El dichoso usarcé que sabe la hora en que muere

* En Huichochitlán el futbol es así, como en Brasil y en los foros de Televisa, pero la muerte es otra cosa y los despojos son reverenciados con esas caras largas y nocturnas de aquella la gente mexicana, oscura como Obdulio, de pocas y negras palabras. Así, el panteón cristiano y que debajo encierra las máscaras endurecidas de Nuestro Señor el Desollado, el Colibrí a la Izquierda, y asoma la oreja del humeante espejo negro, prepara la llegada de las ánimas en el silencio perturbado de la noche de los muertos.

 

Miguel Alvarado

Obdulio Varela fue un hombre silencioso. No necesitaba hablar, pero cuando lo hacía era como si pateara una pelota. Primero le reclamó a Rimet, un francés con cara de ministro y bigote a la Chaplin, que pronunciaba su discurso –uno de tantos, claro, sólo que éste era la bienvenida al último partido del Mundial de Brasil, el 16 de julio de 1950- en todos los idiomas, menos en español. Jules, que así se llamaba el presidente de aquel New Order, atinó a jalarse los pelos plateados y estirar la mano. Varela no lo dejó hacer el ridículo y la estrechó porque era un tipo educado. Luego tomó el balón y, como no queriendo, lo sopesó y pateó, nomás para la suerte. Antes, minutos antes, en el vestidor de los uruguayos que aguantaban como podían el griterío de 200 mil esquizofrénicos con boleto pagado en el Maracaná, uno, alguien, decía al Obedulio que ya nada importaba, que había sido una gran Copa y que nada más cuidara que no les metieran cinco goles, por la honra de la jefa santa y de la tradición charrúa.

Varela, negro como las almas del Grupo Atlacomulco aunque santo como la zurda de Maradona, le contestó con la boca torcida, la mirada clavada en la puerta del local del visitante, que “nunca he perdido un partido ante de jugarlo”. Luego, aquel oscuro jefe encabezó la salida del equipo más celeste al campo más grande del mundo en aquel entonces. Nuevo, nuevecito, aquel mausoleo de amianto y concreto respiraba con aliento funerario. ¿Por qué tenía que ganar el Brasil? ¿Qué pensaba Friaca, el mejor delantero del mundo ya que Stanley Matthews había hecho el ridículo junto a su pérfida Albión? ¿Y quién era Obdulio, insolente como él solo? Los participantes de aquel juego están muertos, la mayoría, casi todos. Incluso hubo uno que murió dos veces, el portero brasileño Barbosa, a quien nunca le perdonaron el segundo gol uruguayo, obra de Ghiggia. Barbosa lo perdió todo, incluso la vida, pues nadie le volvió a dirigir la palabra. Siempre pidió perdón pero el futbol es así, dicen los comentaristas de Televisa. ¿Así? Nada saben los pobres, llenos de datos y temores, reflejos fieles de su patrón.

Pero Barbosa.

Murió, porque el futbol es así, el 7 de abril del 2000, a causa de un derrame cerebral. El arquero del Vasco no encontró piedad ni en aquella huida de mentiras porque los torcedores publicaron en los diarios de aquel país que “Muere Barbosa… por segunda vez”. Y mientras el arquero enfrentaba la condena eterna, su verdugo, Alcídes Ghiggia alcanzaba la fama en Europa y se manchaba de oro las manos blancas, enrojecidas por la tragedia en vida del portero. Ghiggia tuvo tanta suerte que todavía hoy, porque es un monumento viviente allá en las celestes pasturas, se atreve a pronosticar un triunfo uruguayo en la Jordania lejana, que lo llevará, otra vez, de vuelta al bendito Maracaná.

En Huichochitlán el futbol es así, como en Brasil y en los foros de Televisa, pero la muerte es otra cosa y los despojos son reverenciados con esas caras largas y nocturnas de aquella la gente mexicana, oscura como Obdulio, de pocas y negras palabras. Así, el panteón cristiano y que debajo encierra las máscaras endurecidas de Nuestro Señor el Desollado, el Colibrí a la Izquierda, y asoma la oreja del humeante espejo negro, prepara la llegada de las ánimas en el silencio perturbado de la noche de los muertos. Por otra parte es una fiesta de atoles y tamales, gorditas de papa y hamburguesas y decenas de motos que jóvenes extravagantes conducen dentro del camposanto. Algunos recuerdan al Pelé, avecindado en el pueblo de Cuexcontitlán, un tipo habilidoso, tanto como O Rei pero con la mala fortuna de que le gustaba la fiesta con Bacardí. Nunca pudo dejar los llanos, pero al menos cobraba por partido. A veces, cuentan los que lo conocieron, jugaba hasta cuatro partidos en un solo día. Hoy nadie sabe dónde anda o si ya está muerto.

En Huichochitlán el panteón ni siquiera tiene nombre. Tampoco hay luz eléctrica pero ni falta que hace. Y es que todo huele a flores, al menos al principio, antes de que la humareda recubra el terreno y desvista de carne y ropa a los vivos. Allí se va a estar un rato pero la condición es que todo se transforme en la oscura avenida, que uno se vuelva fantasma. Las sombras, los pasos casi ebrios de los viandantes, el “dichoso usarcé que sabe la hora en que muere” tocan los hombros de los que no visitan a nadie. Porque, sí, hay un velo que separa a los curiosos de los obligados y no se puede confundir con la desfachatez del atole de piña o el café con harta azúcar, nomás para entibiar el ánimo. Nada es tenebroso, pero sí lo bastante oscuro para guardar silencio, apretar los dientes. La bronca es entender porque uno, a veces, no entiende bien qué está haciendo allí la gente, toda agachada y hasta risueña en sus largas jetas, arreglando los despojos de algunos que ya hasta ni polvo son. Imaginar los pasos de la muerte inversa, los departamentos cadavéricos ocupados todos por inquilinos dobles o triples que se niegan a irse.

Si uno dijera que Obedulio, El Negro Jefe, tomó la bola desde el fondo de las redes, en el arco de Roque Gastón Máspoli, que retuvo el balón entre sus manos mientras miraba a los brasileños bañarse del miedo certificado por la victoria y que se encaminó tranquilamente al centro del campo para depositar la pelota en el manchón, mientras decía al resto de La Garra que aquello se resolvería en un dos por tres, sería faltar a la verdad.

El tal Ghiggia recuerda el gol del triunfo uruguayo, con una sonrisa que excluye, desde luego, la tragedia canarinha: “vi a Julio Pérez librarse de un adversario con un “dribbling”. Me cargué a la derecha cuando él me lanzó hacía un corredor libre. Mí ángulo de entrada era bastante bajo con respecto a la línea de meta. Cuando vi a mi marcador que se me acercaba, decidí tirar. Barbosa, para prevenir el eventual cruce hacia atrás, se colocó ligeramente sobre su derecha, dejando un espacio suficiente entre él y el poste. Cerré los ojos y disparé con toda la energía que tenía en el cuerpo… cuando los abrí, vi el balón en la red. En aquel momento, nos convertimos en campeones del mundo”.

Luego de obtener la Copa, Obedulio, transido de dolor, dejó la fiesta uruguaya y se encaminó, él solo, por las calles de aquella Río de Janeiro vaporizada, infectada, transida, fractal, desmoronada. Y se metió, él solo, a las cantinas donde los negros lloraban delante de un vaso de cachaza y los blancos les servían de paño de lágrimas. Allí, con la cara contrita, escuchó su nombre y el razonamiento simple pero demoledor. “La culpa es de Obedulio, la culpa es de Obedulio”. Y era tanta, que un impulso lo obligó a acercarse a ellos, pedir su aguardiente y llorar como garota junto a aquellos derrotados, muertos vivientes desangrados hasta la última gota por un partido que ellos, los afectados, comprendían, era el fin del mundo, de todas las cosas, de un jefe que sólo ese día y en ese lugar odió su trabajo.

Y para Barbosa, por poner un final, siempre será Día de Muertos.

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