Amistades de nómina

* Como funcionario público y diputado, Peña descubrió que su atractivo personal sustituía en lo inmediato otras capacidades. Montiel también se dio cuenta y le propuso trabajar para conseguir, si se podía, la candidatura presidencial. El proyecto empezó a cuajar. Ya nadie se acuerda de que su camino siguió los mismos pasos que su antecesor, el ex gobernador Arturo Montiel, quien se enfrentó a políticos tan indecentes como él, pero más listos. Este es un fragmento del libro Los Golden Boy’s, escrito por Francisco Cruz y editad por Planeta en el 2012.

 

Francisco Cruz Jiménez

Como gobernador, Peña también otorgó la Secretaría de Comunicaciones a uno de los personajes emblemáticos delmacistas: Gerardo Ruiz Esparza. En 1997, éste fue el coordinador general de la desastrosa campaña electoral de Alfredo del Mazo González en el Distrito Federal. En la Secretaría de Energía, Minas e Industria Paraestatal fue su asesor especial, y en 1987, cuando Del Mazo le heredó la gubernatura a Alfredo Baranda García, lo impuso como secretario general de Gobierno.

Peña se llevó a su estimada prima Carolina Monroy del Mazo (sobrina consentida de Del Mazo González) a ocupar cargos tan disímbolos como la dirección general del Instituto Mexiquense de Cultura o la del Instituto de Seguridad Social del Estado de México y sus Municipios (ISSEMyM), así como la de Radio y Televisión Mexiquense. Para cerrar la pinza, o para compensar y mantener quieta a la familia, también le concedió la Coordinación General de Comunicación Social a otro delmacista: David López Gutiérrez.

Según reza el dicho, “él los hace y ellos se juntan”, pues se juntaron: a Ernesto Javier Némer Álvarez, esposo de Carolina Monroy y quien, como ella, había perdido los comicios cuando disputó la alcaldía de Metepec en 2000, tampoco le fue mal. Peña lo amparó con todo y familia. Gracias al parentesco, había sido secretario de Administración en el sexenio de Montiel. Peña lo nombró secretario de Desarrollo Social, una especie de supersecretario, y en la nómina del gobierno no sólo se respetaron las quincenas de su esposa, sino las de una decena de sus familiares, ubicados en puestos públicos clave.

La lista es larga, pero el primer día de gobierno en 2005 los hilos se movieron para integrar a su hermano Manuel Némer Álvarez a la dirección general de Administración y Finanzas de la Secretaría de Educación, Cultura y Bienestar Social. En sus manos quedó parte del destino de 80 mil educadores agrupados en el Sindicato de Maestros al Servicio del Estado de México (SMSEM), a disposición de las filas del PRI.

Si se habla del campo de la rentabilidad política o, lo que es lo mismo, de los parientes con ganancias y utilidades conjuntas, su primo Luis Felipe Némer fue puesto al frente de la Dirección de Administración y Finanzas de los Servicios de Educación Integrados (SEIEM), que tiene el control de otros 50 mil maestros de la sección XXXVI del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), encabezado por la maestra Elba Esther Gordillo Morales. Cuando los educadores mexiquenses ponen en duda el poder de esta sección, sólo se les recuerda que de allí salió Gordillo Morales.

Villamil en su libro antes mencionado argumenta que Azcárraga y Peña sellaron su alianza la primera semana de febrero de 2006, cuatro meses y medio después de que el atlacomulquense juramentara como gobernador del Estado de México. Pero si en la política la forma es tan importante como el fondo, el mismo periodista encontró que el pacto entre ambos se remontaba hasta octubre de 2005, a través de una serie de acuerdos publicitarios.

Sin fuerza política ni capacidad de movilización —ni siquiera en el estado de México, donde había serios cuestionamientos por la forma sucia e inmoral en la que fue impuesto en la gubernatura—, la incipiente alianza dio a Televisa la confianza para lanzar, desde Toluca, la capital mexiquense, una campaña de posicionamiento de marca que lo situaría como “el bonito de Televisa”. Fue un movimiento de tablero de ajedrez porque acaparó para Peña la atención nacional.

Pocos comentarios hubo de asombro. Y pocos se atrevieron a cuestionar a Televisa y,  menos todavía, se detuvieron a analizar el papel que jugarían el ex presidente Salinas, Montiel y Alfredo del Mazo, además de algunos personajes encumbrados por el salinismo, entre ellos la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo Morales, el dirigente sindical petrolero Carlos Romero Deschamps, el político yucateco Emilio Gamboa Patrón y el tecnócrata Pedro Aspe Armella.

Bajo la sombra de Televisa, así como de la protección y asesoramiento de algunos personajes de la vieja política negra priista, se puso a buen resguardo otro pasado que se comenta en pequeños clubes y algunas reuniones de amigos.

Miguel Alvarado, el periodista toluqueño que más ha escrito sobre el nuevo Presidente recuerda que, de joven, Enrique siempre fue melancólico. Quienes lo trataron hace más de 20 años recuerdan de él su buen carácter y su propensión a obedecer y servir a los demás, pero también su soledad, que lo obligaba a separarse de los grupos que se formaban en las reuniones familiares en Atlacomulco, donde acudían las familias Montiel, Del Mazo, Velasco, Peña, Colín, Vélez y Monroy.

Sólo el tiempo y, lo fundamental, su posterior inclusión al círculo selecto de Arturo Montiel y, por lo tanto, la cúpula del Grupo Atlacomulco, cambiaron su carácter. Poco a poco, lo fueron acostumbrando a los apegos del poder. Su carrera política no sería la misma si no perteneciera al Grupo Atlacomulco, esa organización fantasmal tan negada siempre y tan viva como nunca, invisible, que puede comprobarse por tres tipos de relaciones: empresarial, de parentesco y compadrazgo.

Se sabe que el padre de Enrique, Gilberto Enrique Peña del Mazo, desaprobaba que su hijo se involucrara laboralmente con el grupo de Montiel, aunque aceptaba las decisiones del vástago. Muy conservador y ferviente católico, habría preferido ver a su hijo convertido en cura y amparado en el poder eclesial. La vocación religiosa, dicen los viejos atlacomulquenses, no se pierde en un país profundamente católico como México.

Como funcionario público y diputado, Peña descubrió que su atractivo personal sustituía en lo inmediato otras capacidades. Montiel también se dio cuenta y le propuso trabajar para conseguir, si se podía, la candidatura presidencial. El proyecto empezó a cuajar. Ya nadie se acuerda de que su camino siguió los mismos pasos que su antecesor, el ex gobernador Arturo Montiel, quien se enfrentó a políticos tan indecentes como él, pero más listos.

En aquel tiempo, como dicen las Escrituras, Roberto Madrazo destruyó para siempre la carrera de Arturo Montiel, a quien sus cercanos colaboradores calificaron en su momento de “tonto” e “inseguro”, como narró en su momento el ex presidente estatal del PRI, Isidro Pastor Medrano, citado por Alvarado en una análisis que publicó en el semanario Nuestro Tiempo Toluca.

“Pastor —precisa—, el segundo hombre con más poder dentro del montielismo, consideraba a su ex jefe Montiel como un tipo falto del empuje para orquestar, ni siquiera, una negociación con capitalistas extranjeros, pues no entendía los términos en los que se le hablaba cuando le presentaban las estrategias de inversión y mercado.

”Dice que a veces debía intervenir su ex esposa, la francesa Maude Versini, para enderezar las sinrazones del ex mandatario y mantener las relaciones comerciales. Así, el propio Pastor no cree ni tantito que Montiel hubiera sido capaz de organizar, y menos concluir, el misterioso asesinato del maestro de ping-pong de la ex primera dama mexiquense —Mario Palacios Montarcé ejecutado de un balzo en la cabeza el 21 de noviembre de 2003, de quien se rumoraba que era amante de Versini—, y una pre-campaña lo suficientemente inteligente como para llegar a la Presidencia de la República en 2006.

”Alguna vez comentó que Peña es una calca de su propio tío y que también es incapaz de planes maquiavélicos para beneficiar a sus allegados. Alguien está detrás de ellos. Y se ubica a la figura de Carlos Salinas. Otros, como el investigador Jorge Toribio Cruz Montiel, coinciden en parte con Pastor, pero añade además que los propios priistas se daban cuenta de aquella actitud ambiciosa en extremo de Montiel, acompañada de cierto grado de incapacidad, lo que redundaría en una especie de caos incontrolable, pues Arturo sacaría de la jugada, y de los negocios, a las planas tradicionales de aquel partido que participa de chanchullos y beneficios.

”Pero todos los políticos hacen lo mismo. ¿Por qué a Peña no le funcionaría una campaña adelantadísima soportada incluso en una atlacomulquense profecía que lo ubicaba al frente del país? Peña usa todos los medios para darse publicidad. Paga por salir al aire como nunca antes pagó ningún otro gobernador mexiquense. Pero la administración de Montiel le enseñó aquello.

”La memoria no alcanza para recordar que un recuento del 24 de enero de 2006 situaba al ya desgraciado Arturo como el aspirante presidencial priista que más promocionales pagó, con un total de 5 mil 220. Nadie recuerda qué decía, si iba en mangas de camisa o si su dicción era menos obtusa. Nadie recuerda su lema de precampaña ni aquella enorme sonrisa enmarcada por ojos pequeños y el pelo encanecido. Hoy su sobrino sigue el camino, pero lo recorre de diferente manera aunque el final sea el mismo”.

A partir de 2005, a Peña le costó mucho lidiar con aquello que no tuviera que ver con su imagen ni con guiones establecidos. Era bien sabido que no le gusta leer, como lo recordó el periodista Álvaro Delgado, de la revista Proceso, en la crónica de un encuentro con Manuel Espino, ex presidente nacional del PAN, en 2008 cuando le regaló a Enrique su libro, Señal de alerta, sobre el lado sórdido del legislador sonorense Manlio Fabio Beltrones Rivera, le contestó: “La verdad es que no me gusta leer. Voy a pedirle a mis asesores que me hagan unas tarjetas con lo más importante”, arengó Peña.

De pronto, algunos “sicarios” informativos de Televisa parecen crucificar a Peña en algunos segmentos noticiosos. Lo mismo sucede cuando ocupan espacios en las páginas de diarios de circulación “nacional”, aunque la palabra sólo signifique que se editan en el Distrito Federal. La trampa radica en que se siga hablando, bien o mal y se resalten algunas cualidades del verdadero Golden Boy, como su apostura rígida, su “enorme” popularidad —ya luego las firmas encuestadoras darían en qué pensar—, lo bien vestido que va o lo bien que le sienta a La Gaviota el apodo de Primera Dama de la nación.

Y se desliza, como no queriendo, algún problema del Estado de México, alguna coyuntura que por allí aparece. Nada que no se pueda resolver con una declaración. Peña tiene razón cuando cree que una campaña negra se orquesta en su contra, aunque sabe que el principal promotor de ella es él mismo.

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