Vivir en Facebook

* Brad Pitt rescata al mundo desde un horizonte de mínimas posibilidades. Se salva por guapo, pero también por persistente y está dispuesto a ejercer de zoquete. Concluye, sin ser médico o científico, que la plaga ignora a los enfermos y baldados. Incluso los muertos discriminan. Así, se inyecta una suerte de ébola colosal o tifo supersalmoneico y entonces le sucede el milagro de la invisibilidad. Hasta aquí todo se cumple. Nadie sabe por qué, sólo que allí está, que ha pasado. Así que volverá a suceder. Pobreza, miseria, desigualdad, ignorancia.

Miguel Alvarado

Estaba el Brad Pitt sentado en el asiento de su avión, dormitando un poco. De pronto se despierta y observa que la nave se ha despedazado y sus restos esparcido por un campo, escocés para mejor referencia. Así, se peina su melena rubia y se acaricia la barba, como queriendo desperezarse. Entonces se da cuenta de que está atravesado por una especie de punta de acero, aunque milagrosamente no sangra. Luego se suelta del asiento y cae unos 7 metros. Se da un madrazo que nada más lo empolva, y que lo obliga a usar 30 segundos de su vida y de las nuestras para mirarse al espejo. Alguien lo ayuda y lo lleva a su destino, donde despierta tres días después, hasta con los dientes limpios.

Así es la película World War Zombie, una especie de apología a la personalidad de aquel actor, que además es productor ejecutivo y pudo darse el legítimo lujo de aparecer en todas y cada una de las escenas, por más de dos horas. Eso, y que los zombies son hordas que, dicen unos, representan al pueblo oprimido pero ojete que no está de acuerdo con nada, es la esencia de la trama.

World War Z fue un libro escrito especialmente para la pantalla grande por Max Brooks en el 2006, un fulano dedicado a la bestselerología. Se lenguaje llano y sin matices, sin profundidad ni capacidad literaria, cumple con creces como remedo de lectura. Contiene tanta calidad como una edición del TV y Novelas o una columna de Pepillo Origel en El Sol de Toluca.

Pero en este caso no importa lo que se diga ni cómo se diga, sino cómo se vea. Y Brad Pitt se ve realmente bien, a pesar de la reciente operación mamaria de su esposa Angelina Jolie, que para prevenir se quitó –o algo así- el busto. Queda claro que la intención de hacer cine es generar dinero y luego, tal vez, entretener. Los mensajes están más que entendidos. Uno de los mayores patrocinadores de cintas en Estados Unidos es el ejército, eso hasta los Simpson lo saben. ¿Hay un mensaje que deba ser descifrado? ¿Qué nos envían los Illuminati o el Club Bilderberg, mágicos cirqueros de la ciencia pop? ¿Podrá el History Channel hacer una saga zombi y pasarla sin miramientos durante los próximos cuatro años? ¿Tenemos que ir al cine a ver zombies despechados, que no son otra cosa que personas furiosas con aquellos afortunados que, ya por casualidad o por sus links gozan de una situación distinta, no mejor, pero al menos diferente? La respuesta, nada más por tres o cuatro escenas y la frase de “la ciudad de México es pérdida total”, es sí.

Cumplidora con los efectos especiales y con la ONU, a la sazón salvadora de lo que queda del ridículo –valga la redundancia- país en el que convierten los no-muertos a Estados Unidos, la película está mejor, sin embargo, con un vaso gigante de palomitas y unos hot-dogs. Pero no busquemos comparaciones, aunque si lo hiciéramos se podría referir más claramente a la subcultura de Facebook y las redes sociales. Los cadáveres andantes no tienen vida y no la generan, al menos en el sentido estricto, porque el contagio que portan les permite moverse. No comen ni beben. No defecan ni tienen sexo. Dan traspiés en la supercarretera de la muerte, en estado vegetativo, en espera de un estímulo, algo que se mueva o haga un ruido para ponerlos en movimiento, descontrolado, furibundo. Facebook aplica algo similar en los usuarios de la red, que consumen una de las más ingentes cantidades de información inútil, literalmente inservible. Facebook y su parte zombie se preocupan por el canal, que no lo cierren, que no cobren, que no bloquee, pero no por lo que transita allí. Al principio parece la mar de ingenioso y hasta algo filibustero, pero no es más que un loop, un electrónico ritmo determinado, roto a veces por una noticia, el hecho singular que finalmente es absorbido. Se recuerda lo inútil, lo fácil. Se crean tendencias. Hasta hay un rating que indica lo más popular, no lo necesario. La vida virtual es el reflejo –no puede ser de otra forma- de la realidad que nos toca y poco a poco confunde a los usuarios, preparados y listos para que alguien los entretenga. Así, la inmovilidad es un paradigma zombie pero también el nervio frenético. Ante esa sinrazón, Hollywood opone la buena suerte, la gallardía, una inteligencia basada en observaciones milisecuenciales y, también, una fuerte dosis de estupidez heroica. La necesidad de salvar al mundo, al hombre de algo que no es una percepción, sino que está allí nomás porque sí, equilibrio siniestro o danza de la muerte, es visto como el deber de cualquier gringo, aunque ya es incluyente. Hasta brasileños aportan su grano de arena desde departamentos marginales con dos piezas y cuarto de aseo.  ¿Y por qué salvar si no hay nada de qué preocuparse? El peligro de morir, de ser esclavizado, del hambre, el desempleo y otras lindezas es un lugar mental que se desarrolla desde los años de la escuela. Todos programados para matar o ser matados. Aquel que reprueba, por ejemplo, es condenado a la infamia de la incapacidad, de los despojados. Tal vez el réprobo sea un rebelde que no está de acuerdo con lo enseñado, pero no tiene forma de expresarlo porque en la escuela no se aprende a comunicar y la reflexión es apenas imágenes que, entre otros medios, el cine se encarga de dar consistencia.

Los zombies reprobaron. Fueron excluidos. Son la mayoría, y aun en su estulticia ejercen una labor. Si los hombres pican piedra, presionan teclas, refrescan pantallas, llenan botellas, cosen balones, juegan futbol, roban erarios, los monstruos dan vueltas. No hay diferencia.

Brad Pitt rescata al mundo desde un horizonte de mínimas posibilidades. Se salva por guapo, pero también por persistente y está dispuesto a ejercer de zoquete. Concluye, sin ser médico o científico, que la plaga ignora a los enfermos y baldados. Incluso los muertos discriminan. Así, se inyecta una suerte de ébola colosal o tifo supersalmoneico y entonces le sucede el milagro de la invisibilidad. Hasta aquí todo se cumple. Nadie sabe por qué, sólo que allí está, que ha pasado. Así que volverá a suceder. Pobreza, miseria, desigualdad, ignorancia.

Nada más falta que los zombies exijan derecho al voto y un equipo de futbol para legalizar el trueque. Vivir en Face es más divertido, por lo menos.

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