Una de monitos

* ¿Qué pasa en un mundo donde lo fútil, lo banal se vuelve modo ineludible de vida? ¿Por qué un cómic cuesta más que un salario anual para un maestro? ¿Por qué Neymar, el futbolista brasileño, genera más dinero pateando una pelota que millones de profesores en las aulas públicas o privadas? ¿Por qué se tasan así las actividades humanas? Nadie tiene la respuesta, ni siquiera el Hombre de Acero, quien por otro lado encontró su destino como mono-franquicia cuando los editores de la DC, en 1938, rechazaron su nombre original.

 

Miguel Alvarado

Digámoslo así. Supermán es un pobre muchacho con el superpoder único de no despeinarse, ni siquiera cuando cae a 10 mil kilómetros por hora y choca contra una montaña del tamaño de Toluca. Claro, es una película y todo se vale, pero la última costó 225 millones de dólares, nada mal si se compara con el precio pagado por el primer cómic del azuloso, un millón de dólares por un montón de monitos, y mal dibujados además.

Pero ese cómic, fechado en junio de 1938, fue el canal para expresar una paranoia que actualmente refleja con fidelidad la pasmosa cultura popular de los gringos y de gran parte del mundo. El cómic es un espejo de sociedades y momentos, pero también expresa ciertas taras, enfermedades mentales que a veces se confunden con actos heroicos o verdades universales inamovibles. Para los curiosos, la compra de derechos que el gigante Detective Comics ejerció para quedarse con las regalías supermanescas costó 412 dólares, que fueron entregados en tiempo y forma, en abril de 1938 a los pobrecitos Jerry Siegel y Joe Schuster. Luego, ese cheque fue cancelado y arrumbado en algún escritorio, pero el año pasado fue descubierto y subastado por 160 mil dólares.

¿Qué pasa en un mundo donde lo fútil, lo banal se vuelve modo ineludible de vida? ¿Por qué un cómic cuesta más que un salario anual para un maestro? ¿Por qué Neymar, el futbolista brasileño, genera más dinero pateando una pelota que millones de profesores en las aulas públicas o privadas? ¿Por qué se tasan así las actividades humanas? Nadie tiene la respuesta, ni siquiera el Hombre de Acero, quien por otro lado encontró su destino como mono-franquicia cuando los editores de la DC, en 1938, rechazaron su nombre original. José Luis Durán, uno de los dibujantes más emblemáticos de México, pero que curiosamente vive en Toluca, recuerda que el superzoquete había sido llamado Sansón, por el origen judío de sus creadores, quienes pensaban que en ese momento aquella comunidad necesitaba de ayudas hasta interplanetarias. Pero se consideró que no habría ventas y el nombre fue desechado. Sin embargo, se conservó la emblemática ese, que hasta la película del 2013 significó solamente “Super”. La última cinta del kriptoniano revela ahora que se traduce como “esperanza”.

Ah, qué jaladas, pero con ellas crecerán algunas despistadas generaciones que buscan significado en lo inmediato, las comidas rápidas, los videojuegos y quizás hasta dios y el internet. Mientras, lo que pretende ser una película sana, divertida y para toda la familia es, nomás para empezar, un escenario donde al menos mueren unos 30 millones de habitantes que se ven atrapados en la épica batalla del símbolo del bien y el general Zod, una especie de Supermán negativo a quien Kal-El le arrebata la posibilidad de regenerar la raza perdida del planeta Kryptón. Claro, los de Hollywood saben hacer esas cosas como ninguno. Son hasta mejores que el ejército norteamericano o los granaderos aztecas en 1968 y años subsecuentes, en aquellos de amontonar cadáveres y reducir a escombros la moderna Metrópolis, una babel de acero ideal para el goce de la destrucción. Algunas escenas recuerdan los aviones atravesados en el WTC, en el lejano 2001. Y así, colocado el contexto de la revancha y los ideales, los gringos y su mundo feliz están más que listos para observar la película.

La infancia de Supermán es la de cualquier chico buleado (del verbo bulin, estar chingando al prójimo, pero estudiante), aunque los sabios consejos de su padre lo orientan para que escoja el camino de la decencia. Para el chico Kent deveras que debió resultar difícil convivir con esa extraña versión que el director Christoper Nolan hizo de Jonas Kent, pues lo dota de una característica harto común: la estupidez rampante.

Y es que el señor Kent le regala al confundido superchico perlas de sabiduría dignas de cualquier empresario mexicano, como aquella donde lo regaña por rescatar un camión escolar, por supuesto lleno de niños.

– ¿Y qué se supone que debía hacer, dejar que murieran todos? – le grita Clark.

– Bueno… pues… tal vez sí – contesta demasiado budista el actor Kevin Michael Costner, quien de paso encuentra la peor interpretación de su larga y cuestionable vida cinematográfica. Clark abre los ojos como platos, pues ni siquiera ese niño-actor estaba preparado para un guión hitleriano, que cuadros más adelante encuentra el pretexto perfecto para sacrificar una vida, afortunadamente la del buen Kevin, cuando un tornado categoría F-5 se aparece así, de pronto, como auditor de Hacienda, en la carretera más transitada de Villachica, a las 5 de la tarde de un domingo de fiestas populares. Todos encuentran resguardo, afortunadamente, excepto el perro de la familia Kent, que torpemente se atora entre los asientos de la camioneta donde viajaban. El padre, Jonas-Kevin, se ofrece a rescatarle a sabiendas de que el regreso al improvisado refugio será poco menos que imposible. Superchico se encuentra muy ocupado cargando heridos sin que se note que para él es lo mismo llevar dos cuerpos que ropa interior de algodón, pero literalmente se hace del baño –se caga, pues- cuando voltea a ver a su padre, parado junto a la camioneta y el perro, con la pierna rota, a dos metros de una megatormenta salida del SyFy Channel. Para un chico como Clark, aquella distancia podría recorrerse en dos segundos, suficiente para tomar una malteada, hacer el amor con su novia o aprender chino-mandarían, según la chafísima mitología del Hombre del Mañana. Pero no. El heroico padre, que ha cambiado su propia vida por la de un perro cochino, malagradecido y además mal actor, le dice que no revele sus poderes a pesar de que puede salvarlo. El superhombre se pasma cual Feisbuk en una noche de lluvia o una mañana de sol o una tarde de viento. No se le ocurre que puede usar su supersoplido o arrojarle un pedazo de superuña para alejarlo del peligro. No. Nada. Cero. El tornado F-5 envuelve al padre con la gracia de Baryshnikov y lo desintegra a golpe de ventosidades.

Fuera de estos pequeños dramas cotidianos, a Supermán no le va nada mal. Tiene un traje que es la envidia de las personalidades de la revista Caras. Por lo visto, no necesita dormir ni comer, así como tampoco trabajar. Si lo hace, elige cualquier bar de carretera, para que nadie lo identifique aunque no puede evitar que de vez en cuando le llenen la cara con cerveza.

La película, en general, es patética hasta que llega la hora de los madrazos. Entonces sí, todo cambia. Edificios cayendo hasta para arriba; los malosos atravesando enormes complejos industriales; drones disparando bombas casi nucleares; frases bellísimas en boca de los miserables seres humanos y Luisa Lane cayendo una y otra vez desde alturas megalíticas sólo para que su héroe la rescate, evidentemente peinado con el famoso gel Moco de Gorila, pues ninguno de sus rulos aparece fuera de lugar.

Si Supermán representa al Imperio y a Walt Disney es algo que de momento no interesa. O que si el general Zod es la reencarnación del Ché Guevara mezclado con el doc Karl Mengele, tampoco, porque la película junta 21 millones de dólares cada 48 horas, de los cuales a México no le tocará un solo centavo. Tampoco los actores son recordables, excepto Amy Adams, quien encarna a la reportera de El Planeta, pero nada más por bonita.

De todas maneras Supermán, el Hombre de Acero, es una historia ampliamente recomendable para quienes todavía creen que Enrique Peña no venderá Pemex o para los que suponen que el Piojo Herrera no será el relevo del Chepo de la Torre en la selección nacional de pambol, luego de aquella gira por Brasil que terminó en uno o varios tubos de un congal de Ipanema. Envidia, claro que sí.

Anuncios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios.

Comments RSS TrackBack Identifier URI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s