Estamos aquí…

* Toluca es un trazo simple surcado por calles azarosas, resuelta por sinapsis incompetentes de acerados estómagos. ¿Qué más daba un semáforo aquí, la banqueta más amplia, el circuito bicicletero o la terminal expósita en una orilla menos céntrica? Las psicomagias de Jodorowsky no proponen la venganza como actos liberatorios. Mejor una pelea, porque de abajo no nos bajarán, para resolver hasta el clima crítico o la cínica programación de La Comadre, una estación radiofónica que propone el mitote aunque sea la hora de las brujas.

 

Miguel Alvarado

La luz entraba por las ventanas y los asientos, raídos y desatornillados, parecían recién lavados en la nube de claridad que los envolvía hasta hacerlos oscuros, invisibles pero presentes, máscaras enanas de hierro bajo el sol de abril y el tráfico detenido.

Toluca es un trazo simple surcado por calles azarosas, resuelta por sinapsis incompetentes de acerados estómagos. ¿Qué más daba un semáforo aquí, la banqueta más amplia, el circuito bicicletero o la terminal expósita en una orilla menos céntrica? Las psicomagias de Jodorowsky no proponen la venganza como actos liberatorios. Mejor una pelea, porque de abajo no nos bajarán, para resolver hasta el clima crítico o la cínica programación de La Comadre, una estación radiofónica que propone el mitote aunque sea la hora de las brujas.

El chofer del urbano lo ha entendido bien. No conoce al psicomago pero sabe de madrizas. Un auto del gobierno estatal, en el Paseo Tollocan, se le cierra al viejo camión, semivació a esas horas del día. El conductor, apenas más joven que Messi pero sin talento para el futbol ni el suicidio, ha decidido embarrar su unidad en el trasto gigante. Encima, desconoce que Sara Montiel ha muerto en este día terrible y que la Dama de Hierro reventó, asustada porque sus pendientes ya la han alcanzado mientras afuera, en el viejo Londres de la represión, los revoltosos se reúnen a festejar. ¿Quién es esa Margaret que inmortalizó Hollywood en retrato de mujer prominentísima? ¿Por qué desean que descanse en paz? ¿Con cuál hierro atravesaba al mundo? ¿Por qué no descuartizaba el suyo? Pero Margarte no podrá detener la pelea, este 8 de abril del 2013, entre un asoleado camionero y un chofer del gobierno del Estado de México. Defienden ellos el derecho a pasar, al tránsito libre garantizado en la Constitución, a menos que una caseta en la México-Toluca diga lo contrario.

Nada, esta es la tierra de Enrique Peña, donde todos vivimos a todo dar. O mejor, es el territorio del gobernador que piensa en grande y que hasta su logotipo oficial es un plagio. La enorme “G” que Eruviel Ávila utiliza para publicitar su administración le recuerda al resto que ya es hora de que el gobernador deje de pensar. Lo hace bien, dicen los obtusos, pero es tiempo de la acción. Y aquí, la capital donde las ejecuciones y la inseguridad son cuestión de percepción según el manual de la alcaldesa Martha Hilda González Calderón, es escenario ahora de una lucha por la defensa del trabajo, la dignidad y la razón. Las de otros, por si cabe la duda.

Los choferes se miden. Airados, exclaman su parecer a los cuatro vientos mientras atraviesan las unidades en la calle, para tener más cancha en caso del madrazo artero. Ya informados de alturas y pesos y con un “¿muchos güevos, muchos güevos”?, dejan la comodidad de sus asientos, fortaleza y confort al mismo tiempo, y se miran con ojos de muerte, narices dilatadas. Un rozón en un auto, invisible además, puede conseguir más reacciones que un ataque nuclear a Washington.

En otro lado de la ciudad, Guillermo Fernández, el poeta asesinado, cumple un año archivado en los legajos de la PGJEM, mientras sus poemas son leídos a la espera de que los policías resuelvan el caso. ¿Cuál caso? ¿Acaso hay un caso? preguntan las autoridades, escandalizadas porque no sabían nada. A Fernández no le gustaba aparecer en público pero lo hacía gustoso cuando el espacio era propicio. Ahora está, sin más, en las palabras de otros, el reclamo de sus amigos, la lectura de sus lectores. Puede que la justicia tenga un costo, pero lo único seguro es que la ley ha encontrado tarifas y a Guillermo, como a tantos otros, todavía no le alcanza.

Así comienza ese round de sombras. El chofer del autobús amaga con bajar, pero apenas pisa el escalón, se regresa y recompone aquel gambito. El del coche, abajo, abre la puerta con el gancho imposible de su mano y la ciudad de Eruviel se estremece. Nada es aquí lo que parece. Aquí la gente se accidenta en grande y se rompe la madre, también en grande. De nada valieron los nuevos espots comerciales del sucesor de Peña. El camión y el auto son los macrocosmos pequeñísimos que dan forma a la mentira oficial y más, la integran sin sonrojo ni vergüenza al dogma, a los artículos de fe de la Liturgia de las Horas. Dichosos los pobres, infelices que no saben que no hay por qué sufrir.

El del auto revienta un “chinga tu madre” que escupe en los espejos retrovisores del rival y recorre el pasillo y la cabina, instalándose en la sordera de los pasajeros, que asisten gustosos al palenque gratuito asomados nomás en aquellos cristales luminosos. ¿Cómo llegamos a esto? Íbamos tranquilos, pasamos la Facultad de Química y estacionamos, todos un solo cuerpo, como lo dicta el Tao, frente a la escuela de Medicina. Allí nos entretuvimos con los aspirantes a doctores y su güeva fatal, en las escalerillas de la entrada, cuando todo se nos vino encima. Recordamos, con ese regusto bienintencionado por la tragedia de otros, al policía dirigiendo el tráfico y que se hizo de la vista gorda cuando el roce fatal sucedía. Vimos al hombre de las papas, que se volteaba sonriendo en cámara lenta, al escuchar el primer “..üevos”.

Y ahora estamos al borde del primer jab, en el epílogo casi muerto de una danza que enfrenta primero gritos y manotazos y luego la valiente cobardía que hace pensar en llaves de tuercas y pistolas, hospitales y panteones, cárceles, ministerios públicos.

El jab se negó a salir. Nunca apareció el juego de piernas del campeón de boxeo de los choferes de gobierno. La imagen de Cassius o de perdida Materazzi, dando el cabezazo mortal al argelino Zidane vivirá para siempre en nuestras cabezas, la febril imaginación, pero nunca en aquel camión que recorre el Circuito Tollocan todos los días, hasta que la chatarrización, el herrumbre lo alcance.

Los contendientes regresaron a sus lugares, decepcionados de su rival, creyéndose vencedores en la retórica estirada del albur, que esta vez salió marchito del puro espanto de la boca de los afrentados. Cada uno arrancó su nave al mismo tiempo. El del camión todavía tuvo la gentileza de echársela encima, cosa que agradeció el otro con una mentada desde el claxon, antes de dar la vuelta y dejar que el destino pasara de largo. Dos kilómetros adelante, en La Comadre se anunciaba que el Boca Juniors jugaría contra el Toluca en la Bombonera mexiquense.

– Pinches diablos, ya pa qué, dijo el chofer, quien encontraba la sonrisa en la mano de su compa, recién subido en la esquina de Fabela.

“Estamos aquí para desaprender las enseñanzas de la Iglesia, el Estado y nuestro sistema educativo. Estamos aquí para tomar cerveza. Estamos aquí para matar la guerra. Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos”, escribió Charles Bukowski y difundió la embustera interfase de Facebook.

Pero sí, para eso estamos.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s