Lluvia

* Y esa Buenos Aires, tan caminada, tan concreta, tan avenida los reúne en un Datsun sin cristales y muchos cigarros y los hace amigos. Al menos los presenta. Como de película.

 

Miguel Alvarado

Llueve. La revista Proceso quita de su portal la noticia sobre el presidente Peña Nieto, quien llama Juan Yin al premier chino Xi Jinping. Luego se supo que Huanjin significa “bienvenido” en chino. Pero Peña ha cometido tantos dislates que es imposible comprender sus pocos aciertos, como sucedió en aquel viernes de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, en el 2011, la Tarde de los Tres Libros, y que catapultó al entonces candidato del PRI, a simas abismales. Luego, Angélica Rivera llevaría de la mano a la esposa del presidente chino a conocer los foros donde Televisa graba sus telenovelas. “Ojalá seas más famosa que tu mamá”, dijo Peng Liyuan a una de las hijas de La Gaviota. Liyuan destaca por ser una de las mejores cantantes de ópera en el mundo, aunque posee una extraña debilidad por las truculencias de Emilio Azcárraga. Después, ya firmada una línea de crédito para Pemex por mil millones de dólares, la admiradora de la Rosa de Guadalupe y la estrella de Destilando Amor se dedicaron a acompañar a sus maridos, quienes caminaban plácidamente por Chiche-Itzá. Todavía algunos no creen del todo que esas pareja gobiernen México y China.

En el otro extremo de América, la maldita Buenos Aires libera en sus calles sus propias historias. Una mujer, dedicada a la escritura de horóscopos, recetas de cocina y retratos fen-shui, llega a su casa, un departamentito muy kitch que comparte con su marido. De pronto, regando sus plantas y quitándose el abrigo al mismo tiempo, se da cuenta de que aquella no es la vida que necesita, y que ni quiere. Así, ido el esposo al trabajo, toma algunas cosas y las empaca en la cajuela de su auto, en el que se va para no volver. Un cristal estallado y el robo de su estéreo fueron el detonante, dice entre antes y después. Cuatro o cinco años de nada la convencen pero su epifanía dura algunas calles. Nada dice que ella esté mal, sólo quien se fija en la manera en que aferra el volante entiende algo o lo sugiere. O los ajados Marlboro aventados sobre el parabrisas o el suéter peruano, tejido a mano con lana de la India. Lo mismo sucede con los 49 niños muertos de la guardería ABC de Sonora, quienes cuatro años después no encuentran justicia ni culpables. Nadie sabe que eso esté mal. Nadie se acuerda, hasta que ven las fotografías gigantes danzando por las calles del Distrito Federal, en la city. La marcha, para conmemorar las cenizas en las que está convertido el país no reencarnará niños, como sucede con los budistas tibetanos. Aquí la muerte es ceniza y los culpables se hacen humo.

Llueve. Toluca aporta su dosis de violencia cuando seis mujeres violadas cuentan su historia en la sala de Urgencias del Hospital Mónica Pretelini. Iban caminando rumbo a Chalma, en peregrinación campestre que involucraba oscuros corredores. Allí las violaron y golpearon a sus acompañantes, a quienes además robaron. Nada del otro mundo si también se considera un asalto al centro comercial Garis sobre Tollocan y a la docena de ejecutados en la entidad, en menos en una semana. Eruviel Ávila, amigo máximo de Enrique Peña según los diarios gubernamentales, enseña el músculo y se recibe con honores en la materia de Giras y Mítines mientras dos de sus policías de la SSC son ultimados en Sultepec. Uno de ellos, el comandante del grupo, fue secuestrado y torturado antes de morir. De pasada, 11 levantados en un bar del DF son buscados en el Estado de México, donde, se teme, aparecerán al mismo tiempo en varios lugares.

Pero cuáles mentiras. Si la lluvia en Buenos Aires apenas alcanza para un café con leche y para que algunos decidan vivir en sus autos. ¿Cómo, si no, cuando la vida se resbala por el cristal, el plástico y la banqueta y es el espacio revitalizado donde un congestionamiento vial sugiere no temerle a los cambios pero sí a la vida que pasa?

 

¿que pasa?

 

Allí, la mujer conoce a otro trásfuga inverso, porque regresa luego de años, a ver a su padre enfermo. Lo encuentra muerto o muy cercano ya al ahogo. Debe hacerse cargo de sus cosas y un departamento ocupado por un inmenso piano de cola lo sofoca como al pariente en el hospital. Y decide tirarlo por la ventana, por el balcón de un sexto piso para que se haga trizas. Total, niño de 43 años, casado y con hijas, no sabe qué hacer con el fantasma de su padre pero tampoco con él mismo. Y esa Buenos Aires, tan caminada, tan concreta, tan avenida los reúne en un Datsun sin cristales y muchos cigarros y los hace amigos. Al menos los presenta. Como de película.

Y tan cinematográfica es que hasta tiene actores. Muchos, pero son dos, uno, quien se lleva los créditos. Una tal Valeria Bertuccelli, como gota, retrata para esa cinta, llamada Lluvia, los desatinos de un encuentro que puede suceder en cualquier ciudad de LAmérica, pero no la gringa, tan adecentada que parece cuento de cine. La tal Valeria tiene 42 años y es, al menos en Lluvia, la mejor. Esposa del cantante Vicentico para más señas, consigue un retrato casi humano en un personaje desmoronado, fumador y ansiolítico que hace de su necesidad una especie de trampolín hacia abajo y se hunde con gracia manifiesta aferrada a la nube más alta. Es eso. Una película cursi, de cualquier forma, argentina pero sin acento que en el 2008 pasó por México como pudo, pero que ya a lo lejos toma otro aire, una sensación de tormenta.

Y mientras Valeria es feliz en su Datsun azul clarito, llora y se duerme con el volante en las piernas, en Toluca se espera la nueva película del zombie metrosexual Brad Pitt, que competirá con la supermanesca película del mago de lo inútil, Cristopher Nolan.

Y, claro, llueve.

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