Sobre el arte y la bohemia

* La bohemia es el sueño que no hay más que vivir para ser un artista, que todo lo que se toca es invaluable, como si el mundo fuera tan fácil. Como cuando los niños dicen “quiero ser futbolista o diputado”. Pero algunos de estos jóvenes, en medio de su sopor de alcohol barato y cigarros encontrados se sienten con las energías de un Miguel Ángel y el poder de improvisación de Picasso.

 

Rodrigo López

Modigliani pintando a una mujer pelirroja en su cuartucho de París, sus ropas gastadas de viejas, sus movimientos frenéticos, su aliento alcohólico.

Toulouse-Lautrec viviendo en un burdel, él que es miembro de la nobleza francesa, exiliado con las damas de la noche y del placer por voluntad propia, dibujándolas con una extraña mezcla de cariño y frialdad.

La pintura como el torrente sin fin de las emociones y los deseos más exaltados, la vida como un constante descubrimiento, el aquí y el ahora, el rechazo de la cultura material y de las convenciones sociales. El artista es un ser dotado que fastidia por sus ganas de escandalizar, que se ama por su obra.

No, no, no, dejen esa visión romántica del arte. Eso pasa en las películas.

Y en las escuelas de arte.

Quizá en la facultad de Ingeniería beban para olvidar las presiones de tantos números, tal vez en Ciencias Políticas para acostumbrarse a resistir los discursos de su profesión, y en las otras porque se es joven, o ya no tanto, o quién sabe. En una escuela de artes o humanidades el cliché, la leyenda, toma forma. Así como lo vio en la tele.

Un famoso poema beat (ellos también se sentían bohemios) dice: “he visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”. En este caso no se trata de las mejores mentes, y en algunos casos alguien podría decir que no había mucho que destruir. Pero sigamos. Cuando uno ve a un estudiante ebrio, uno no se imagina que lo haga por amor a su carrera, que lo hace para que las ideas de futuros y grandiosos proyectos germinen en él. Es como cuando los adolescentes fuman para parecerse a las películas de los cincuentas.

Si un animal cae en una trampa, probablemente aprenda una lección. Si un humano se equivoca, piensa que quizá fue por el día, alguna situación paralela, o algún fallo en los cálculos. Pero en resumen no deja de hacer lo que estaba haciendo a menos que algo lo aterrorice, como despertar en falda en medio del bosque o mirar a los ojos a Elba Esther. Se sabe que la juventud tiene pretensiones y los estudiantes de artes o humanidades no son la excepción. Ahora, no se trata de perpetuar una mala imagen que tienen esas disciplinas, sino de ilustrar los motivos de fuerza y heroísmo que los mueven a semejantes cosas. Igual en todos lados hay quien tome, no vamos a fingir que sólo en artes.

Al principio vimos dos imágenes, bueno, leímos: Modigliani y Toulouse-Lautrec. El primero era culto, guapo (italiano, que es aún mejor), talentoso y fiestero. El segundo era genial también, pero era algo más trágico o inadaptado.

Modigliani, según se cuenta, recitaba poemas mientras pintaba (siempre llevaba un libro consigo), hacía retratos y desnudos llenos de presencia, era algo así como el encuentro de París del siglo XX con el Renacimiento. Las mujeres lo amaban, hacía alborotos en las calles, su pintura escandalizaba. En una exposición la policía ordenó quitar los cuadros porque eran una ofensa a la moral pública: las mujeres de sus pinturas tenían vello en las axilas y en el pubis. Modigliani vivía en un cuarto de una zona bohemia (llena de artistas y demás) en París, imagínenlo, tardes violetas, una obra que hacer, reuniones en bares y cafés discutiendo arte toda la noche, alcohol, drogas… Modigliani murió joven, dejando una hija huérfana. Su prometida, Jeanne Hébuterne, embarazada en ese entonces de un segundo hijo del pintor, se suicidó después del funeral.

Y Toulouse-Lautrec no necesitaba el dinero que a Modigliani le faltaba, más bien era un defecto físico el que lo atormentaba. Sus huesos no se desarrollaron bien. Quedó de baja estatura. Él amaba los cabarets, los circos y el mundo de los placeres. Los pintó sin embargo con crudeza. Él los miraba como sus hermanos y hermanas, que no encajaban en lo lindo de la sociedad. Padeció sífilis, estuvo en un manicomio, tuvo una pasión con una bella parisiense que también pintaba, y volvió a morir en brazos de su madre en su casa-castillo.

Pensando en estas dos vidas, hay varias características que se han vuelto leyenda. Muchos jóvenes tienen algo de Ícaro, quieren subir al cielo y caer en llamas, consumir su vida en un estallido, ser recordados y no envejecer nunca. ¿Quién no querría tener el encanto de Modigliani? ¿O sentir que completa una obra inmensa, un mundo de imágenes, de personajes, un retrato de la humanidad y de la sociedad de su tiempo? Pero por el otro lado, nadie quiere sífilis ¿o sí?

Entonces, los ilusos jóvenes, llenos de pretensión y de una historia del arte nutrida por películas taquilleras, acuden en horas de clase a bares y demás sitios no autorizados a hacer justicia a las leyendas de su imaginación.

Claro que olvidan muchas veces imitar el otro lado de los llamados “bohemios”, que es el de ser un completo genio, y trabajar en su obra día y noche a pesar de una cruda gigantesca. Y entonces sus discusiones de borracheras sobre sus obras maestras resultan de una elocuencia dolorosa: “yo creo en mi proyecto”, “la sociedad no lo entiende, no está lista para ella”, “sólo hace falta perfeccionarla”. Ya de por sí la práctica artística involucra problemas existenciales como para complicarse las cosas, pero el Tonayán parece un mejor consejero que los libros de teoría, y las sustancias ilegales que las horas de práctica. Todo sea por el arte.

Y alguno que otro pretende hacer de su propia ebriedad un proyecto artístico (vayan a promocionar eso al Instituto Mexiquense de Cultura por favor) y entonces es libre para beber a sus anchas como un legionario romano después de una campaña de tres años, con todo y jarrón para vomitar.

La bohemia es el sueño que no hay más que vivir para ser un artista, que todo lo que se toca es invaluable, como si el mundo fuera tan fácil. Como cuando los niños dicen “quiero ser futbolista o diputado”. Pero algunos de estos jóvenes, en medio de su sopor de alcohol barato y cigarros encontrados se sienten con las energías de un Miguel Ángel y el poder de improvisación de Picasso. Y entonces, en medio de las punzantes luces del bar, y de las ganas de ir a orinar, imaginan una obra maestra. Lástima que mañana se sientan muy destruidos como para llevarla a cabo.

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