La guerra oculta del petróleo mexicano

* No hay una sola parte de la historia moderna que no se refiera a la nacionalización de la industria petrolera. Y no es para menos. Si uno se atiene al presupuesto anual, Pemex provee 38 por ciento de los ingresos del gobierno federal. En otras palabras, de la venta de crudo depende más de una tercera parte de los ingresos de la Federación.

 

*Francisco Cruz/ **Marco A. Durán

Es, si se quiere, obra de la fatalidad o consecuencia de la mala suerte. Una u otra palabra, los mexicanos pagan los platos rotos de las incapacidades, las ambiciones desmedidas y las mentiras sobre el petróleo mientras políticos, empresarios y líderes sindicales, a veces hasta en forma abierta y francamente ofensiva, se llenan los bolsillos y engordan sus ya abultadas cuentas bancarias o encaminan sus carreras como inversionistas.

La historia reciente del petróleo mexicano parece una trama de conspiraciones, verdades a medias y secretos, muchos enterrados para siempre y otros a flor de piel. A partir de 1938, los gobiernos emanados del Partido Revolucionario Institucional (PRI) vendieron la idea de que el petróleo es de los mexicanos. Durante casi 75 años, su discurso varió muy poco: los recursos de Petróleos Mexicanos (Pemex) pertenecen a los mexicanos. El modelo les funcionó.

No hay una sola parte de la historia moderna que no se refiera a la nacionalización de la industria petrolera. Y no es para menos. Si uno se atiene al presupuesto anual, Pemex provee 38 por ciento de los ingresos del gobierno federal. En otras palabras, de la venta de crudo depende más de una tercera parte de los ingresos de la Federación.

Contrario a los informes alarmistas del gobierno de Enrique Peña Nieto, la situación tiene otra lectura y la Reforma Energética parece tener una dedicatoria a las ambiciones depredadoras de algunas empresas y políticos peñistas. Veamos: informes internos de la empresa fechados en julio de 2012 y entregados para la elaboración de este análisis muestran que Pemex ocupa, desde 2008, el cuarto lugar como productor de crudo a nivel mundial. Y México se coloca en el tercer sitio como proveedor de petróleo a Estados Unidos.

Los ingresos anuales de la empresa rondan los 125 mil millones de dólares y representan casi el 5 por ciento como proporción del Producto Interno Bruto (PIB) o la riqueza total del país. Y en 2011, Pemex se ubicó en la quinta posición como la empresa con mayores ventas. Si ha de confiarse en las estadísticas: Pemex es la segunda petrolera con la utilidad más alta, antes de impuestos, con un monto cercano a 77 mil millones de dólares. Y es una de las petroleras con la mayor cantidad de activos fijos en el mundo.

Para cambiar el esquema, el gobierno aduce que Pemex carece de tecnología y de recursos para modernizarse e ir a buscar el petróleo en aguas profundas y someras —aquellas de 3 mil a 5 mil metros de profundidad—, que no hay dinero para apuntalar a la empresa e impulsar una decadente producción y que ahora lo más importante es el gas.

Esa es una verdad a medias o una gran mentira, según se le quiera ver. Ciertamente los yacimientos están en declive. Es notorio: la producción pasó de 3.2 millones de barriles diarios —su nivel más alto en 2006— a 2.3 millones en 2012. Verdad a medias también es que Pemex no cuenta con recursos para invertir.

La realidad: la empresa carece de recursos porque el régimen fiscal le quita demasiado. Según los libros internos, Pemex destina para impuestos siete de cada 10 pesos que obtiene. En el primer semestre 2013, por ejemplo, entregó a la Secretaria de Hacienda gravámenes por 369 mil 918 millones de pesos —equivalentes al 64 por ciento— y se quedó con 211 mil millones o 36 por ciento. Desglosadas, esas cantidades revelan que los impuestos como porcentaje de la utilidad neta representan 90 por ciento.

Lo ideal, pues, es buscarle un nuevo régimen fiscal y cuidarle la mano a los funcionarios. Pemex requiere funcionarios no sólo honestos y honorables, sino que rindan cuentas.

Valga el señalamiento porque otro problema lo representa la carga de sus trabajadores. Y, de nueva cuenta, es necesario recurrir a sus documentos: las ventas por empleado representan 841 dólares, contra los 6 mil 272 de la multinacional Exxon, mientras la utilidad por trabajador se ubica en mil 33 dólares, frente a los 944 mil, también por empleado, de Ecopetrol. Alguien, por lo tanto, está haciendo trampa o negocia en forma deliberada con el sindicato para mantener una gran plantilla de trabajadores —150 mil en estos momentos— y funcionarios con elevadísimos salarios. Todos se hacen de la vista gorda.

Antes de privatizar algunas operaciones, el gobierno debería otorgarle autonomía a Pemex, para reinventarse y lanzarse a la búsqueda de mayores recursos. A Peña y compañía tampoco los caería mal recordar que, hasta antes de la década de 1980, la economía mexicana caminaba, en algunas ocasiones bien, sin el petróleo como eje de financiamiento.

Los especialistas dirían que es necesario despetrolizar las finanzas públicas y buscar ingresos en otros lados, como eliminar regímenes especiales e impuestos diferenciados, abatir la condonación, las exenciones, los créditos, las deducciones, y la consolidación, además de evitar la evasión y la elusión fiscal e incorporar la informalidad —en su gran mayoría vendedores ambulantes— a la economía formal.

Carentes de creatividad o con una previsión de “negocios” personales que sólo ellos conocen, a Peña, Emilio Lozoya Austin —director general de Pemex—, Francisco Rojas Gutiérrez —titular de la Comisión Federal de Electricidad (CFE)— y Pedro Joaquín Coldwell —secretario de Energía—, así como algunos legisladores les es más fácil privatizar que diseñar políticas propias de desarrollo y de recaudación.

Y valga otra revisada a las estadísticas oficiales: como proporción del PIB, la Secretaría de Hacienda apenas recauda el 19 por ciento como proporción del PIB. Ese porcentaje representa el más bajo de los países afiliados a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Pero si se eliminan los impuestos petroleros, la recaudación llega apenas al 10 por ciento.

Eventuales cambios a los artículos 27 y 28 constitucionales evidencian que el gobierno pretende una privatización simulada del petróleo. Y no es que los mexicanos rechacen de forma sistemática la privatización. La experiencia demuestra, una y otra vez, que no es la solución. Destaca, por ejemplo, la privatización y posterior extranjerización de la banca, así como la venta de Teléfonos de México (Telmex) a Carlos Slim.

En la actualidad, los mexicanos pagan el servicio de telefonía más caro del mundo. El monopolio telefónico ha propiciado que el servicio de internet sea caro y de mala calidad. De su lado, en la llamada banca “mexicana” la experiencia es peor: Vicente Fox cambió la Constitución y la Ley de Instituciones de Crédito para admitir el capital extranjero. Prometió, entonces, un cambio verdadero, mayores créditos, una baja en las tasas de interés y creación de empleos. ¿El resultado? Un oneroso rescate, con cargo al erario, que tardará muchos años para pagarse. Por cierto, esa deuda se ha consolidado ya como deuda pública, con cargo a los contribuyentes mexicanos.

La nueva propuesta priista habla de reformas a la estructura de la paraestatal y de “contratos compartidos”. ¿Significa eso compartir las ganancias o los ingresos de Pemex? ¿Aceptaría alguien —en pleno uso del sentido común— compartir las ganancias de su negocio con un extraño a cambio de nada?

¿Cómo aceptar una propuesta tan desigual a cambio de nada? El desastre económico parece inminente, a menos que Hacienda cuente ya con planes secretos para cubrir un faltante de impuestos —que dejaría de pagar Pemex—, a través de aumentos respectivos en dos gravámenes al consumo: Impuesto al Valor Agregado (IVA) e Impuesto Sobre la Renta (ISR) y quizás, porque eso está obligado a pensar cualquier ciudadanos común, crear nuevos impuestos especiales.

Si sirve como un espejo a futuro, habría que echar una mirada a los banqueros actuales: compraron bancos a precios de regalo e hicieron el negocio de su vida. Las utilidades de ellos, los bancos extranjeros —BBVA Bancomer, HSBC, Santander, Bank of America de México y Scotiabank, por mencionar algunos— multiplican como pan con levadura, enriqueciendo, valga la repetición, a los banqueros con la complacencia del gobierno mexicano.

Sin temor a la equivocación, puede advertirse que los banqueros extranjeros se han convertido los principales “saca dólares” del país. Mes con mes, envían a la controladora respectiva millones dólares obtenidos con el esfuerzo y trabajo de los mexicanos.

 

*Autor de Los amos de la mafia sindical; AMLO, mitos, mentiras y secretos, y Negocios de familia, biografía no autorizada de Enrique Peña Nieto.

 

**Maestro en Economía por el Instituto Politécnico Nacional (IPN), con especialidad en Finanzas Públicas.

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