El mundo otra vez

* Una pintura no se mira como se mira un tenedor o unos zapatos, el ojo habita un cuadro, se queda atrapado dentro de él. La pintura parece aparecer de otro mundo, es un mundo en sí misma, aunque aparezca una escena o un fragmento.

 

Rodrigo López Romero

Merleau-Ponty nos habla de mirar sin prejuicios, de mirar de verdad, con todo el cuerpo, como si fuera la primera vez, como si acabáramos de recibir la vista. Y es lo que hace la pintura, al enseñarnos a mirar, al hacer evidente. De repente, al mirar una pintura uno se da cuenta que nunca se había fijado en la forma de los cipreses o en el negro absoluto. La percepción es algo en lo que interviene el ojo, los sentidos, pero también la experiencia, el aprendizaje: no hay visión sin pensamiento.

La reflexión de Merleau-Ponty sobre la pintura me pareció increíble, nunca antes había pensado bien sobre el acto de pintar o el hecho de mirar una pintura. Y escribe de una forma muy poética. El mundo es un tejido y lo vamos hilando con nuestro cuerpo, que a su vez se queda dentro del tejido, porque todo lo que conocemos es a través del cuerpo, el mundo está en nosotros. Por eso, dice, la pintura es el dentro del afuera y el afuera del dentro. La mirada se anticipa, parece que el ojo escapa de nuestro cuerpo y sale a ver el mundo, se pasea por él para luego volver a nosotros.

Una pintura no se mira como se mira un tenedor o unos zapatos, el ojo habita un cuadro, se queda atrapado dentro de él. La pintura parece aparecer de otro mundo, es un mundo en sí misma, aunque aparezca una escena o un fragmento. “El arte es el mundo otra vez”, decía Botticelli y su Venus está ahí, pero al mismo tiempo tan lejos, en otro planeta, inalcanzable. Klee decía que el arte debería de ser como unas vacaciones; algo que le diera al hombre la oportunidad de ver las cosas de una forma diferente y al ver su pez dorado, brillando en medio de la negrura submarina, pensé que nunca había visto bien un pez dorado, sabía que esa figura alargada no era la forma precisa del animal, pero ahí estaba la presencia del pez dorado, de todos los peces dorados que hay: “La pintura se propone directamente despejar las presencias que hay debajo de la representación, más allá de la representación”, señala Deleuze.

La percepción y el cuerpo son esenciales para Merleau-Ponty; cambia el “pienso, luego existo” por “percibo, luego existo”. La esperanza en la razón y el progreso de la ciencia no dieron los resultados esperados. La ciencia, antes que ser la salvación, se volvió en un monstruo, cosa probada por las guerras del siglo pasado. ¿Cómo una disciplina que presume ser dueña del conocimiento puede permanecer en continua corrección y contradicción? Ya no podemos confiar en ella, no es estable sino voluble, cambiante y toma decisiones apresuradas de las que luego se arrepiente.

Descartes aporta mucho con su actitud de no confiar en lo ya dicho, porque nos permite librarnos de prejuicios y de ideas sin fundamentos, pero le da todo el mérito a la razón, y desprecia al cuerpo, como si fuera una simple cajita sin valor. Ahí es donde Merleau-Ponty reconcilia al cuerpo con la razón, y su idea de percepción es más equilibrada porque no podemos quitarle mérito al cuerpo, realmente somos nuestro cuerpo y no conoceríamos nada si no fuera por la percepción, porque no habría hilo para ese tejido del mundo que creamos.

Lo más encantador de la fenomenología es su interés por las experiencias y percepciones. Al contrario que otras ramas de la filosofía, no busca modelos de interpretación o sistemas en los cuales meter al mundo y a la existencia entera, más bien se preocupa de aclarar la mirada, volver a las cosas antes que intentar construir algo con ellas.

Algo de la duda de Descartes vuelve en la epojé, al desprendernos de los prejuicios e ideas que no provienen de nosotros. Pero ¿Será posible volver a las cosas mismas? ¿Limpiar nuestra mirada? La cultura nos ha llenado de lugares comunes, hay patrones de cómo debemos reaccionar ante las circunstancias, de lo que es cool y lo que nos debe volver felices o cómo se educa a los niños. Es como intentar pintar una rosa o un desnudo; el pintor debe olvidar todas las rosas y desnudos que ha visto, tratar de despejar su mirada y ver esa rosa como si fuera la primera vez que la viera, como si no supiera qué es lo que tiene enfrente. Por eso hay tantos clichés en la fotografía, conocemos cientos de fotos de caras cursis o las mismas tomas de la torre Eiffel. A veces lo ya establecido nos hace conformarnos, nos da la comodidad de la inmovilidad. En una exposición, Joan Fontcuberta decía que a veces parece que el turista sólo viaja para reconocer lo que ya ha visto en las postales y películas y no le interesa tener una experiencia propia; más bien rectifica la experiencia generalizada del lugar. Christlieb también habla de los turistas, diciendo que son ignorantes no por no tener acceso, sino porque se dedican a ignorar lo que tienen enfrente. Y dejando de lado a los turistas, que no tienen toda la culpa, así nos pasa a todos. A veces estamos atrapados en lo que hemos creído que deben ser las cosas, hacemos construcciones a partir de prejuicios y evitamos tener una experiencia propia. Una de las características de nuestra época es que todo está simplificado, cada vez nos esforzamos menos, en vez de leer un libro, leemos un resumen o vemos la película, y en vez de descubrir un lugar por nosotros mismos, compramos una guía que nos dice donde está bonito y donde sí se come algo auténtico del lugar. Creo que Descartes tuvo valor al hacer a un lado todo lo que era su universo, e imagino que debió de ser angustiante dudar realmente de la existencia, y más en esa época. Pero, ¿cómo iba a desarrollar todo su pensamiento si no tenía bien seguras las bases? Es como construir una casa, y también es de lo que se ocupa la fenomenología, de aclarar los principios.

Merleau-Ponty piensa en la visión, le obsesiona la visión, pero siempre pensándola desde el cuerpo: “la visión es el medio que me es dado para estar ausente de mí mismo, asistir desde adentro a la fisión del Ser, al término de la cual solamente me cierro en mí”.

Pero el cuerpo es vidente y visible, es cuerpo sujeto y cuerpo objeto, el cuerpo se reconoce a través de sí mismo, se ve viendo, se siente sintiendo. Cuando miramos algo, se produce un eco en nuestro interior, lo recibimos, y el pintor hace el trazado de ese mundo interno que es la pintura. Ahí hay una gran diferencia con la fotografía, la fotografía necesita de una extensión del cuerpo, un elemento ajeno y con naturaleza distinta, ya no se pinta con el cuerpo, ya no hay una comunicación tan directa entre el ojo y la mano, la fotografía miente porque el tiempo nunca se detiene, en la pintura hay un continuo nacimiento, la imagen no está tiesa. La pintura nunca quiso copiar la realidad, sólo que algunos pintores no lo sabían.

En “La obra maestra desconocida”, Balzac propone un ejemplo: si quisiéramos tener en nuestro escritorio un modelo de la mano de nuestra esposa, podríamos mandar hacer un vaciado idéntico, extraído de la mano real, o podríamos encargársela a un escultor. Si eligiéramos la primera, el resultado sería una mano tiesa y sin vida, mientras con la segunda, a pesar de no ser idéntica, percibiríamos más parecido, vida. Es algo parecida la frase de Giacometti: “lo que me interesa es la semejanza”. Merleau-Ponty nos da la imagen de Cézanne frente a su querida montaña, preguntándole qué es lo que la hace una montaña, qué unión de luces y sombras la hará aparecer de repente en su lienzo, y por eso la pintó tantas veces, porque estaba buscando la presencia de esa montaña, su aparición. “El color es el lugar en que nuestro cerebro y el universo se encuentran” decía, y Deleuze dice que el sistema de los colores tiene acciones directas sobre el sistema nervioso; y que la pintura es histeria, porque da a ver la presencia, inviste al ojo, pero eso que le hace al ojo es increíble, lo libera del organismo, hace del cuerpo entero un ojo, o nos pone ojos en todas partes, y entonces entendemos la duda de Bacon después de copiar el cuadro de Velázquez: él ha histerizado todos los elementos del cuadro, y lo ha separado de su realidad, lo ha insertado en otro mundo, pero ¿no estaba mejor esa histeria oculta en las pinceladas de Velázquez? Tal vez Bacon lo ha hecho evidente, lo sacó a la luz del día. La pintura descubre la materialidad, o la realidad material del cuerpo, dice Deleuze. A diferencia de la música, que desmaterializa, y hace pensar en todo menos en la presencia del cuerpo.

Merleau-Ponty critica a la ciencia, dice que manipula las cosas y que se niega a habitarlas, clasifica al objeto, anota sus características, pero no llega al conocimiento del objeto mismo. Trata al mundo entero como objeto de estudio, siempre fría e insensiblemente. “El arte es el árbol de la vida, la ciencia el de la muerte”, dice una frase del Laoconte de William Blake. “Generalizar es ser un idiota”, dice otra de sus frases. El conocimiento general acaba siendo prejuicio.

Las experiencias y las percepciones no pueden ser analizadas así, ni siquiera el arte. Igual que la psicología, la ciencia busca hacer clasificaciones, olvidar la individualidad y hacer reducciones.

Nuestra conciencia es el mundo, no podemos estar seguros de la existencia de muchas cosas, pero sí de las cosas que aparecen en nuestra conciencia; el objeto no existe sin la persona que lo contempla, y lo complejo es que se vuelven experiencias individuales, por más que los científicos lo digan no podemos ser clasificados tan fácilmente, un ser está hecho de tantas cosas, que al generalizar siempre se pierde. La fenomenología quiere llegar a la esencia pura, a eso que la ciencia no llegó.

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