Vivos y muertos

* Toluca. El gobernador Ávila prefiere las sonrisas. Todos intuimos que él también quiere ser feliz, y que en su caso, para lograrlo debe sostenerse en el dinero. Si fuera de otra forma, se notaría. No sería gobernador, para empezar. Viviría libremente, sin esconderse de nada. Trabajaría no como diputado, tal vez como vidriero o doctor, pero un poco, tal vez, más equilibrado. Por lo pronto prefiere las sonrisas y los exabruptos los deja para la oficina.

 

Miguel Alvarado

Toluca. El centro lleno de muertos, la mayoría de azúcar. Algunos de carne y sangre. Los de dulce cuestan 50 pesos, a veces, o diez, dependiendo del tamaño. Los otros son gratis, aunque hay que invertir en la mano de obra. Si son ejecutados, pagar al sicario, los autos, las armas y luego esconderse por un tiempo. No sabemos cómo funciona aquella industria, salvo por relatos de primera mano que siempre varían en los detalles importantes. Pero es así. A veces nada se mueve si no hay un muerto de por medio, aunque sea de chocolate.

Por allí por los Portales hay como una fiesta. A medias, pero fiesta al fin. Los días endurecidos por el dinero, la ausencia de él, como si fuera una persona, tonifican la piel, la vuelven piedra, papel o tijera o una mezcla de aquello, la más malsana, intolerable. De algún lado provienen los recursos, entonces, ya que desde el gobierno y los impuestos apenas algo sale o se derrama. ¿Cómo se pagan las cosas? ¿Cómo alcanza hasta para un muerto?

Toluca. El gobernador Ávila prefiere las sonrisas. Todos intuimos que él también quiere ser feliz, y que en su caso, para lograrlo debe sostenerse en el dinero. Si fuera de otra forma, se notaría. No sería gobernador, para empezar. Viviría libremente, sin esconderse de nada. Trabajaría no como diputado, tal vez como vidriero o doctor, pero un poco, tal vez, más equilibrado. Por lo pronto prefiere las sonrisas y los exabruptos los deja para la oficina. O para la casa. O para quien le interese. A nadie le llama la atención su vida privada, y es que ni siquiera tiene. Tampoco queremos que lea poesía o que se apasione por algo que no sea el servicio público, las cuentas del dinero, también público. Unos quieren que trabaje, o ni eso, que cumpla así a secas. No es que no sepa, es que nunca quiso. Si hubiera querido, no habría aceptado las condiciones que lo ubican como el político más    (aquí se pone la palabra que uno quiera)    del Estado de México.

Pero prefiere las sonrisas. Las suyas parecen fáciles, espontáneas, aunque tal vez haya entrenado. En los periódicos, nada le duele desde los boletines que se reproducen, desde las preguntas que, dicen, contesta en grande. Es su oficio y lo ejerce como le enseñaron. Decidió hacerse el muerto porque pudo elegir. Te conviene, le dijeron y terminó por creerse un oso de gomita, una paleta Chupa Chups, la legendaria Coca en el desierto, una calaverita de azúcar, una aguda marioneta de Jim Henson.

Y se ríe. No a carcajadas, porque eso es un acto tan íntimo como hacer el balance del presupuesto. Nadie debe saber las razones y menos los caprichoso en los que se enmarcan los repartos. Nadie, ni él, entienden bien a bien qué hace allí. Porque podría estar en otro lado, en cualquier parte del mundo. ¿Cómo gasta su dinero un gobernador? ¿Lo ahorra, para los tiempos de crisis o decide de una vez por todas vivir lo que ellos llaman la vida y que en la mayoría de los casos depende de lo que poseen, lo que desean? Pero es que a quién no se le antoja una casa más mansión, un auto menos compacto, una dama o un caballero más al estilo Televisa. De vez en cuando, claro. A esto que hace el gobernador mexiquense, ahorrar, se le llama capital político. Una contradicción, un absurdo muy abstracto al que se acostumbra uno a escuchar en las noticias o de boca de los involucrados. Capital político, por la parte menos afectada, significa hacer amistades, ayudar al otro político o grupo en el poder, solapar, encubrir, decir esto y hacer lo otro. Incluso a veces se permite un discurso público que es propio, que se sabe escrito o nacido de la inspiración. ¿Qué inspiración hay en la política? ¿Cómo le hacía Jaime Sabines? Hay una contradicción que uno no puede explicar pero que está ahí. Como apoyar el aborto y pertenecer al PAN, afiliarse al Opus Dei. Como ser consciente y pertenecer a algún partido.

Toluca. El gobernador Eruviel pasea. Poco, pero lo hace. Un día recorrió las calles del centro en su veloz camioneta, seguida por otras tantas, aterradoras máquinas que parecen ataúdes motorizados. Se abrió paso como pudo y pudo comprobar, así de rápido y en un atisbo, los puestos de calaveritas dulces allá en los Portales. Siempre las había visto, porque antes caminaba o al menos se desplazaba en rangos más o menos permitidos. Ha pensado mucho si debe comentar algo acerca de la selección nacional de futbol, desearle suerte a los muchachos -y es que deveras lo ha pensado, y mucho-. Total, ya Peña lo hizo en una visita a los panameños y salió bien librado. Pero Eruviel no está peleado con lo bien hecho. Quienes lo conocen aseguran que ha aprendido lo refinado. Las mejores cremas para la piel, por ejemplo, atestiguan ese dicho. El diablo está en los detalles, dicen en las reuniones los que tratan temas de suprema importancia, como el pago a los músicos de la Arrolladora Banda Limón, por 8 millones 120 mil pesos, 300 veces más de lo que cobra normalmente, asegura el periodista Elpidio Hernández, por actuar en los festejos patrios.

Los políticos apuestan por la mala memoria y la cortedad del recuerdo. Saben que pueden dirigir el dinero a otros rubros. Y no es que la Banda Limón no se merezca ese pago. Tal vez debe cobrar siempre así, cuando el dinero no sea público. Pan, muertos, circo, limones y algo de cólera tipifican al Estado de México en la mezcolanza más antinatural desde su creación política. Con sus 15 millones de habitantes debiera ser un caldo rebelde porque aquí se ejemplifica todo. Vive el más rico pero también el desharrapado y la gama entre ellos se desarrollan científica, arquitectónicamente.

De pronto, las ideas salidas de teorías del complot toman forman. Las refresqueras, por ejemplo, autorizaron en un lobby secreto el aumento a los precios. Que se culpe al gobierno. El boicot no será contra las pepsis, las mirindas. Nada puede explicarse si no se ocupa la ingeniería inversa, si no se cree en los ovnis o los Illuminati toman cuerpo concreto y cargos gubernamentales. ¿Están aquí para exterminarnos, pero antes extraernos toda la fuerza bruta, laboral, inteligente o la que sea? ¿Por qué uno se siente esclavo, encadenado irremediablemente a una calaverita de azúcar, a un doctor gobernador, a un osito Bimbo, a la gravedad impronunciable de un copete presidencial?

Mentira, todo es mentira.

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