Las reglas del OXXO

* ¿Y cuál sería el OXXO del arte contemporáneo? Recuerda nuestro estudiante una feria de arte. Había una zona de ofertas, y todo estaba al módico precio de 2 mil 500 dólares. Pero quizá hay algunas diferencias. El supermercado satisface necesidades (reales o ficticias) inmediatas, mientras el arte promete a quien lo contempla una experiencia, y a quien lo compra o lo encarga, trascendencia.

 

Rodrigo López Romero

El estudiante va a un supermercado, es decir una tienda donde venden desde verduras hasta ropa interior pasando por televisores. La patria del consumidor. Él también es un consumidor, por supuesto, aunque se sienta más informado o astuto que otros, y desdeñe las grandes corporaciones y fábricas. Pobre iluso.

El supermercado es un lugar de abastecimiento. Uno pierde dinero pero gana objetos, necesarios como la leche o inútiles como la revista HOLA!

El estudiante de artes se siente a medio camino entre el artesano y el filósofo. Mira las cosas en venta como materia prima y a la vez intenta reflexionar sobre su uso, su imagen y su naturaleza. Observa, por ejemplo, que las cosas intentan ser llamativas, los detergentes por ejemplo, y tienen nombres cortos y logos fácilmente reconocibles. También nota que cada cosa quiere inscribirse dentro de un área o estrato, dependiendo de su precio y apariencia. No es lo mismo un queso de veinte pesos que uno de cien. Mientras más aumenta el precio, más promete la cosa. Queso producido en Francia con ingredientes cuidadosamente seleccionados, en una granja con vista a un campo interminable. Uno puede sentir la brisa matutina, la leche saliendo libremente de las ubres de la vaca, manos blancas y jóvenes elaborando el queso, la nieve en los Alpes. Los objetos, igual que el cine o la televisión, buscan sacarnos de nuestra esfera cotidiana. O en este caso, introducirse en ella con sus cientos de imágenes agradables que harán nuestra vida feliz. Un desodorante que nos hará sentir frescos todo el día, aun en el camión más lleno a mediodía. Un tinte para cabello con el poder de cambiar la personalidad. Cosas light, que podemos comer sin el miedo a engordar que oscurece la cena más alegre. Alimentos orgánicos que quitan el otro miedo de estar ingiriendo puro químico.

Los supermercados son los lugares donde la cultura contemporánea sueña.

Y todo con imagen de mujer, en las cajas, las botellas, las envolturas. Un modo más de enganchar el objeto al deseo.

Todo esto piensa el estudiante a la vez que cae en la fascinación. ¿Y quién no ha comprado algo inútil sólo por su apariencia? Quizá si el arte toma lo que le queda a la mano, los artistas deben ir al centro comercial. Piensa que le gustaría tomar algunas fotos. Ve una empleada caminar hacia un pasillo lleno de cajas más altas que ella y piensa que haría una buena imagen, aunque no sepa qué significa. Piensa que podría comprar los diccionarios de la zona de revistas y hacer una obra llamada La torre de Babel. Podría hacer organizaciones con las frutas, jugar con los colores de las verduras perfectas y frescas que se exhiben en estantes organizados.

Hay botellas de cerveza de muchos países, con formas fantásticas, desde cervezas alemanas que llevan el sello de la hombría hasta cervezas con dibujos casi infantiles en sus etiquetas. Mira los vinos, los refrescos, los jugos, todos los colores y los empaques de tan distintos líquidos. Se podría hacer una historia de la civilización con puras bebidas. ¿Qué habría pensado un habitante del Egipto faraónico del sabor de la Coca-Cola?

El estudiante piensa que la mayoría de los objetos son en esencia un deseo humano. O son extensiones de él mismo (como las herramientas) o adaptaciones a la naturaleza (del agua de un arroyo a un refresco). Y si uno se pusiera a pensar lo suficiente, se podrían hacer obras maestras con cosas tan cotidianas como un mameluco de bebé o un triciclo.

Y a la vez, hay una saturación preocupante de objetos. El estudiante leyó a un psicólogo social que opina que nuestra sociedad tiene un vacío hecho de tantos objetos. Sí, en el mundo de los objetos, como él escribe, menos es más. Un estante lleno de cosas es una puerta a la nada.

Y mientras conduce su carrito metálico por el pulido piso del pasillo central del supermercado, piensa que todos generamos algún tipo de bien susceptible de ser adquirido, sea este el apoyo legal para un divorcio, clases de griego, tamales oaxaqueños, o una obra de arte.

Ve a la venta un paraguas. No es negro como la mayoría, éste tiene impresa una obra de Van Gogh, sus lirios. Flores violetas parecen abrirse y danzar entre tallos y hojas de un verde profundo. Un canto a la tierra. Y sin embargo una obra como tantas que en su tiempo no se vendió, que luego valió millones, y que ahora vale doscientos pesos reproducida en una sombrilla. ¿Qué pensaría Van Gogh de eso? Él estaba a favor de un arte democrático. Pero esto es otra cosa. No sabe nuestro estudiante si le gusta o no, si está de acuerdo o no, pero no importa, igual le parece un logro fascinante de la cultura. Y a pesar de que Van Gogh esté reproducido en tazas, en postales y en paraguas, la gente sigue haciendo fila para ver sus cuadros.

Un día quizá el arte se venda en los supermercados. Y no como mera reproducción. Eso le habría gustado a Andy Warhol. Él quería que sus pinturas tuvieran el mismo tamaño para que pudieran ser “intercambiables”. Él se hizo a sí mismo una marca, aunque dijera que ser artista era como cualquier trabajo. Ahora los artistas son una marca, tal vez desde hace mucho lo fueron. El estudiante imagina una plática de magnates:

-Lo invito a mi casa, amigo millonario, habrá una buena cena y podrá ver mi Rubens.

-Hecho, y la próxima semana le toca a usted venir a mi noble mansión, y contemplar mi Chagall.

-Y no olviden venir para mi cumpleaños a mi villa, tengo dos magníficos Monets.

Y ni él mismo, ni todos sus compañeros estudiantes se entregan al arte sin prejuicios, sino que investigan quién está en qué exposición, para saber si vale la pena. ¿Y cuál sería el OXXO del arte contemporáneo? Recuerda nuestro estudiante una feria de arte. Había una zona de ofertas, y todo estaba al módico precio de 2 mil 500 dólares.

Pero quizá hay algunas diferencias. El supermercado satisface necesidades (reales o ficticias) inmediatas, mientras el arte promete a quien lo contempla una experiencia, y a quien lo compra o lo encarga, trascendencia. El estudiante sigue mirando los objetos expuestos con una mezcla de extrañeza y atracción, y el carrito de supermercado se aleja hacia las cajas emitiendo un chirrido intermitente.

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