El ejemplo de Adriano


“El hombre sabe que hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal…cree, sin embargo, que estos tintes, en todas sus fusiones y conversiones son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y de chillidos. Cree que del interior de un bolsista salen realmente ruidos que significan todos los misterios de la memoria y todas las agonías del anhelo”.

 

Rodrigo López Romero

Borges llamó al fragmento de Chesterton citado arriba el “acaso lo más lúcido que sobre el lenguaje se ha escrito”. A mí me parece imposible no pensar en la poesía, aquel arte al que hemos honrado y condenado al entregarle como dominio el lenguaje, esta materia compleja, vasta e interminable. ¿Es la poesía aquel conjunto de gruñidos y chillidos que buscan significar todos los misterios de la memoria y las agonías del anhelo?

El relacionar la poesía y textos de Saussure, Benveniste y Foucault es un proyecto que excede a este pequeño y torpe ensayo, pero también se ha dicho que una de las ventajas (o desventajas) de nuestro tiempo es que todos pueden dar su opinión. Intentaré, entonces, hacer algunas conexiones entre arte, lenguaje y poesía.

 

El espacio del lenguaje

 

El lenguaje, si recordamos a Foucault, aparece ante nosotros como un espacio, como la dimensión de lo posible y el ámbito del pensamiento. Y a la vez, aunque parezca contradictorio, como un no-lugar, como un espacio impensable e imposible, como el de la enciclopedia china del cuento de Borges o como el mismo Aleph, imaginado también por él. Sólo en el lenguaje podemos hacer ciertos acercamientos y metáforas, sólo en poesía Neruda puede decir: “… el mundo tiene olor a estrella”. Hemos entendido que el lenguaje no es, ni aún reduciéndolo al máximo, una mera clasificación o etiqueta. El lenguaje, recuerdo haber escuchado, es la realidad misma, el mundo en el que vivimos. “El nombre precede a la realidad”, escribe Octavio Paz. Si recordamos la Biblia, los hebreos sabían que la palabra había dado la existencia al mundo, al universo y al hombre. Lo que hace Adán es un acto secundario, humano. Es Dios quien hace nacer con la palabra.

 

Mutabilidad, inmutabilidad

 

La poesía lleva al lenguaje a sus límites, lo desarrolla y hace de él algo impensable y maravilloso a pesar de seguir sujeto a él. La poesía es capaz de romper el orden gramatical y su dominio. Aquellos conceptos de la mutabilidad e inmutabilidad del signo pueden aplicarse también a los poemas. Algunos se nos muestran como monedas extrañas; podemos percibir su brillo, pero su valor exacto se ha perdido para siempre. (La moneda es también una metáfora de la palabra y su situación de intercambio.) Si hoy leemos este fragmento de la “Profecía de Casandra”, extraída de la “Historia Troyana”: “¡Ay, qué coita, mal apresa, que m’acoita que me pesa de aquesta negra batalla!”, podemos recordar esa vaga nostalgia de Foucault (a mí me parece algo cercano a la nostalgia) al estudiar a las mujeres y hombres de siglos lejanos, sus páginas y el modo en el que sentían y construían su episteme. Nunca podremos leer ese poema como lo hicieron ellos hace cientos de noches, de años y de guerras.

 

Algunas ideas sobre la poesía

 

¿Pero qué es la poesía? Pierre-Jean Jouve escribe: “la poesía es el alma inaugurando una forma” y Bachelard también dice: “la poesía aparece… como un fenómeno de la libertad”. La poesía (y el arte) es un lenguaje único que nace de la experiencia individual, es un intento por revelar nuestra existencia, nuestra pertenencia a la tierra, como decía Heidegger. Es un acto de introspección. “We make out of the quarrel with others rhetoric, but of the quarrel with ourselves, poetry” (“Hacemos de las disputas con otros retórica, pero de las disputas con nosotros mismos, poesía”), escribió Yeats, el insaciable poeta y caminante irlandés. Borges describió en su poema Arte Poética a la poesía como una especie de rayo transformador, un Rey Midas del tiempo y de las desdichas:

Ver en la muerte el sueño, en el ocaso

Un triste oro, tal es la poesía

Que es inmortal y pobre. La poesía

Vuelve como la aurora y el ocaso.

Yo he encontrado en la poesía y en el lenguaje momentos en los que alcanzamos a vislumbrar una imagen mágica que parece brillar desde nuestro interior mismo, porque con los libros o los poemas uno construye y aporta una gran parte, la poesía es capaz de desencadenar fulgores inexpresables. También la tragedia de lo fugaz enmarca gran parte del sentimiento poético (al menos de lo poco que conozco), desde el poeta azteca que nos comparaba con pinturas que se van borrando, hasta Verlaine que recuerda tiempos pasados y llora, antes de ser llevado por el viento malvado del otoño.

La poesía es vista también como un canto. Shelley comparaba al poeta con un ruiseñor que canta para animar su soledad. Virgilio comienza su Eneida con: “Canto a las armas y al hombre…”. Hay también una líneas de Neruda: “He sido un largo río lleno / de piedras duras que sonaban / con sonidos claros de noche, / con cantos oscuros de día…”. El río, las aves, el canto, todo remite al fluir del lenguaje, de esos rumores y ruidos, (o gruñidos y chillidos) con los que Chesterton dice que queremos alcanzar los colores de aquella selva otoñal.

 

Heidegger y Hölderlin

 

Pero supongo que solo se pueden esbozar descripciones parciales sobre la poesía, aplicadas a ciertos poetas específicos. Heidegger lo hace con un poeta en particular en su ensayo “Hölderlin y la esencia de la poesía”, donde retoma el fragmento de una carta del poeta en la que llama a la poesía “la más inocente de todas las ocupaciones”. No olvidamos el final de Hölderlin en la locura. ¿Por qué es inocente la poesía? La poesía, escribe Heidegger, es inocente porque es un juego. Se escapa al compromiso de la acción e inventa su mundo de imágenes, en donde queda ensimismada. “Poetizar es por ello enteramente inofensivo. E igualmente es ineficaz, puesto que queda como un hablar y decir. No tiene nada de la acción que inmediatamente se inserta en la realidad y la transforma. La poesía es como un sueño…”. ¿Pero no ha habido, a lo largo de los siglos, sueños hermosos o terribles que han forjado el destino de mujeres y hombres, que han construido destruido ciudades y pueblos? ¿No hay algunos cuentos de Cortázar, como La continuidad en los parques, en los que la ficción se filtra en la realidad y la somete? ¿No decía también Calderón de la Barca que la vida es sueño? El lenguaje no es de ningún modo inofensivo. El lenguaje es poder y posibilidad. Es el peligro de los peligros como escribe Heidegger.

Se retoma otra reflexión de Hölderlin sobre el lenguaje. Al hombre, escribe, “…se le ha dado el albedrío y un poder superior para ordenar y realizar lo semejante a los dioses y se le ha dado al hombre el más peligroso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya, se hunda y regrese a la eternamente viva, a la maestra y madre, para que muestre lo que es…”. Entonces, la más inocente de las ocupaciones surge, se mueve y existe en el más peligroso de los regalos. El lenguaje “es el peligro de los peligros, porque empieza a crear la posibilidad de un peligro”. Lo más puro y lo más oculto, lo común y lo elevado, anidan en el lenguaje. La poesía, sugiere este ensayo de Heidegger, debe decir quién es el hombre, debe manifestar su propia existencia y su pertenencia a la tierra.

 

El ejemplo del haiku

 

¿Y cómo se manifiesta nuestra pertenencia a la tierra? Me gustaría citar un haiku de Yosa Buson, pintor y poeta japonés del siglo XVIII:

Tarde lánguida

Se aglomeran los recuerdos

En los haikus, la poesía es un ejercicio de salir al mundo, de sintetizar y lograr contener, en unas cuantas sílabas, una emoción o sensación completa. Es un estar ahí. A mí me parece casi un ejercicio fenomenológico. Aunque recuerdo algún texto de Ítalo Calvino que sugería que al escribir o enunciar algo, lo perdemos irremediablemente, así como para recordar hay que olvidar (el lenguaje existe desde la ausencia). El lenguaje instaura a la persona y al tiempo, así como el caso del “yo” que es uno y todos a la vez, que se reinventa a cada instante. Y ya que citamos un haiku arriba, cabe recordar que el haiku japonés evita el “yo”, centrándose en la experiencia y en el paisaje. Sin embargo, la persona del poeta queda siempre implícita. No se puede escapar al “yo”. “No sabemos cómo se ve un cuarto vacío”, dijo David Hockney en su documental “A bigger picture”. El yo siempre está presente. En los haikus recibimos una evocación con un mínimo de medios, como Polaroids poéticas.

Dice la tradición que el emperador romano Adriano escribió, en su lecho de muerte, un poema dirigido a su alma. Nada mejor que el lenguaje para preguntar, para adentrarse en un terreno prohibido para los vivientes, para agradecer y para consolarnos. El poema dice: “Amable y huidiza pequeña alma, huésped y compañera de mi cuerpo, ¿a dónde irás ahora, pálida, fría y desnuda, y sin inspirar como antes, alegría?”. O según las Memorias de Adriano: “Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño”. La idea es la misma, un salto al vacío. Todo lenguaje lo es.

 

Final

 

El lenguaje, entonces, nos hace ser sujetos, nos dota de individualidad, nos rodea y nos excede. Asumimos nuestro ser como existencia a través del lenguaje. Se me acabó el espacio de este ensayo y lamento no poder llegar a algo más concreto. Para acabar, hay una línea de Octavio Paz que me parece perfecta para ilustrar la labor del poeta por definirse a sí mismo, y la relación de todo sujeto con el lenguaje:

“Soy la sombra que arrojan mis palabras”.

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