Las garotas mais gustosas

* Y ese Diez negado para el equipo que tiene como líder a un vegetal debió pararse como pudo contra un ejecutante de conservatorio, torvo Fellini de lo imposible y que con dos escupitajos silenció la torpeza mexicana. Andrea Pirlo tocó el balón por encima de una barrera de gelatina y Corona, héroe chafa del Sensacional de Traileros aunque portero en otra vida, descubrió que Juan Salvador Gaviota es sólo un libro –muy malo pero muy tierno- y que no enseña a atajar tiros.

Miguel Alvarado

Maracaná significa pájaro. Ave del barrio de Río, que todo lo sobrevuela y que se entera de favelas y revueltas allá en lo lejano. Para el mundo es un estadio, aunque en realidad se llame Jornalista Mário Filho, en honor a un reportero deportivo del Brasil. En México, al saberse tal, se propuso cambiarle el nombre al Azteca y pronto la lista enternecía al más pintado, que ya miraba en letras doradas y todas mayúsculas al Enrique Bermúdez Arena, adornado con una estatua del locutor. Mientras eso se dirime, un equipo formado por puros mexicanos pisaba el pasto carioca que ya no se acuerda de Obdulio o de Arthur Antunes y risueño enfrentaba sus propias iras, el miedo disfrazado de lateral izquierdo y un contrato que lo reducía a monigote, aunque eso sí, bien pagado.

El antiguo juego del hombre no necesita de chícharos o ridículas mazas para supervivir. Habrá recompensa para quien logre que José Manuel de la Torre se siente a estudiar un rato a sus rivales, luego de que, acongojado, observara a la diestra mano izquierda del Brasil rechiflar a la presidenta Rousseff, una simpática gordita que ha llevado a su país las salinas enseñanzas de don Carlos. El Chepo -al margen de todo, entrenador mexicano- preparaba su estrategia contra el blanco azulado de la Italia menos fascista de las últimas décadas. Atrás quedaban los dictados poco menos que papistas de Franco Baresi o la ingenua trencita del Buda viviente apellidado Baggio, hábil y malo como Nereo Rocco con los espacios abiertos.

De la Torre lamentará toda la vida su chapucera incompetencia para encontrar un Diez, aunque no sea mexicano o de perdida dos asesinos al estilo de Carlos Muñoz o Miguel España. Aquel equipo de 1986 germinaba calladito en torno al capo máximo, Tomás Boy y marginaba al estelar y deshocicado Penta, campeón en Madrid pero acá en su patria rotundo enano mental. Y ese Diez negado para el equipo que tiene como líder a un vegetal debió pararse como pudo contra un ejecutante de conservatorio, torvo Fellini de lo imposible y que con dos escupitajos silenció la torpeza mexicana. Andrea Pirlo tocó el balón por encima de una barrera de gelatina y Corona, héroe chafa del Sensacional de Traileros aunque portero en otra vida, descubrió que Juan Salvador Gaviota es sólo un libro –muy malo pero muy tierno- y que no enseña a atajar tiros. Menos cuando se bajan las alas. Todo el silencio del Maracaná explicó en segundos que un arquero detuviera con la vista. Un vuelo sin manos ni decencia dibujó la exacta estatura de un goalkeeper mojigato.

Hernández, el Chícharo, sólo sirve para anotar, golpear la pelota. Y así, tan cosmopolita como lo permite Manchester, salió abrazado al medio tiempo del tal Andrea, a quien lo convenció de intercambiar camisas. Cierto o no, Pirlo fue tan amable como pudo. Y es que el último italiano que juega como los campeones mundiales de 1982 no puede darse el lujo de hablar español, al menos no en Maracaná ni con Balotelli, negro esclavizado por el deporte y que europeo se siente cómodo, lejano en la punta de sus icebergs, goleador divino protegido de Ashanti. Italia y México empataban a un gol y el foro global mediático celebraba la hazaña, a falta de flores o comidas rápidas y con la preventa de Pemex en Inglaterra que Peña Nieto adelantaba por internet. A nadie le importa el crudo cuando rueda la pelota. Tampoco a Carlos Salcido, férreo defensor cultivado en tierras holandesas. Decente como Cuauhtémoc y temeroso cual Moctezuma, eligió el término medio y cumplió, porque los italianos juegan al futbol como si fueran a la guerra y Salcido teme al futbol como si estuviera en la batalla. Así, aquel Fearman de tlacoyo declaraba al final que el representativo nacional había temido, y con la vara que medía a la oscura Concacaf, las sombras de Giuseppe Meazza y Luis Monti decretaron bocas erradas.

La Copa Confederaciones 2013 pintaba desde el inicio como una tragedia –meramente deportiva, socialmente inútil- que, singularmente, terminó en un antro, el Terma Centaurus, al lado de las garotas mais gostosas. Nueve de los seleccionados mexicanos, relata la prensa brasileña, estuvieron allí brindado sus mejores regates, sudando la camiseta, intercambiado números telefónicos. Y es Ipanema el castigo demente para hermafroditas en calzones rojos, que apenas desembarcados ponen el ejemplo a la torcida. Al final México perdía dos a uno contra la Azzurra pero faltaban novedosos capítulos en la novela futbolera del país.

Tres días después, el 19 de junio, el calenturiento equipo se olvidaba del tugurio y asistía más por inercia que por convicción a la ciudad de Fortaleza, para sacudirle el miedo al equipo brasileño en una versión que espantaría a Garrincha. Pero el partido estaba decidido hace meses y hasta el resultado se adivinaba en salones de apuestas. La verdadera guerra estaba en las afueras. Un alza al transporte en Brasil y otras lindezas ponían al futbol en último término. Más de 200 mil manifestantes salían a las calles y le mentaban la madre a sus gobiernos. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Luis García, facineroso comentarista de TV Azteca equivocaba la diatraba y llamaba revoltosos a los afectados mientras aplaudía detenciones policiacas cercanas al estadio. Fortaleza recontaba 40 mil “equivocados” que se enfrentaron duramente en el perímetro del Castelao, modernísimo coso que sin embargo no pagará la renta ni alimentos de nadie, fuera de la FIFA. Al grito de “más pan y menos circo”, los 40 mil cargaron contra los defensores del hambre legalizada y en segundos la avenida Alberto Craveiro trasmutó en romano coliseo. Adentro nada importaba. Los mareados mexicanos se hidrataban con gatoreids multicolor en busca de líquidos derramados, a 26 grados centígrados. El Scratch, dorado de mentiras, oro de los tontos, exponía al fodongo Neymar como su mejor carta. ¿Pero cómo? ¿Es que nadie lo ve? Apenas púdico, el joven astro del Barcelona, cuya recisión de contrato cuesta 200 millones de dólares, saltaba a la cancha con el Diez en su playera pero ni siquiera Leónidas da Silva, guerrero de 1938, se dignaba palomear. El estallido afuera coincidía mientras tanto con las alineaciones. Allí estaban los verdes, otra vez, con tantos años a cuestas y lecciones desperdiciadas y su Chepo usurpador, en traje fino de algodón, sudaba la gota gorda. Ni quién le hiciera caso. Ordenaba un par de cambios nada más por no dejar pero Corona y su mala defensa sólo aguantaron ocho minutos. Neymar, mago harapiento, fulminaba de volea un centro que sólo el aire y el Maza Rodríguez podrían acomodarle en el centro de su empeine. En fin. Es un juego, aunque parezca otra cosa y otros hagan bisne mientras Guardado toca la bola a la mitad de su inoperancia. Luego, escurridas las horas, otros dirían que éste ha sido el mejor partido de México. Tal vez, aunque nada justifica las tres pelotas mal tocadas por Hernández o las fintas de dandy que Giovanni dejaba morir nomás por abulia. Nada. El Costelao era resguardado por cientos de granaderos mientras otros miles lanzaban el lacrimógeno gas a los inconformes. Porque si Brasil gana, todo está bien. Y si México pierde, todo es normal.

Al final, un acto churrigueresco de Neymar, petardo pueblerino acostumbrado al halago, dejó dos defensores petrificados y casi con el pensamiento hizo a un lado al Fearman mexicano. Jo, que así se llama un altísimo delantero, solamente debió poner su Nike para meter el gol.

Entonces todo fue alegría. Los brasileños del estadio están felices porque su equipo clasifica y asegura más juegos en el torneo. Los brasileños de afuera somatizan su desgracia en redes sociales y violentas fotografías le rompen la cara a la sede del Mundial 2014. Los mexicanos, al menos esos futbolistas, alistan sus maletas y cobran los cupones que les dieron por visitas distinguidas, allá en Ipanema, al lado de las garotas mais gustosas, mientras la afición se cotorreaba a De la Torre que, falso o verdadero, pronunciaba sabiduría: “miren, lo importante es que tenemos salud”.

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