América para los chilenos

* Está el Supermán sentado en la silla del Kremlin, allá por 1955 ó 1956, no recuerdo bien. El caso es que todos le dicen “camarada” y le hacen reverencias, al estilo más hierático de la Nomenklatura. Esta escena, entre imaginada, pintada y publicada, pertenece a la historia de Red Son, que se le ocurrió al escritor Mark Millar en el 2003, más conocido por su miniserie Kick-Ass, una sangrienta broma acerca de un superhéroe sin superpoderes que se anima a enfrentarse a gángsteres e iluminados.

 

Miguel Alvarado

Es que es difícil, aunque no tanto. Un hombre sale corriendo de su casa. Busca ayuda con desespero. En sus brazos carga el cuerpo de un niño de tres años, desangrado de la cintura para abajo, luego de un metálico abrazo en las fauces de una cortadora. El hombre tiene las ropas sucias de tinta, como si trabajara en una imprenta pero el atuendo del niño está limpio, sólo la sangre le otorga los colores del atardecer. Todos los rojos en una sola mancha que se escurre por el pantalón de mezclilla y le amanecen y le anochecen al mismo tiempo en un goteo que la acera registra en exactísimos regueros cada dos centímetros. El hombre se detiene. Deja de gritar. Un médico en blanca bata le hace señas para que se acerque. Un hospitalito le envía los guiños terribles de las lámparas afuera, apenas aluzadas en la moribunda fortaleza de las ceras. El hombre no puede más. Cae de hinojos mientras el médico corre hacia el niño. Lo toma en sus brazos, pero una pierna casi desprendida le ordena moderación y camina entonces, casi mareado, por el camino esmeralda de aquella luz final. Las puertas del hospital se cierran por un momento y llueve. La muerte apenas comienza.

Eso es México. También parece un cuento de Bulgákov. Pero es un escenario en San Felipe del Progreso, Edomex, al que solamente le falta la música incidental. El niño, para terminar la historia, muere debido a la pérdida de sangre y el padre regresa al trabajo luego de dos días de luto y borrachera que durarán toda la vida, incluso más.

Aquello no pasaría en el mundo de DC Comics, sobre todo en una historia ambientada en la Unión Soviética.

Está el Supermán sentado en la silla del Kremlin, allá por 1955 ó 1956, no recuerdo bien. El caso es que todos le dicen “camarada” y le hacen reverencias, al estilo más hierático de la Nomenklatura. Esta escena, entre imaginada, pintada y publicada, pertenece a la historia de Red Son, que se le ocurrió al escritor Mark Millar en el 2003, más conocido por su miniserie Kick-Ass, una sangrienta broma acerca de un superhéroe sin superpoderes que se anima a enfrentarse a gángsters y pandilleros.

En Red Son, Millar reafirma su capacidad de narrar, a pesar de él mismo, y supera con creces su epilepsia. Debe dar gracias a Dave Johnson y Kilian Plunkett, que hicieron de un superhéroe una pequeña obrita de culto y pusieron de su lado el verdadero significado del rojo. Como comunista, aquel Supermanito leninista deja mucho qué desear. No es que sea un militante de ultra-izquierda o que no haya leído El Capital, sino que se comporta exactamente lo mismo que si hubiera nacido en Nueva York, o en la ridícula Villachica de Kansas. Y ese es el milagro que logra Millar. Explicar, con manzanas, en este caso con monitos, que los gringos son la misma cosa vomitiva que fueron los soviéticos… su sistema, pues. Porque la vida transcurre tan parecida que da lo mismo Chomsky que Fukuyama, al menos en esa imaginería.

Red Son, entonces, tiene la sensatez de representar a los yanquis como hordas nazis lideradas por el genio maligno de Lex Luthor. Puro realismo. Nada es más simple cuando los lúgubres afectos de la globalización encuentran en el pelón más avillanado una explicación a la Guerra Fría pero también a la imposible necesidad de expansión norteamericana, que ya saborea la conquista espacial o de perdida una épica batalla contra marcianos o lagartijos.

En fin, esa versión de Supermán transforma todo como si él fuera origen de una bondad o justicias inherentes. Y si los soviéticos fueron los malos durante 50 años, nomás porque sí, ahora se encuentran en el otro extremo, también, nada más así, de botepronto. Quien lee monitos y novelas gráficas se acostumbra a encontrar similitudes con el entorno, aunque se trate de una lectura claramente de evasión, de ocultamiento y que proporciona menos de 25 minutos de superchaquetas mentales y físicas, imaginando sin una sola referencia concreta, chapoteando en los manglares de un desenfreno inútil por ocioso. Y luego Supermán. Es decir, un tipo con los poderes de dios o de Buda o al menos del átomo todavía es capaz de superbajezas tales como ordenar un desfile militar con cuetes y toda la cosa o de discutir por el amor materno o de quién ama con todos los desos al defenestrado Joseph. Claro, entre una y otra se da tiempo para salvar un tren o socorrer a mineros atrapados en la punta más alejada de Siberia.

¿Qué hace entonces que el Hijo Rojo sea una exquisita novelita, apetecible por todos lados? Bueno, la sensación de que se está leyendo una crónica acerca del PRI y sus peñanietos, sus fraudes y los intentos por conservar el poder público a costa de cualquier cosa. Y también los intentos de sus rivales, los amorosos desaforados, por revelar toda clase de artimañas y triquiñuelas. Una historieta escrita para los anómalos norteamericanos, ambientada en Moscú, más gris que los cielos de San Felipe del Progreso, y que encuentra repercusión, malsana y malaonda, en algunos extraños circuitos que la ligan con los pobres mexicanos. Y no es que los moscovitas no tengan la importancia de Tenochtitlan o Temiztlán, pues de hecho la pobre ciudad –la otra, la rusa- pierde en la comparación de heroísmos aunque no en la historia efectiva. Moscú es la fortaleza negra de un poder incomprensible para el ser humano, pero Washington es cuna de los hombres que pueden detenerlo, aunque no sea necesario. Lo curioso rodea el libelo de Millar y ofrece ejemplos de desenfreno cuando afirma que el mundo se polariza. México es comunista y en el orbe sólo quedan dos naciones capaces de hacer frente a la amenaza rusa. Los gringos, como salvadores del bien común y Chile, el pequeño pero largo país latinoamericano que ha superado hasta el nacimiento de Salvador Allende.

No importa lo que se diga, sino cómo se diga, dicen los filósofos del tlacoyo y los tamales. Y a veces tienen razón, especialmente cuando no hay nada de qué hablar. Red Son es tal vez la mejor historia escrita para el móndrigo Supermán, que por una vez en su vida ha sabido lo que es trabajar para el bien común sin destruir ciudades enteras o provocar cósmicos cataclismos.

Y sí. América para los chilenos. Y Chile para los norteamericanos.

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