No puedo ver Nueva York

Miguel Alvarado

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Calza Converse, los zapatos más democráticos del mundo. Tiene cabello, un lujo para algunos en esta época de estrés y tirones. Posee tres cobijas y una caja para sus artículos, los que vaya encontrando o los que se imagine a la hora de la desdicha. Es joven y no está flaco. Le gustan los periódicos cuando nadie lee ni las honorables revistas pornográficas. No trabaja. El caso es que a Jesús lo crucificaron por poco menos. Debería tener temor de dios.

 

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Entonces caminaste por aquel panteón, con tu cámara que era la mía y te fijaste en la rugosa superficie de la muerte, pensando que qué interesante es la tierra, aun en el lomo de una cruz. Tú. Que eras mi niña también. Tomaste la foto y te fuiste feliz al ver que detrás de aquel símbolo había unos aros de acero que hacían juego con tu collar, armado con piedritas de río, del color de tus ojos.

 

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Los ojos de nadie recorren el estadio, mole encementada llena de rincones y se encuentran con otros ojos, también de nadie, que miran como en blanco, a través de un cuadrito de plástico, lleno de polvo y recuerdos. Pero ninguno se da cuenta excepto el niño, que con todo y que es rubio, tiene el alma más negra que todo el Azteca y sus 100 mil asistentes enajenados.

 

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Era oscura oveja de su familia pero todos lo querían porque, de noche, cuando se acostaban, les contaba cuentos que les ponían los cuernos de punta. Luego los dejaba ahí, temblando de miedo con la luz apagada mientras se preparaba un sándwich de jamón en la cocina penumbrosa.

 

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Pescadores en bicicleta recorren lagunas en tiempos de Cuaresma. Echan las redes y salen puros charales. Ya quisiera la Iglesia.

 

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La raya al medio le queda bien. Peinado con astucia, elige los árboles del lado izquierdo para hacer contrapeso con las áreas blancas, que le clarean la desvergüenza, no poder ver cuando mira. Se asoma al espejo y su imagen se hunde en el agua, donde morirá ahogado un día de estos, cuando el sol se encuentre en lo más alto, más arriba que la azotea de su casa, más, mucho más.

 

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Pesca porque no hay otra cosa que hacer. Luego mira el estanque y se pierde en sus aguas ennubecidas que le pasan por arriba de la cabeza y por debajo de las piernas. Estaría bien una muchacha que desabrochara sus pantalones y mirara adentro, sin pedir nada. Y mejor que no pidiera nada, porque no tiene nada que ofrecerle.

 

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Yo digo que hubiéramos caminado más despacio, porque ahora llegamos temprano. A veces no sé qué platicar con los demás y me quedo callado, como si empujara una bicicleta en el campo, por donde siembran y apenas se puede andar. Luego me molesta todo, como en aquel paraje cuando los moscos se abalanzaron sobre mí pero ninguno me picó. Lo que es la bilis.

 

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Las gordas ni estaban tan buenas pero teníamos mucha hambre. La señora de junto pedía órdenes de tres o cuatro y las terminaba cuando uno apenas daba la tercera mordida. Le ponía salsa, de la verde, y se enchilaba solita, con la sonrisa ennegrecida mientras su esposo, de sombrero y toda la cosa, le pedía el salero que estaba en el lado de nuestra mesa, junto a las aguas moradas y de tamarindo.

 

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Tus ojos contienen el sueño de la tarde, aunque reflejen las cortinas cafés de la casa en Autopan. No me había dado cuenta de que las cortinas son las mismas que pusimos en Metepec, por última vez, y que compramos un sábado que terminó al mediodía, cuando nos fuimos a la casa a dormir hasta que se hizo domingo.

 

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Para allá está el mar, lo gris, eso como azul. No se mueve. Te mueves tú, que vienes por vez primera y te quedas parado en la orilla, como si el animal de agua estuviera vivo. La próxima vez debes traerte un puño de pasto para que le des de comer al mar. Ha de tener hambre, porque si está vivo, algo debe comer. Yo no le doy nada porque un día me comerá a mí enterito y qué más quiere. Que no me pida.

 

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Detrás de toda buena comida hay una buena licuadora. La mía la compré en el mercado, un día de Semana Santa que ni supe cuál era. La cargó un niño hasta la parada del camión y me la entregó entera, de una pieza, muy brillosa. Desde entonces tengo la tentación de meter los dedos cuando está encendida. Los de otros, claro.

 

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¿Me escuchas? ¿Me escuchas? ¿Por qué tengo que seguirte por todo el mercado mientras haces que miras las ollas? Necesito el mantel grande para la mesa, porque tu hermano rompió el de nosotros. También la caja de cerillos largos porque con los chicos me quemo y el reloj de pared para no andar preguntándote todo el tiempo la hora. También el disco de Joan Sebastian donde canta en inglés, ay, está bien padre. Y mírame cuando te hablo, ni que fueras el pinche Jesucristo crucificado, así con la cabeza ladeada.

 

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El Farolito es la marca de unas veladoras que cuestan 12 pesos. Hay otras que valen 24 pero no valen lo que piden. Las de El Farolito dejan todo en penumbras y a las cosas les brota su verdadera alma, si es que la tienen. La casa cruje de maneras que nunca las había oído y teniendo en cuenta que es nueva tiene bastantes fantasmas, como debe ser en una casa que se respete.

 

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Caminas por el campo evitando los bordos y las subidas. Atrás va tu mujer con una mochila vieja o no tan nueva, y te pisa los pasos. Levantas mucho polvo porque no ha llovido y todo está seco pero vibrante, como ese rayo de luz en el agua estancada, que previene a los patos de la llegada de los cazadores, que evitan los bordos y las subidas y llevan una mujer atrás, pisándoles los pasos.

 

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Creo que ya no voy a meterme al mar. Nada más me hace pensar cosas que me angustian mientras estoy sentado en la orilla, con la cámara envuelta en plástico. A lo lejos se ve una roca muy pulida, muy serpiente y parece que ondea como la bandera de Venezuela, allá en Caracas, en una plaza oscura, oscura, mientras me dabas la mano, me abrazabas.

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