Los patrones

* Por ejemplo un cómic o novela gráfica. Es una donde los personajes son animales superhumanizados y no demuestran ninguna emoción. Si cogen o corren, el gesto es igual para todo. Si los mutilan o entregan un premio, no hay diferencia. Viven en ciudades y tienen necesidad de un periódico o un automóvil. Escrito y dibujado por Jason, un noruego que se llama John Arne Sæterøy y que firma así porque cree que se oye bonito, el trabajo Un Paso en Falso es un poco lo que sucede en Toluca.

 

Miguel Alvarado

Parte del chiste de la vida consiste reírse de uno mismo. No importa en qué situación se encuentre, si es un duelo o una fiesta o si se va al estadio Azteca para ver a la selección mexicana por primera vez y se encuentra con que un grupo de negros lindos le aplican la macumba a los esclavos de Emilio Azcárraga. La risa será siempre terapéutica y uno se ríe, pero de lejos, cuando la nota diaria en la ciudad habla de algún muerto. No debe resultar tan gracioso cuando un líder ambulante es acribillado en pleno mercado, ni siquiera porque se le conoce  como El Rambo. Ni tampoco debe resultar cómico que los nuevos gravámenes confundan más en lugar de clarificar los tipos de pagos que deberán hacerse. Por un lado, se escucha a quienes les molesta que la comida y las medicinas no lleven IVA, pues se beneficia “a quienes más tienen”. Por otro, las mascotas, los alimentos de mascotas, los chicles, los conciertos de rock, los refrescos y las colegiaturas se aprestan para expedir  facturas. ¿Quiénes son los que más tienen? ¿Para qué quieren tener? ¿Quién se beneficia poniéndole impuesto a los chescos? ¿Qué tienen que ver la comida y las medicinas en el proyecto político de Peña Nieto? ¿En qué puede trabajar Peña cuando deje la presidencia? ¿Y por qué nunca la dejará?

México, país de jodidos, pervive entre estratagemas de ficción que no ocultan ninguna realidad ni establecen sistemas de opresión. Sólo le dice, al grueso de la población, que no se vive tan mal y que no está de más echarse una carcajada de vez en cuando. Ah, y que está acostumbrado a los jodazos. Y eso es todo. La maquinaria de lavar el cerebro también está atrofiada pero ni falta que hace. Ya se entiende que todo está al revés y que no se puede vender pepitas en una esquina porque también hay un impuesto que tal vez no es legal, pero que sí pasa para una especie de “sindicato” muy acomodado a la manera de la extorsión para quienes piensan que esa opción, una de las últimas para algunos, está libre de reformas y reformadores.

Por ejemplo un cómic o novela gráfica. Es una donde los personajes son animales superhumanizados y no demuestran ninguna emoción. Si cogen o corren, el gesto es igual para todo. Si los mutilan o entregan un premio, no hay diferencia. Viven en ciudades y tienen necesidad de un periódico o un automóvil. Escrito y dibujado por Jason, un noruego que se llama John Arne Sæterøy y que firma así porque cree que se oye bonito, el trabajo Un Paso en Falso es un poco lo que sucede en Toluca. Y es que uno de los personajes vive en un nido de palomas, como las casas de Infonavit que se mandó hacer el gobierno para sus ínclitos trabajadores. Otros, los que hacen de papás, llegan a sus casas en palos saltarines, que equivale a los autobuses que traquetean por las calles de la capital. Pero eso es lo de menos. Todas las ciudades son iguales, la misma distribución de pobres y ricos y los que de un momento a otro se pasan al bando que les dicta su economía. Y comen alimento parecido a los fast foods, como todos los que no encuentran calma. Todo eso enmarca una serie de historias de terror que nada tienen que ver con zombies o fantasmas desensabanados pero sí con la realidad cruda de cualquier persona que se enfrenta a la cotidianidad de la muerte, por ejemplo, o el desamor después del sexo o la pérdida del mejor amigo, cuando uno es apenas un cachorro.

Jason parece haber vivido cada uno de los cuadros que dibujó. Un paso en falso es más o menos eso, la seguridad de los conceptos establecidos hechos añicos nomás porque sí, porque a cada cosa corresponde una reacción y también porque uno se merece lo que le llega, bueno o malo. El tal Jason descubre, sin embargo, que no hay peor situación que la que no sucede, la que siempre se espera y nada más no llega, aunque se haga lo posible.

O por ejemplo una foto. Un niño observa cabezas de maniquí, que anuncian gorras deportivas, del Atlas, para empezar. Al fondo, juguetes de plástico en fundas imposibles promueven el negocio más remunerable del momento. El sicariato también empieza como una carrera cualquiera. Si no se practica desde pequeños, luego se hace más difícil. Los juguetes encantan y matan de a poquito. Una vez la abuela fue a comprar pan y se llevó a los nietos. Al regresar, la mesa estaba llena de animales de goma y otras linduras. Del pan nunca más se supo nada. Pero el niño de la tienda ha sido obligado a trabajar. No le gusta, porque ¿a quién le gusta? Y acomodar ropa de señora y cachuchas para pelones no parece ser algo que signifique, aunque represente el pan de cada día. En Toluca, un niño que trabaja gana unos 200 pesos diarios, si es que botea como es debido. La limosna que significa aquello puede moldear una risa preciosa, como cristalina. Lo malo es que el niño que botea siempre tiene empleadores, que han de cobrar una comisión cercana al 75 por ciento. Ser niño o mejor, ser un niño empleado por ese salario definitivamente no tiene ningún precio. Ningún costo, dirían los patrones.

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