Un verano insolente

* Da una especie de resquemor que los rescates de la historia, tergiversada por el paso de los años y la lejanía de los narradores, lleguen en forma de globitos de texto y tengan apellidos belgas. Tarde, muy tarde, casi 100 años, se entrega una revisión muy por encimita –entendible- del México artístico de los años 20. Cosa curiosa, ese México intelectual de aquellas décadas está identificado, para el conocedor superficial, con puros artistas extranjeros. Pero qué más da si la selección de futbol necesita argentinos.

 

Miguel Alvarado

Como que eso de los cómics de pronto levanta una insondable pared de güeva. La lejanía de los cósmicos misterios de los Linternas Verde o los amoríos hipergladulares de El Hombre de Acero han terminado por hacernos entender que los superhéroes de verdad rondan más bien las calles donde uno vive y no se detienen, no muchos en todo caso, a comprar periódicos o revistas en los puestos de las esquinas.

Inútiles como los futbolistas profesionales, los escenarios de los cómics nadan alejados, como a la deriva, en una maraña de cables feisbuquescos y teorías conspiratorias donde La Familia Michoacana no existe ni siquiera para hacerle publicidad a la policía federal. Sólo los flojos leen las patrañas de un hombre que corre más rápido que la luz, pero también se meriendan, vía sopa Maruchan, los noticieros de la televisión, de polímera consistencia, y los programas de opinión, que registran formatos tan conceptuales que uno prefiere ir a misa o, en todo caso, escribir y dibujar un relato.

¿Cómo hacerle para que una pequeña parte de la realidad mexicana aparezca en viñetas con colores predeterminados y pantones novísimos cuando se supone que es precisamente eso concreto y horripilante lo que nos obliga a refugiarnos en lecturas de baratería inconmensurable? Porque, ¿cómo hacerle para que aparezca la deleznable Marrana –en la versión más heroica de la Marina- y no se diga en las facultades que se ejerce un culto a los malosos? Porque, ¿cómo es el país que gobiernan Peña Nieto y sus cuates y cómo es el lugar donde uno vive? ¿De veras es tan difícil dibujarlo, ponerle los diálogos que oímos todos los días y hacer de lo que todos hacen que no ven, no miran, un medio para decir que está allí? O, ¿cómo hacer para, precisamente, no hacerle así, no dibujar aquello que sabemos es lo cotidiano y escoger mensajes de buenaventura y esperanza, de buenas noticias, aunque sean tan malas como las peores? Pues sí, parece fácil levantarse un día de madrugada e instalarse con un cuadernillo de dibujo en una de las escaleras de la Central de Abastos o ir, en camión de tres estrellas y pantalla de cinito incluida, a la Tierra Caliente de entrada por salida, nomás a pararse en los mercados, escuchar a los comerciantes y regresar por la tarde con el lápiz sin usar y la libreta en blanco. Como si no hubiera ya suficiente miedo. Pero entonces este México que cada uno vive a su manera se pierde y desde una viñeta del Memín Pingüín nada se podrá recordar después.

Da una especie de resquemor que los rescates de la historia, tergiversada por el paso de los años y la lejanía de los narradores, lleguen en forma de globitos de texto y tengan apellidos belgas. Tarde, muy tarde, casi 100 años, se entrega una revisión muy por encimita –entendible- del México artístico de los años 20. Cosa curiosa, ese México intelectual de aquellas décadas está identificado, para el conocedor superficial, con puros artistas extranjeros. Pero qué más da si la selección de futbol necesita argentinos. Por las páginas de la novela gráfica “Un verano insolente”, desfilan la fotógrafa italiana Tina Modotti, su pareja, el gringo Edward Weston y una fauna sorprendente de dibujos muy parecidos a Diego Rivera o Nahui Ollin, vientre de la Virgen Morena en ojos de verdísima tiniebla.

Esa insolencia de verano, escrita por Denis Lapière y dibujada por el catalán Rubén Pellejero es, sin embargo, una pequeña obrita de arte porque los paisajes, las ambientaciones, la forma de abordar situaciones y hasta los ridículos verbos intransitivos del castellano están bien colocados, ni más arriba ni más abajo. Allí sí están los anarquistas, los matones, los pintores calientes, las fotógrafas ultramonas, los fotógrafos audaces, los homosexuales picarones, los comunistas al rojo vivo, los taxistas buena onda, los políticos con pistola y las putas pobres de piqueras desfallecidas. Parece que están todos, y la ventaja para aquella historia es que sus principales protagónicos están muertos. De hecho, todos están muertos, excepto los autores.

Así que, ¿cómo describir al México del 2013 sin que las maestras universitarias digan que se hace apología del criminal? ¿Dónde caben los 121 mil muertos de Calderón y Peña Nieto, lo macabro que no queremos y que además no pedimos, y nuestra paz forzada a tiros? De todas maneras es un cómic, y así como los diarios y todos los medios de comunicación, eligen una parte para mostrar. Pero para qué clavarse si ya se acerca la quincena y el Supermán sale cada quince días, junto con el Batman, perfectamente editados y maquetados por Televisa y sus secuaces. O si uno quiere esperar todavía un poco más, los nuevos cómics de los walking deads no tardan ni tantito. Es como todo. Revisar al Kalimán con el único objetivo de decir que fue creado por mexicanos es tan de güeva como aventarse alguna saga sesentera del Hombre Araña o El Sargento Furia, cuando lo único negro que tenía era su alma de celulosa.

Mientras pasan 60 años para que los cárteles narcotraficantes sean explicados de otra forma –una guerra de guerrillas, por ejemplo, una lucha armada entre políticos de pacotilla- los Illuminati se divierten jugando con los símbolos. La ese supermanesca como anticipo del ojo que todo lo ve o el infinito turbulento aparecen por doquier, hasta en los conciertos de Nelly Furtado y sus pases dobles regalados en algún lugar de Polonia. El símbolo no tiene poderes místicos, ni siquiera mágicos, como pretendía Beto el Boticario, pero sin el emblema pocos son menos que nada. Los cómics justifican y oficializan esas formas patrocinadas por patadas energéticas de Monster y Red Bull, garras y toros. Y a veces cruces o budas sonrientes, serios, le ponen tono a la sicosis del quebranto. Nadie quiere saber nada cuando ya lo sabe todo, o al menos todo de esa parte de la historia que le traspasa a uno y no lo deja dormir porque las ventanas están abiertas y por allí se cuela, se cuela, se cuela.

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