Las pirámides olvidadas

* Huamango, pues, se ufana de proteger estas y aquellas cosas, que en ciertos momentos políticos pudieron causar algún desencuentro, también político, claro, porque al resto le importa un poco menos que un bledo que las calles se llamen de tal forma. Huamango domina, además, el Valle de los Espejos, llamado así por la cantidad de ojos de agua que, dicho sea de paso, ya no son tantos. Eso y la tradicional migración a Estados Unidos forman el pintoresco panorama de lo que se puede ver nada más al paso. El Acambay de peñascos y profundidades queda para lugareños y curiosos.

 

Miguel Alvarado

La zona arqueológica de Humanago es una de las más abandonadas de la entidad. Pero no por descuidada o por sus ruinas al borde del desmoronamiento. Es nada más porque nadie va, a nadie se le ocurre que en la cima del cerro más alto de Acambay pueda haber algo más que árboles o magueyes. Y es así. El acceso gratuito a nadie engatusa. Al fin y al cabo son ruinas las que uno tiene enfrente y no hay acceso a internet ni vale la pena comentar en redes sociales. “Estoy parado frente a una base de piedra que, dicen, es de la época de los aztecas. Pero nada más contiene pasto”, podría poner alguien que de pronto rondara aquel terreno, de unas dos hectáreas, una de las fortalezas últimas de matlazincas y aztecas en el límite de los revoltosos purépechas, invencibles hasta la llegada de Cortés.

Ahora sin taximaroas ni soldadesca, la región norte del Edomex enfrenta, sin embargo, otros desafíos, unos menos sangrantes que otros. Según algunos, Acambay es la tierra donde nació Enrique Peña, minucia pasada por alto cuando se revisa el historial de presidentes municipales. Algunos Peña. No. Muchos más de lo deseado aparecen sin vacilación en casi todos los trienios. Peñas por aquí, por allá. Acambay, aparte la mala leche, significa “Peñasco de Dios”. La cabecera municipal, al pie de Huamango, tiene también sus curiosidades y allí es bien fácil encontrar una calle que se llame Alfonso Navarrete Prida, en honor del secretario federal del Trabajo del mismo nombre, exonerador del ex gobernador Arturo Montiel, quien también recibe homenaje en un andador que ostenta una bonita placa metálica aunque, no se sabe por qué, su patronímico aparece rayado con ingenua vergüenza o lo contrario. Pero clarito se lee, a pesar de las lluvias y los bienintencionados, que fue él quien inauguró y bautizó semejante avenida.

Huamango, pues, se ufana de proteger estas y aquellas cosas, que en ciertos momentos políticos pudieron causar algún desencuentro, también político, claro, porque al resto le importa poco menos que un bledo que las calles se llamen de tal forma. Huamango domina, además, el Valle de los Espejos, llamado así por la cantidad de ojos de agua que hay aunque, dicho sea de paso, ya no son tantos. Eso y la tradicional migración a Estados Unidos forman el pintoresco panorama de lo que se puede ver nada más al paso. El Acambay de peñascos y profundidades queda para lugareños y curiosos.

La actual frontera michoacana queda todavía a una hora y media de trayecto y la arancela el municipio de El Oro, una especie de set de pueblo minero disfrazado para un duelo de pistoleros, un desfile de bailarinas de can-can. El Oro maquilla bien su mexiquense miseria porque le apuesta al turismo, que en realidad deja bien poquito. Pueblo mágico, entre comillas, porque así aparece en el enorme anuncio de bienvenida, es más bien la resonancia de tiempos mejores y una desesperanza por lo que no ha llegado y tal vez nunca ocurra. Alguna vez una de las ciudades más ricas de América Latina, El Oro se conforma en el 2013 con un vagón-cafetería, donde ofrecen Nestea del más rancio abolengo a 30 pesos más hielo y pan francés con enanismo por casi 70. Eso, y algunas bocas de mina le hacen al teatro en esos lindes a los que sucede el límite michoacano, por cierto uno de los más amables que le tocan al Estado de México.

Nada más salir de El Oro, el buen viajante se topa de frente con un espectacular a pie de carretera que anuncia la polvareda de los tiempos actuales. Un enorme retrato de los tres narcotraficantes más buscados se da de topes con los pasajeros. Allí, debajo de una línea donde se ofrecen 30 millones de pesos de recompensa, hay tres caras ya azuladas por el aire, el sol y el sentido común. Nadie acierta a hablar y revelar paraderos o andanzas. Ese, el verdadero border, es el significado de un país quebrado por una guerra que sucede justo delante de nuestros ojos, pero que nadie ve.

El Oro es un mal pretexto para encontrar Maravatío y Tlalpujahua, esta última sede moderna de un festival de cine de terror pero también hogar invaluable de Santa Clos. Y es que justo allí se localiza uno de los comercios más florecientes de esferas de Navidad y artículos relacionados, que son cientos de miles, elaborados por manos expertas obligadas a cambiar el sentido de sus creaciones. Así, extraños y gigantescos árboles verdes, rosas y dorados crecen sembrados por mágicas virtudes de duendes de oropel, que perviven entre cajas de esferas de todos tamaños y materiales mientras una pequeña horda de fanáticos de las campanas de Belén aprovecha para hacer pedidos en 13 de agosto. Total, ya están allí, y qué más da. La Casa de Santa Claus, fundada en 1975, da fe de lo anterior y además oferta un restorán para que los compradores restablezcan bríos y chequen estados de cuenta. Afuera, el mercado más tradicional hace mala pareja con la Casa de Santa, iglesia de plástico que sirve, sin embargo, para derramar dinero que de otra forma nunca llegaría. Exportan, dicen, hasta a algunas partes de Estados Unidos, en el colmo de las buenas intenciones.

Tlalpujahua no es territorio narco, pero sí una puerta que adentra. En El Oro, militares y federales hacen guardia efectiva en los límites de la paz. Nadie más relajados que ellos, pero tal vez eso cambie. Lo mismo se decía de Tuxpan, un pequeño municipio junto a Zitácuaro, al cual llegaron los desplazados de Luvianos, solo para encontrar la muerte a manos de un comando mexiquense que de inmediato se devolvió al Triángulo de la Brecha. Pocas veces se han contabilizados tantas muertes inútiles aunque, eso sí, muy ejemplares. Desde Huamango se observa todo, incluso lo que está por suceder.

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