Breve paseo por una funeraria muy parecida al hotel Ritz (narrado en primera persona)

* Este cuento de la vida real intenta una aproximación a los servicios funerarios que se ofertan en Toluca, como un humilde homenaje para quienes trabajan en esa actividad que, por otro lado, representa una de las más lucrativas industrias en esta ciudad.

Miguel Alvarado

Estábamos en una empresa donde venden servicios funerarios. La oferta es buena. Pagas 100 pesos y aseguras ataúd, tus velas y chance hasta el cafecito para los convocados a tu funeral, que sería celebrado con toda la pompa en un edificio acristalado de cuatro pisos, allá entre Paseo Tollocan y Heriberto Enríquez. Vender sin duda es la parte más difícil de tener un negocio, aunque cobrar todavía lo es un poco más. Por otro lado, nadie sabe para quién trabaja pero aunque lo sepa, la genta está poco dispuesta a ganar dinero para alguien más. Sin embargo, no hay opciones, o no tantas. La destreza ciudadana alcanza para vender cosas y a veces ni para eso. Uno –suponemos- se desmotiva de inmediato. ¿Quién diablos compra un servicio funerario cuando se supone que ya no nos ocuparemos de ello, que lo harán quienes nos sobrevivan? Bueno, pues nosotros. Y es que es baratísimo. Cien pesos semanales durante tres años. Es lo que se gasta en tacos –riquísimos, ahora que los recordamos a las tres de la tarde, sin comer ni desayunar- o en cómics de Batman o en libros de El Santos y Los Zombies de Sahuayo, o de perdida en pagar las deudas-. Y es que uno piensa, sopesa los beneficios de tener todo servido, hasta la fría plancha donde lo visten a uno para meterlo a la caja, que si bien no es de lujo resalta la dignidad de un muerto casi de manera mágica, como si un efecto especial de Spielberg se aplicara en ese momento para nuestro humilde pero putrefacto carcamán.

Para hacer una venta como aquella, cuenta mucho un recorrido por aquel templo de confortable dolor. Un gran amigo se ofreció a guiarme, primero y luego a venderme, como no queriendo, sus negras promociones. Total, son cien pesos por tres años, cada semana, todos los viernes a las cuatro de la tarde. Y es que incluye facturación. Porque, ¿quién te factura tu funeral antes de que te mueras? Y congelas los precios, porque ¿quién te congela nada a estas alturas?

Pero el recorrido es lo importante. Entramos por la puerta secreta, la de los empleados y socios, porque así el halo de misterio inexpresable se ahonda todavía más. Por casualidad nos encontramos con el director general, hombre amable de pocas palabras que nos franquea el elevador. “Porque contamos con elevador”, me dice mi cuate, mientras se arregla el saco.

Un piso destinado para las cosa administrativas y tres –¿son tres?- para lo que venimos. Todo comienza con la recepción, un amplio espacio más parecido al Ritz o a un restorán discretamente ajuareado, pero con buen gusto, con empleados también ajuareados que parecen botones o encargados de piso, que a una portería de la muerte. Nadie se ríe pero nadie está triste. La primera palomita porque, ¿para qué ponerse triste cuando de todas maneras ya no hay nada qué hacer y más cuando el muerto es uno?  Luego, las áreas de cafetería, junto a los velatorios tampoco están nada mal. Dice mi amigo que algunos clientes han expresado su deseo, irrevocable, tangencial y periférico, de morirse en el acto nada más sentir los acojinados lugares que los llorosos deudos ocuparán. Bueno, en parte tiene razón. Como que morirse cómodamente es algo a lo que uno podría aspirar. Me imagino una muerte en un sillón acogedor, echadote, en interminables sesiones de sexo y abuso de poder. Ah, y una Coca- Cola fría. Pero mi amigo tiene otra imagen y la impone pronto, pronto, antes de que se descomponga. Una enorme taza de café pasa por mis ojos abiertos-cerrados y cajas de galletas, de esas del monstruo de los Muppets, se hacen polvo sobre mi hipotético cadáver. “Bueno, las galletas serán para los invitados”, aclara mi solícito guía. “Y también el café. Pero mira, quiero que veas esto. Por si el deudo no cree en dios y esas cosas, tenemos aquí un ingenioso mecanismo que permite ocultar los cuadros éstos de los angelitos, para que nadie se ofenda y por otra parte hay un cuartito para que los que no puedan controlarse, lo hagan en privado”. El cuartito en cuestión tenía hasta una caja de pañuelos, el colmo del lujo, me pareció en ese momento de franco y tenebroso disfrute.

Todo eso está muy bien, pensé, mientras el recorrido abarcaba otras salas, y nomás por 100 pesos a la semana. No manches, es una ganga, aprovecha, me decía yo mismo entusiasmado. Hasta un discreto corredor, diseñado para ocultar los preparativos del muerto, estaba por allí, caracoleando en lo oscuro. Luego bajamos al sótano. Sí, abajo, hasta abajo, donde una carroza plateada, casi de lujo, terminó por convencerme. Si mi último viaje será en un camionetón como estos, pues adelante. Convencido ya, prometí que firmaría mi adhesión al programa de los cien pesos ese mismo día, pero por la tarde.

Regresé a casa, caminando. Pasé por los cruceros de Tollocan y Colón, donde un hombre era atropellado por la estulticia de un conductor. Más adelante, en la avenida Carranza, un grupo de policías rodeaba el cuerpo de un asaltado. En la tienda de enfrente, un niño jugaba a cazar seres humanos en su celular, mientras su padre le daba tips. Dos cuadras después un hombre era secuestrado, subido a un Tsuru verde o azul, no recuerdo bien, mientras le ponían una bolsa tejida en la cabeza.

Por fin llegué pero aquel hermoso paseo por la funeraria ya no era lo mismo. Ya aquellas paredes decoradas con tanto esmero y buen gusto habían perdido su encanto original. Ya los cojines no lucían sabrosos como bombones y la carroza de plata era la calabaza de la Cenicienta. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba la magia de aquella muerte sin fin, como diría el poeta? ¿Dónde el dulce olor de flores marchitas y la añoranza de cementerios interminables, lleno de goules y seguidores impetérritos, despatarrados, del tal Lovecraft? ¿Cómo sobrevivir a la vida, entonces? ¿Dónde el sol de medianche…

– Qué onda, Miguel, ¿entonces cuántos servicios te apunto?

Lo pensé mucho, pero al final he entendido que tomé la mejor decisión.

– Que sean dos, mi buen, por si no me muero a la primera.

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