Alesi, Florencia, Bulgákov

* Los morfinómanos pueblan el mundo. Para aquellos que viajaron a la Italia en paquetes pre-pagados y consumieron tiempo-hotel metidos en sus sábanas de Wal-Mart menospreciando el valor de lo invisible, se perderían, sin duda, un espectáculo que el humanismo y las guerras mundiales dejaron en Florencia.

 

Miguel Alvarado

Sólo Bulgákov podría escribir tan descarnadamente relatos de hospital como crónicas con toda la reverencia posible. Adicto a la morfina, descubrió sin miramientos aquella muerte viva, antes de poder dejarla, en algún momento de su carrera médica. Si es la madre ayudadora de los dolores más profundos, también reclama un pago, y siempre lo requiere pronto. Algunos cuentos de Mijaíl Bulgákov están compilados en el libro “Morfina”, sobre su vida en los hospitales públicos de la primera Rusia soviética. Luego, años después, la novela “El maestro y Margarita” le daría la estatura de imprescindible y de vencedor de la adicción, al menos del estadio fatal que otros no quieren  ni pueden –y no deben- superar.

Los morfinómanos pueblan el mundo. Para aquellos que viajaron a la Italia en paquetes pre-pagados y consumieron tiempo-hotel metidos en sus sábanas de Wal-Mart menospreciando el valor de lo invisible, se perderían, sin duda, un espectáculo que el humanismo y las guerras mundiales dejaron en Florencia. Allá, en las fuentes neptunianas adornadas con trabajos por la hermosura de Ammannati y Giambologna, auténticos gabinetes del doctor Caligari se presentan en perfecto orden, nada más quedar semidesierta aquella placita. Uno se sentiría indigno de la morfina a determinada edad, pero joven, sin años, aquello es nada más que un pasajero que tiende la mano hacia un camino donde lo importante son las alianzas. Nada de finales ni tragedias. Aquellas guerras dejaron en algunos el desacato a dios, a quien reclaman y culpan como si fuera de verdad y miran al cielo mientras pasean arrastrando su miserable condición divina. Y el reclamo es siempre el mismo, con el puño levantado, la mirada perdida en santidad de locura que invoca, por decirlo así, al causante de todo. Y si dios tiene cuentas pendientes con la guerra y sus lisiados, jirones cárnicos testigos de quebrantos innombrables, y no las quiere pagar, otros eligen lo interno, el sanguíneo torrente que todo lo lleva y arrastra como el original Éufrates, que se tragó entre sus caudas los inris del Paraíso y que en México lo representa el futbolista Benítez, muerto para siempre entre árabes y dólares y las amenazas de Peña Nieto contra los asesinos del vicealmirante Carlos Miguel Salazar Ramonet.

La señora de la Plaza, allá en Florencia, observa cómo a las cuatro de la noche un ejército de vencidos, nietos o bisnietos de los que iban a la guerra como si se tratara de un partido del calcio, salen de las cloacas donde semiduermen durante el día y se sientan en las orillas de aquellas obras maestras destinadas al fervor turístico. Allí, entre comida apenas tragada, esperan pacientes la llegada de la dosis. Morfina recién comprada en cualquier tienda de la esquina, eso sí, muy especializada y descreída del poder de dios y Peña Nieto, aparece en algún momento y aquellos rumiantes exclaman como pueden una oración para el sagrado líquido, despojo médico que iluminará los segundos entre desgracia y suicidio. Si Rimbaud probó de todo y murió en brazos de su madre, luego de una exitosa carrera vendiendo armas, los de las fuentes sólo quieren una cosa, pero no exploran miserias literarias ni los arcanos inspiradores. Y uno por uno, con las mismas jeringas, se inyectan un poco, como lo establece el manual médico más burdo: “2-15 miligramos (0.05-0.2 mg/kg en pacientes pediátricos; máximo 15 mg); inducción, dosis de 1 mg/kg”.

Eso como principio está bien, pero el fracaso no perdona. La guerra del narco en México incluye un porcentaje de opio y dinero para sembrarlo en otros países. La inversión reditúa y para que 30 pálidos fantasmas florentinos puedan, cada noche, disipar su agonía, unos 100 mil han muerto del otro lado del mundo. Las reglas del equilibrio están rotas, pero si de intercambio de energías se trata, ninguno de ellos vivirá más allá de los 22 años. Analgésica solución es ésta, donde la fractura nace, viperina, en la herida incurable.

Las agujas son usadas demasiado por todos, y además las comparten con el curioso, éste sí, zombie latino tembloroso y prejuiciado que no comprende, que no se acepta. Luego de un tiempo los morfinómanos deben regresar. Se despiden, porque son educados, y dejan sus instrumentos regados en la calle aunque algunas son recolectados por los que no podrán comprar mañana. Las jeringas quedan allí, a disposición del servicio de limpia mientras Florencia despierta y otros, los más audaces, comiencen el día con una guerrillera ración de coca o speed, en espera de que algo suceda. Ellos no morirán, no tan pronto, y apuntalarán el florecido mercado de drogas que representa la Europa descreída, olvidada de sí misma y de esa emotiva farsa cosmopolita de agencias de viajes. Conquistadores y guerreros por siempre, hoy batallan contra los elegantes capos, algunos de ellos tan mexicanos como la cerveza Corona o el pan Bimbo.

Pero a nadie le interesa la suerte del señor Servitje, Lorenzo que en reuniones con microempresarios siempre dice que vende pan y no futbol, como si fuera morfina. Nadie, en su juicio, ha concebido obras maestras merendándose un sándwich con el Osito Bimbo, ni siquiera la selección de Aguirre. En cambio, felizmente, son varios los que pudieron pretextar ante la morfina y dejar, como Eros Alesi, miligramos de la lucidez más ácida.

Alesi, poeta primero y enseguida adicto, tenía 20 años cuando murió, en aquella Italia de turistas y brigadas rojas, en 1971, cuando decide suicidarse. Poco se sabe de su vida, pero sí de sus escritos, que son, efectivamente, una dosis permanente de aquel opio materno que tanto ayuda cuando “ves que yo veo que sólo una gran, grandísima negrura, la misma negrura que yo veía que tú veías, que seguirás mirando lo que veo”.

 

Querida, dulce, buena…

 

Querida, dulce, buena, humana, social, Mamá Morfina. Que tú, solamente tú, dulcísima Mamá Morfina, me has querido bien, como yo quería. Me has amado totalmente. Yo soy el fruto de tu sangre. Que solo tú has logrado que me sienta seguro. Que tú has logrado darme el cuantitativo de felicidad indispensable para sobrevivir. Que me has dado una casa, un hotel, un puente, un tren, un portón, y los he aceptado; que me has dado todo el universo amigo. Que me has dado un rol social, que pide y da. Que a mis 15 años acepté vivir como ser humano, “hombre”, sólo porque estabas tú, que te ofreciste a crearme por segunda vez. Que me enseñaste a dar los primeros pasos. Que aprendí a decir las primeras palabras. Que sentí los primeros sufrimientos de la vida. Que experimenté los primeros placeres de la nueva vida. Que he aprendido a vivir como siempre soñé vivir. Que he aprendido a vivir bajo los innumerables cuidados y atenciones de Mamá Morfina. Que jamás podré renegar de mi pasado con Mamá Morfina. Que tanto me ha dado. Que me ha salvado del suicidio o de la locura que casi habían destruido mi salvavidas.

Eros Alesi, Ciampino, Lazio, 1951; Roma, 1971.

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