La Fundación Jumex

* La entrada de la fábrica Jumex está habituada a recibir tráileres y proveedores más que aficionados al arte contemporáneo, entonces hay que dar una identificación, anotar los datos y esperar un poco a que les den permiso o alguien autorice. Entra el grupo a la fábrica, que tiene agradables banquetas y algunas cuidadas áreas verdes entre los grandes edificios o naves, y camina unos diez minutos hasta llegar. La Fundación es toda gris, el color del cemento sin pintar, para preparar a los visitantes a la apatía de lo expuesto y al estilo de bodega de la Fundación.

 

Rodrigo López

Antes, los humanos comían frutas. Había árboles, se estiraban y tomaban un durazno o una manzana. Ahora hay oxxos y máquinas dispensadoras en abundancia, o al menos más que parques de árboles frutales.

Si hemos puesto atención a los anuncios, sabemos que los jugos son más ricos que las frutas, y los de Jumex más, porque le cantan a las frutas.

Jumex tiene más de cincuenta años y se define como una empresa mexicana con tradición y valores. Y por si no lo sabían, también compran arte, mucho arte.

Volvamos a nuestro sujeto de estudio, un estudiante de artes plásticas. Decide visitar la Fundación Jumex. Entonces toma un bello camión de cuarenta y dos pesos, moneda nacional, que sale de la Terminal de Toluca con destino a Observatorio. Hace un recorrido mediano-largo en Metro y toma una combi. Y hecho esto, está parado en persona frente a la eminente fábrica de Jumex.

Va con un grupo, cabe aclarar, de no haber sido así quizás no habría podido siquiera llegar. La Fundación está dentro de la fábrica, en Ecatepec. Puede parecer algo tonto poner un museo de arte dentro de una fábrica, y lo es. Pero pronto se reparará ese descuido, ya que habrá uno nuevo al lado del Museo Soumaya en Polanco. Los millonarios se atraen.

La entrada de la fábrica Jumex está habituada a recibir tráileres y proveedores más que aficionados al arte contemporáneo, entonces hay que dar una identificación, anotar los datos y esperar un poco a que les den permiso o alguien autorice. Entra el grupo a la fábrica, que tiene agradables banquetas y algunas cuidadas áreas verdes entre los grandes edificios o naves, y camina unos diez minutos hasta llegar. La Fundación es toda gris, el color del cemento sin pintar, para preparar a los visitantes a la apatía de lo expuesto y al estilo de bodega de la Fundación.

Entran, se registran de nuevo. Por fortuna es gratis y les dan una breve (demasiado, quizás), introducción a la exposición. La muestra contiene quince obras (la colección consta de miles, pero están mejor guardadas) y se “articula” en torno a la ciudad y a la fábrica misma. No hay fichas técnicas para no “distraer” a los espectadores con cosas superfluas como el título o el autor de cada obra. En una pared hay, en inglés y en español -qué detalle- un pequeño “texto curatorial” con referencias al pie de unos cuatro filósofos, y del cual el estudiante y su grupo no entienden más que lo que dice el título y ya le dijeron hace unos minutos: “ciudad”, “caza”, “naturaleza”, “arte contemporáneo”, “curador”.

Al lado de la entrada hay un atril con una partitura. Los estudiantes se ponen enfrente e intentan descifrarlo. Les dicen que una vez a la semana viene un violinista y la interpreta. Está compuesta para imitar el ruido de un mosquito.

Entran y la primera pieza le parece un plumero colgando del techo con una especie de bolsa de tela en la parte superior. Como no hay fichas técnicas, no hay clave alguna para interpretar eso. O es algo muy sutil y profundo o es una muestra más de la estupidez reinante en las instituciones del arte. Nuestro estudiante se inclina a favor de la segunda opción.

Luego ve un perro en el piso. Es como los perros callejeros. Tiene la apariencia de estar dormido. Descubre que está disecado. Su sentimentalismo teme que lo hayan matado a propósito. Le parece poco probable. Este perro disecado lo pone a pensar, tiene presencia pero emana del perro, nada se percibe de su autor.

Luego viene un video de un hombre en bicicleta recorriendo un parque en Holanda u otro país feliz. Lo aburre, no aguanta más de cinco minutos y abandona la sala de proyección.

Entra en una gran sala cuadrada. En cada pared se proyecta una imagen inmensa, de más de dos metros y medio de alto. Son cuatro payasos dormidos, su respiración, su inflarse y desinflarse. Pasado el primer momento no hay asombro. Piensa que si el cuarto fuera suyo proyectaría películas o algo que valiera la pena. Se rinde a develar el misterio y sale.

Otro video, ahora de unos peluches. Ve que sus compañeros lo miran atentos. Se pregunta si entienden algo. Está de mal humor, no puede definir bien por qué, pero se rehúsa a poner pose de goce estético (de pie, mirada fija, ceño fruncido, la mano en la barbilla). Siente que todo está tan vacío que lo puede llenar con lo que quiera, que no hay nada detrás, así como no se siente la fruta en los jugos. Si el espectador es como un niño (en constante espera), él es un niño decepcionado.

No se asombra ante una montaña de barro de cinco metros de altura ni ante un tronco cortado encima de un espejo, ni ante unas lámparas de fotografía iluminando una pared blanca. Piensa que quiere volver al centro del DF y comer algo, unos tacos por ejemplo. Eso lo acercaría más a la vida.

Pero como ya está ahí, sube a la biblioteca de la Fundación. Unas personas sentadas frente a unas computadoras, unos estantes de madera. Reconoce los títulos de dos o tres libros. El ambiente es algo fúnebre, ni siquiera sabe si lo dejarían sacar un libro o si se congelaría al tocarlo. Igual no hay mesas o sillas disponibles, y quienes están ahí parecen trabajar en la Fundación. Baja las escaleras y encuentra a su grupo algo aburrido. En la entrada les dan una revista y un jugo. Les preguntan qué les pareció y nadie tiene algo que decir u opinar. Movimientos de cabeza o de hombros. Nos invitan a visitarlos en su nuevo museo. Seguro.

Se quedaron con ganas de una fruta de verdad, de un jugo con sabor, de un arte con vida.

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