Los días del Metro

* ¿Pero cómo? ¿Pero quiénes? La mitad de la vida montados en un vagón subterráneo ha insensibilizado las más elementales necesidades. Adormecido, uno se pregunta por los aviones allá fuera o escucha la radio, al locutor Sergio Sarmiento, mientras articula defensas imposibles para sus patrocinadores.

 

Miguel Alvarado

Todo comienza con un ataque cardiaco en un vagón del Metro. Es el Distrito Federal y sus calles subterráneas apenas atraviesan la piel de los gusanos. Han aprendido a vivir escondidos, sin posibilidades, al límite de lo que en otro lado sería la muerte. Los gusanos están felices pero aquellos que viajan en ese laberinto, perdidas las horas de oficinas en hacerse los interesantes, los productivos, desterrados en reflexiones insensatas, espantados de sí mismos, que trabajan, que esperan dinero a cambio de algo casi siempre estúpido, esos no se dan cuenta. ¿Pero cómo? ¿Pero quiénes? La mitad de la vida montados en un vagón subterráneo ha insensibilizado las más elementales necesidades. Adormecido, uno se pregunta por los aviones allá fuera o escucha la radio, al locutor Sergio Sarmiento, mientras articula defensas imposibles para sus patrocinadores. “Yo quiero asegurar… bueno, mejor, mejor son las 7:25 de la mañana”, informa el tiburón más pequeño de los mass media cuando un escucha le reclama los servicios de Sura, que maneja en el marco de la legalidad las afores del desesperado. Sura, en su tiempo libre, patrocina el noticiero de Sarmiento, ávido coleccionista de motos y que viaja a San Diego por razones hacendarias y de seguridad. ¿Cómo es vivir así, entre vuelos de 3 mil pesos por servicio, más sándwich de jamón y bebida apenas pasable? Sura significa Grupo de Inversiones Suramericana, y compró los activos de ING, holandesa a la que se le hizo fácil capitalizar a los socios. Lo consiguió, luego de que los colombianos de aquella Sura pagaran 3 mil 783 millones de dólares por los activos. Sura no es cualquier cosa y trata de portarse bien porque uno de sus estudios arrojó que México representa un mercado potencial de 210 mil millones de pesos, en el rubro de las afores. ¿Para qué querrá alguien tanto dinero? ¿Dónde lo guardará? ¿Comprará cómics? ¿Dejará de trabajar? Encontrará el nirvana en ese nicho de mercado. Yo lo encontraría sin dificultades. De sí mismo, Sura, dice que es un “grupo multilatino”, con más de 30 millones de clientes. Lo que no dice es quiénes son sus dueños, pero hacen sociedad con Scotiabank y mantienen empresas productoras de alimentos a nivel global, aunque para hacer negocios les encanta Chile, donde encontraron una especie de familia de repatriados que controlan la mayor parte de las empresas en aquel país. Sura es el Grupo Atlacomulco de Colombia. Incluso, su denominación más general, GEA, Grupo Empresarial Antioqueño, no existe oficialmente. Dice la reportera Valeria Ibarra que “en Colombia son omnipresentes. El café que se bebe en la mañana es parte del grupo, así como el jamón Zenú, la carne Ranchera o los tallarines Doria. Si saca una cuenta bancaria, ahí están en Bancolombia; si tiene ahorros previsionales, un seguro o atención privada de salud, estará con ellos, con Sura. Incluso su casa bien probablemente está construida con Cementos Argos. Aunque están en todos lados, su hogar y su identidad está definido: son de Antioquia. Son “paisas”, como se autodenominan los colombianos de esa región, y en parte la fama del conglomerado empresarial se debe a ello. Porque los “paisas” son vivarachos, buenos comerciantes, como señalan en el país caribeño. En resumen, son los emprendedores de Colombia”.

Nadie dice que tengan que ver con el narco o con políticos en el poder o con empresarios en la política o con el clero. Nunca. Mejor portarse bien y evitar los cardiacos ataques.

 

 

*

¿Qué más vimos? Un hombre, desolado, ejecuta maromas junto a un destacamento de policías, que lo mira entre burlón y envidioso. Delgadito, como fideo, el hombre parece tener hambre. Pero no. Es un practicante del parkout, que significa algo así como hacer acrobacias en la ciudad, que se vuelve cómplice de los gimnastas pues aprovechan los concretos obstáculos como mejor pueden. En los videos europeos las cosas se ven de otra forma. Gráciles cual gacelas, los sajones despliegan lo mejor de su elástico cuerpo  y su equipo logra las mejores tomas. Hasta lo justifican, filósofos ellos, con sendas frases que -algunas, otras no tanto- dan risa en este Tercer Mundo. Pero el mexicano del otro día practica constantemente, afuera del Museo Nacional de Arte, junto a los granaderos, con público o sin él. Con el único que habla es con el del carrito de la basura, antes de saltar una hilera de postes de unos 80 centímetros de altura. Sube al primero y se prepara. Escarba lo mejor del oxígeno de aquel Distrito Federal y se limpia las manos en sus pantalones, que no son cortos, pero tampoco largos. Estira los brazos y brinca con las dos piernas juntas. La hilera, de unos 12 postes, es completada en menos de 40 segundos, pero no hay aplausos: pocos se detienen a verlo. A 15 metros, el Caballito verdoso de Carlos IV, cubierto con una cerca de alambres y malla se corroe tranquilamente, junto a los afanes de los hombres necios que acusáis al Chepo de la Torre sin razón.

 

*

Estaban los museos, pero eran aburridos. Había fotos de una señora que coleccionaba el arte de otros. Lola, muy valorada en círculos extrañísimos, desde Rivera hasta toreros, tenía en su casa vitrinas de cristal cortado con enormes colmillos de elefante, tallados a mano, como tailandeses o chinos. Los elefantes caen bien, excepto el Dumbo volador de Disney, que quiere ser una estrella de cine o un trapecista cuando tiene la oportunidad de todas las oportunidades. Lola tenía una casa excepcional, donde vivía rodeada de cosas bonitas pero no tan cálidas. Luego pusieron allí un museo, donde cuelgan unos cuantos Modigliani, Matisse y hasta Picasso. Obras menores o mayores, sin embargo su estética es decretada por la pared a la que se aferran. Clavos inhumanos las sostienen como pueden en un espacio diseñado, seguramente, para un dios de altura. También había unas cuantas coatlicues y tenebrosas divinidades aztecas, inmejorables, abandonadas en un estante, inexplicados pero aún poderosos, vitales, sobreviviendo a Lola, a sus perros grises sin pelo, sacados del averno de los Asura. Porque asuras, dicho sea de paso, es el peldaño más bajo en la categoría budista para los demonios.

Paz, paz.

 

*

Salidos de pintores y calaveras, el DF ofrece cualquier cosa si se puede pagar. Quisiéramos comprar todo, tocar, beber, coger, usar, tirar. Aire, pisos, mentadas de madre, por ejemplo, pero también manos, respuestas, preguntas o silencios. Nada mal. Llenos o vacíos de eso, unos tacos de chorizo en el puesto más incómodo de La Noria. Allí, sobre una banqueta apenas comenzada, don Alonso reparte el queso. Y los tacos y las quesadillas y los sopes, mientras su esposa se encarga de echar un lente a los clientes. Y es que algunos se van sin cobrar, cuentan los taqueros, nomás se hacen tantito para allá y de pronto ya ni quién los vea y ya se llevaron los tacos y el refresco. Por eso, siempre a las vivas.

-Pero es que vieja, el joven del suéter negro ya se fue para allá, mira, se está haciendo nomás y no ha pagado sus sopes.

-Que no, viejo, aquí está su cuate, echándose su chorizote. ¿Verdad, joven que viene con el don?

Y así las dudas se cocinan entre muestras de agradecimiento y desconfianza. Al final 200 peso por 3 órdenes no significan nada. Nada, sólo 200 pesos menos.

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