Las clases medias y la disputa por la Nación

* Con escaso genio, Vicente Fox habló de programas y políticas que le permitieran a los mexicanos hacerse de un “changarro y un vocho”, mientras que Calderón ofrecía, menos burdamente, “vivir mejor”. Peña Nieto, ahora, propone insertar mayormente a la nación en la economía mundial para participar de su riqueza.

 

Jorge Hernández

Desde la primera semana de junio arreció la embestida ideológica del régimen en busca de mayor reconocimiento y legitimidad, presumiendo el crecimiento de la clase media en alrededor de cinco millones de mexicanos durante la primera década de este siglo. Anteponiendo que la cifra deriva de un estudio enfocado a conocer precisamente el número de clasemedieros mexicanos, el INEGI, instancia encargada de la investigación, relegó a segundo plano que el número de mexicanos que conforman la “clase baja” –“no de pobres”, según explicó- es de 66.4 millones de connacionales.

También minimizó el dato según el cual en México se cuenta con un millón 340 mil personas de “clase alta”, esto es, apenas el 1.7 por ciento de la población.

Más allá de las cifras, que pueden ser ciertas o no, la información se enmarca en el debate ideológico entre la clase en el poder y quienes buscan darle un giro al rumbo que lleva el país. Por lo mismo tiene un propósito, evidente para algunos pero velado para otros: convencer a la población sobre el nuevo evangelio del sistema y del régimen: la economía de libre mercado funciona y la democracia le es inherente.

Pero si este evangelio es relativamente nuevo, en el fondo los fines de la clase en el poder, esa alta burguesía mexicana que el INEGI identifica como la “clase alta” de su estudio, no han cambiado. Lo que busca es perpetuar el estado de cosas en el que la maximización de la ganancia es el principio rector, aunque ahora cediendo en algunos frentes, como el de la distribución de la riqueza para hacer creer a muchos que el sistema es bondadoso y tiene “rostro humano”.

Es el credo de los últimos tiempos, una mezcla pretendidamente inocente y bien intencionada entre la doctrina liberal y la socialdemócrata que pone como ejemplos de superación del tercermundismo a naciones como Brasil y Chile entre los latinoamericanos, y Corea entre los asiáticos.

En México, con la derrota electoral del priismo en el año 2000 y el ascenso del panismo al gobierno federal, se redefinió la doctrina del poder para poner al frente como propósito del Estado la liberalización de la economía para generar riqueza y que ésta se redistribuyera por las propias bondades del sistema.

Con escaso genio, Vicente Fox habló de programas y políticas que le permitieran a los mexicanos hacerse de un “changarro y un vocho”, mientras que Calderón ofrecía, menos burdamente, “vivir mejor”. Peña Nieto, ahora, propone insertar mayormente a la nación en la economía mundial para participar de su riqueza.

Desde su posición no lo dicen abiertamente, pero suponen que lo entendemos: la economía de mercado es creadora de riqueza y cuenta con mecanismos propios para distribuirla lo más equitativamente posible, generando a la larga grandes sectores de clases medias que a su vez, merced a su poder de compra, se convertirán en su principal motor.

De nueva cuenta, Chile y Brasil serían el ejemplo más cercano, con varios millones de sus habitantes hoy felices clasemedieros comprando a diestra y siniestra, como si mañana mismo el mundo se fuera a acabar.

Pero quienes sí lo dicen abierta y alegremente son sus ideólogos, los de siempre (Krauze y su corte) y los nuevos (Castañeda, Camín y los del grupo Nexos), incluso los advenedizos menos brillantes pero más insistentes (quienes tal vez sean, por cierto, los más escuchados y creídos), agrupados en el diario Milenio y el programa de televisión Tercer Grado.

La propuesta más precisa y detallada la formularon en 2009 los mencionados Jorge Castañeda y Héctor Aguilar, en el ensayo “Un futuro para México”. Sin rubor alguno, muy lejos de su pasado “izquierdoso” dijeron: “para construir la sociedad de clase media que queremos, hay que crecer. Para crecer, hay que liberar la excepcional y legendaria vitalidad de la sociedad mexicana, quitándole los candados impuestos por la concentración de poderes fácticos de toda índole. Para obtener los recursos, las oportunidades y los mercados necesarios para desmantelar el viejo corporativismo mexicano hay que insertarse con ventaja en el mundo. Para asegurar que el crecimiento consiguiente se distribuya mejor que antes, hay que construir una red de protección social del siglo XXI para todos los mexicanos, y ofrecer una educación del siglo XXI para los niños y jóvenes. Para brindar a todos la seguridad pública sin la cual toda protección social es ilusa, hay que construir los aparatos de seguridad pertinentes. Y para tomar todas estas decisiones, hay que dotarnos de instituciones que permitan tomarlas”.

Como si fuera poco, incluso llamaron a una alianza política que la enarbolara en las elecciones del 2012: “la base social que aspira a mover esta agenda es clara: la creciente clase media mexicana, vieja y nueva, que requiere desesperadamente un horizonte de expansión. Las condiciones políticas para poner en práctica esas ideas son también claras: la existencia de una coalición que en el 2012 pueda identificarse con esta agenda, la plantee con transparencia al electorado, y lo convenza de ello. Sobre advertencia no habrá engaño, ni malentendidos: se ganará o se perderá para algo, no sólo porque sí”.

Ni qué decir que la alianza se dio y hoy, desde el celebrado “Pacto por México” empuja las reformas que harán posible ese “futuro”.

El comunicado del INEGI con el que se informa de este crecimiento de la clase media, en este contexto, les daría la razón. Confirmaría que “vamos bien” y tenemos “futuro”.

Bajo esta perspectiva, la izquierda tendría muy poco por hacer, salvo sumarse y “anteponer sus intereses personales y de grupo” a los de la nación y todos los mexicanos.

De la clase baja y los pobres ni hablar, son los efectos colaterales del sistema que, claro, nadie ha dicho que sea perfecto; de la democracia efectiva tampoco, que la estamos consolidando y sí funciona; de las riquezas y patrimonio de la nación, menos, al fin que vamos a cambiar la Constitución; de las protestas en Brasil o Turquía digamos que son, precisamente, las clases medias que demuestran vitalidad.

Pareciera, entonces, que han ganado el debate. Pero preguntémonos, ¿lo han ganado?

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