásicos en la zona más pobre de la ciudad? ¿Para qué la religión en un lugar donde nunca vamos a entender la palabra del Jehová, ni siquiera visitando el mercado más importante de la región, dominado por los narcos de La Familia, a quienes se les debe creer que si no hay cuota no hay ventas, ni sosiego ni nada?

Uno camina y pisa carretera vuelta bache, cráter enorme, disgustado. La tierra es blanda y porosa, surcada del agua sucia pero necesaria para beber y regar. El mercado y su cúpula de pájaros, isla ingrata en la frontera entre comerciantes del lado oscuro y los que venden por su propio riesgo, es el espacio de nadie pero también camino a todas partes. Una oferta de 3 pesos por cada par de calcetines nadie la resiste, aunque se apellide Zamora o firme como Manzur la papelería oficial. ¿De dónde vienen los calcetines? ¿Quién los hace? ¿Cuánto le pagan? O el otro extremo: los roban, expropian marcas, usurpan el espacio hacendario.

Como si nadie lo hiciera, como si ni la harina de las gordas de pollo no pasara por la báscula de alguna aduana incierta y exigiera un cobro o las pilas, que “aguantan un chingo”, se descargaran a los 5 minutos. Por eso dame 5 paquetes, ya sabemos que no funcionan. Las compramos a veces porque no hay de otra, pero sobre todo porque a la niña que las vende, 6 años, flaca, morena, ojerosa y con zapatos negros de punta, suéter azul y ojo vigilante sobre su dueño o patrón -que es lo mismo- no la va ayudar ni el diablo si algo no le sale como debe. Qué buenos somos. Y compramos las pilas y las tiramos una cuadra después, nada más subir el puente que ha crecido como enramada de acero sobre la autopista a Atlacomulco. Ah, una señal. Todos los caminos van hacia allá, hasta los de este puente herrumbroso y balín pero sostén de algunos ambulante refugiados en sus columnas y escaleras. Allí, como afganos o sirios expatriados, libaneses en fuga huyendo de la guerra y nada más, venden ropitas, mochilitas, algún asalto de vez en cuando o el amor, prodigio de prodigios en las tierras santas de Toluca.

Un cementerio de automóviles atestigua el movimiento. Autos chatarrizados por golpes de ebriedad o mala suerte aguardan destino final, pudriéndose lo más rápido que pueden. Todo es reclamo, como pueden ver.

En la radio de las quesadilleras el Atlas, un equipo que no ha ganado nada desde 1951, acaba de treparse al liderato general del futbol profesional. Y estará allí por unas horas. Muchas. Tunde al Cruz Azul y por un momento pensamos –pienso, que eso es diferente- que todo está mejorando, que le vamos al Atlas, aunque gane.

– Pónle en otra estación, al fin aquí al joven no le gusta el futbol. O va a decir que usted también es uno de esos. Entonces, ¿de papa, pollo o chicharrón? Porque de las que pidió ya se acabaron.

Pues sí, soy uno de ésos.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s